domingo, 1agosto, 2021
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Afganistán, una guerra interminable heredada por Biden

Dos siglos de violencia, guerras irresolubles, fallidas conquistas y gobiernos fracasados, junto un sinfín de revueltas y golpes palaciegos, dibujan un cuadro trágico de esta nación que no acaba de vertebrar y articular un proyecto colectivo o un Estado. La intervención de los Estados Unidos, en el año 2001, lejos de solucionar los problemas, los enquistó, y ahora los derrotados talibanes de entonces parecen estar más cerca del poder que nunca.

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Los doscientos años de dominio de la dinastía Durani en Afganistán concluyeron con el golpe de Estado de 1973, en que el rey Zahir Shah, que había gobernado desde 1933, fue derrocado por su primo y cuñado Sardar Mohamed Daud, apoyado principalmente por los dos partidos comunistas que había en el país y por otros grupos sociales y políticos, constituyendo un régimen republicano y presidencialista en el país. 

Daud, que había perseguido el Islam político, fue derribado por un golpe de Estado, en 1978, por un grupo de oficiales prosoviéticos del ejército afgano, que mataron a su familia y a su guardia presidencial para posteriormente instalar un régimen de corte marxista al estilo soviético purista en Afganistán. Pero en el interior de este régimen comenzaron las disputas internas muy rápidamente y el riesgo de una guerra civil era evidente entre las dos facciones comunistas enzarzadas en eternas disputas, lo que alarmó a los soviéticos que temían que la resistencia islámica pudiera usar este conflicto para finalmente hacerse con el poder.

El 24 de diciembre de 1979, las tropas soviéticas ocuparon Afganistán para apuntalar al régimen soviético. “Asesinaron al presidente Amín e instalaron al líder parchami Babrak Karmal. Afganistán se vio catapultado al centro de la guerra fría cuando el presidente norteamericano Ronald Reagan prometió hacer retroceder al comunismo. Los mulás afganos y los líderes políticos declararon una Yihad contra la Unión Soviética, al tiempo que cinco millones de personas huían por el Este hacia Pakistán y por el oeste hacia Irán. Durante la siguiente década, Estados Unidos y sus aliados europeos y árabes entregaron miles de millones de dólares de armas a los muyaidines, un dinero que enviaba a través de Pakistán y del régimen militar de Zia ul-Haq”, escribía el analista Amir Rashid al referirse a este periodo de la historia.

La retirada soviética

Diez años después, en 1989, tras haber padecido más de 15.000 bajas mortales y 5.000 heridos, y haber sufrido innumerables pérdidas, las tropas soviéticas se retiraban derrotadas, exhaustas y con la moral por los suelos. El mito de la invencibilidad soviética se había hecho añicos y, paralelamente a la pesadilla afgana, la Guerra de la Galaxias impulsada por la administración Reagan provocaba una grave crisis en el sistema de dominación comunista.

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En esos  años de presencia soviética, además, murieron 1,5 millones de afganos y seis millones se vieron desplazados o tuvieron que refugiarse en otros países. Dos años después de la marcha de Afganistán, en 1991, la Unión Soviética estalló en mil pedazos, Mijail Gorbachov se veía obligado a adoptar medidas drásticas y el régimen autoritario socialista pasaba a mejor vida.

La trampa afgana, junto con otros factores, había tenido una influencia decisiva en el súbito final de un sistema de dominación político, económico, social y militar. Los soviéticos, por desgracia para ellos, no habían leído las dramáticas experiencias de los británicos en Afganistán, y así les fue. En 1992, fruto de de la desintegración soviética y el abandono de este país por parte de Moscú, los rebeldes afganos sitiaron Kabul.

El Gobierno prosoviético de Kabul, como era de suponer, duró solo unos meses más después de la marcha de las tropas de la URSS. Sus máximos líderes, los hermanos Najibuláh, una vez defenestrados por una facción rebelde a los soviéticos, acabarían sus días ahorcados en los escasos semáforos que quedaban en la abatida capital afgana por los talibanes al parecer guiados por los servicios secretos pakistaníes, en 1996. Pakistán siempre ha intervenido en la vida política afgana y se ha entrometido descaradamente en sus asuntos. 

Pero antes de ser «ajusticiados» el maltrecho país se vio envuelto en la guerra civil de 1993-1994 entre los diversos grupos que luchaban contra los soviéticos, en la que se impusieron los talibanes. Gorbachov tuvo algo de culpa en la caída de la administración afgana y en el éxito de los rebeldes islamistas armados por Occidente: dejó de suministrar armas, fondos y asistencia técnica a Kabul y la caída del gobierno instalado por Moscú era solo cuestión de tiempo. En 1994, el país se estaba desintegrando rápidamente. 

Así, de una vez forma tampoco gloriosa, acaba el mal llamado periodo progresista afgano del que todavía muchos tienen nostalgia, pues paradójicamente constituyó una larga década de cierta normalidad y tranquilidad. Incluso la figura de un presidente de ese época, Mohammad Najibuláh (1987-1992), es hoy recordado con cariño por muchos ciudadanos afganos, y es considerado por muchos como un estadista moderno, honrado y de ideas liberales, pese a todo todavía quedan para el recuerdo las dramáticas imágenes de su desfigurado y torturado cuerpo colgado en un semáforo. Luego llegaría la pesadilla talibán (1994-2001), donde el país regresó a la Edad Media y la brutalidad más burda se impuso como política de Estado. Si es que a la introducción de medidas de corte medieval, como quemar aparatos de radio, discos y televisores e imponer el burka, se le puede llamar como «política de Estado».

¿Pero cuál es la razón del surgimiento de los talibanes? Responde el experto Rashid: “El surgimiento de los talibanes fue una consecuencia directa de estas terribles condiciones de vida de los millones de refugiados en el exterior y del fracaso de sus luchas. Jóvenes frustrados que habían luchado contra los soviéticos y que habían regresado a las madrasas para continuar sus estudios religiosos o a sus aldeas en Afganistán, se reunían en torno a sus mayores exigiéndoles acción”. 

Comienza la larga ofensiva contra los talibán

En octubre del año 2001, una vez que los Estados Unidos habían sufrido los ataques del 11-S, las fuerzas occidentales, con el apoyo de algunas milicias locales antitalibanes, comienzan su ofensiva contra el Gobierno integrista de Kabul. En apenas unas semanas, a finales de ese mismo año, los objetivos políticos y militares se han conseguido y una administración prooccidental, liderada por Hamid Karzai, se instala en el nuevo Afganistán. 

Sin embargo, el país estaba devastado y  la guerra, lejos de haber concluido, estaba apenas en una nueva fase. Tras veinte años de guerra ininterrumpida, Afganistán ha sido más destruido que ningún otro país desde la Segunda Guerra Mundial, sin contar Vietnam. Trágicamente, los afganos habían causado más daño a su propio país que los soviéticos

«En estos veinte años largos, los más de 130.000 hombres desplegados por un contingente militar formado por casi 50 naciones no ha conseguido derrotar a los talibanes, conformar una fuerza militar local capaz de imponer orden y seguridad en el territorio y garantizar, al menos, que la amenaza terrorista fuera conjurada en las ciudades más importantes del país. Unos cuatro mil soldados de la alianza liderada por los Estados Unidos han fallecido en esta guerra y de ellos el 60% eran norteamericanos. Después de veinte años, llegó la hora de aceptar dos verdades importantes respecto de la guerra en  Afganistán. La primera es que no habrá ninguna victoria militar del Gobierno y de sus socios estadounidenses y de la  OTAN en ese país.Las fuerzas afganas, si bien son mejores de lo que eran, no son lo suficientemente buenas, y es poco probable que alguna vez lo sean, para derrotar a los talibanes. Esto no se debe simplemente a que las tropas del Gobierno carezcan de la unidad y el profesionalismo para imponerse, sino a que los talibanes están altamente motivados, gozan de un respaldo considerable en el país y cuentan con el apoyo y crucial refugio de Pakistán», aseguraba Richard N.Haas, experto en temas internacionales y ex asesor de George Bush

El ejército afgano, formado por 120.000 hombres, es una institución caracterizada por la corrupción, la falta de patriotismo para desarrollar una labor eficaz y seria y la desmoralización creciente ante la previsible derrota que podría llegar a manos de los talibanes una vez que el último occidental armado abandone el país. La mayor parte de los soldados afganos piensan que tras la retirada occidental se repetirá el mismo guion que ocurrió con los soviéticos y que los talibanes regresen esta vez para quedarse para siempre en el poder.

Se calcula que los talibanes podrían tener algo más de 50.000 hombres e incluso más, una fuerza considerable para seguir manteniendo en jaque a las autoridades “democráticas” instaladas en Kabul por los occidentales tras una suerte de simulación de elecciones libres y en las que los afganos participaron con bastante desgana y apatía. La democracia ha sido siempre una idea ajena a esta nación, en parte porque no hay ni tradición ni historia que avalen su éxito en una sociedad tan arcaica y primitiva.

La situación hoy

La situación no es sencilla para el ejecutivo de Kabul que apoyan los occidentales, tal como señalaba en un análisis el ya citado Haas:» De hecho, la situación es más bien la contraria. Lo que queda de Al Qaeda se ha trasladado a la frontera paquistaní y los talibanes dominan aproximadamente el 80% del sur de Afganistán y el 43% del país en su conjunto. Todo ello significa que el Gobierno de Kabul tan solo tendría el control indiscutible sobre el 57% del territorio, una reducción considerable respecto al 72% de hace unos años. Es inevitable que, en los próximos meses, esa proporción se reduzca aún más. En opinión de varios observadores afganos, estamos a punto de perder la guerra en aquel país».

A todos estos elementos, que ya de por sí conforman un cuadro bastante complejo y adverso para los intereses occidentales, hay que sumar el escaso interés de Europa y los mismos Estados Unidos por el contencioso afgano en un momento de numerosos escenarios de crisis en la escena internacional y la escasa credibilidad de la actual administración de Kabul.

Nuevas estrategias para no perder la guerra

“En Washington, ya nadie habla de Afganistán”, dice Mark Maz­zetti, corresponsal del The New York Times en la Casa Blanca y ganador del Premio Pulitzer. “En la capital y en todo Estados Unidos hay mucho hartazgo de la guerra más larga en la que hemos participado. Ya no está entre las prioridades de nadie. La CIA cree que Afganistán está devorando demasiados recursos. Incluso en el Pentágono, que solía mostrar más interés que los demás, están quedándose ya sin fuerzas”, explicaba el historiador Wiiiam Dalrymple.

Un retiro total de las tropas norteamericana no es algo descartable, ya Trump preparaba al país para ese escenario. El actual inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, parece compartir la misma política que su antecesor La administración norteamericana se mueve en este conflicto entre la frustración por los escasos avances logrados sobre el terreno y la inacción diplomática, contando poco con los vecinos de Afganistán y apenas consultando a sus aliados con respecto al futuro del país. Un consenso entre Estados Unidos, Rusia, India y Pakistán acerca del “problema afgano” podría resolver mucho las cosas en este país y sentar los carriles para solucionar el embrollo.

Sin embargo, pese a todo, las dos últimas administraciones norteamericanas -Barack Obama y Donald Trump- han hecho todo lo posible para mantener en el poder a Ashraf Ghani, a pesar de que su presidencia, por múltiples factores, está a punto de colapsar. Su dependencia de la ayuda económica occidental es clave para pagar los sueldos de los militares, los funcionarios y mantener el mínimo funcionamiento de las estructuras del Estado, sobre todo en lo relativo a las instalaciones educativas y sanitarias. Eso no ha sido óbice para que la economía se encuentre al borde del colapso, sea cada vez más dependiente del tráfico de drogas y absolutamente conectada a las ayudas que recibe de un Occidente cada vez más cansado de la interminable crisis afgana y el elevado grado de corrupción que impregna a toda la administración.

Una necesaria nueva dirección política en Estados Unidos

El futuro del país no se presenta nada halagüeño, desde luego, y a los problemas estructurales se le suman los coyunturales. En primer lugar, en Afganistán nunca ha habido la unidad suficiente como para construir un Estado coherente, autónomo y estructurado territorialmente. No es difícil de prever que uno de los escenarios más previsibles de cara a los próximos años es que se agudicen las viejas fisuras tribales, étnicas y lingüísticas que caracterizan a la sociedad afgana y las mismas desgarren al país en interminables conflictos. 

En palabras del ya citado Dalrimple, que vuelvan aflorar en esta nación «la vieja rivalidad entre los tayikos, los uzbekos, los hazaras y los pastunes durrani y khilji, el cisma entre suníes y chiíes, el sectarismo endémico dentro de clanes y tribus, y las sangrientas disputas que se transmiten de generación en generación». Ese Afganistán que describe este experto ya se conoció durante un corto periodo de tiempo, entre 1993 y 1994, entre la caída del régimen muyahidín y el ascenso de los talibanes, cuando el territorio quedó dividido en un mosaico de feudos controlados por caudillos guerreros. ¿Será el próximo escenario de esta nación cansada de esperar en la cola de la historia? 

En resumen, no se trataría tanto de intentar ganar la guerra, como pretenden los Estados Unidos, sino en no perderla, y emplear medios políticos y diplomáticos para lograr ese objetivo. Así lo explica N.Haass en relación con la estrategia que Estados Unidos que, según él, debería emplear:» También ayudaría si Estados Unidos reorientara sus esfuerzos diplomáticos. Los actuales se centran en negociar un acuerdo interno con los talibanes. Una estrategia más fructífera podría ser convocar a seis vecinos inmediatos de Afganistán (que incluyan tanto a China e Irán como a Pakistán) y a otros actores, entre ellos Rusia, India y la Unión Europea, que tengan un interés en el futuro del país. A ninguno de ellos le interesa que Afganistán se convierta en una guarida para el terrorismo y la producción de drogas.Esta no es una estrategia para ganar, sino más bien para no perder».

Biden ante el futuro de Afganistán

“El gobierno de Biden debe decidir, además, qué hacer con sus aliados de la OTAN, quienes mantienen una cantidad más sustancial de fuerzas en Afganistán que EEUU, y debe diseñar un plan para influir sobre la situación en el país y la región después de la retirada”, señalaba con acierto el experimentado diplomático sueco Karl Bildt.

¿Pero podrá sobrevivir Afganistán sin la ayuda exterior y sin el apoyo de los Estados Unidos y de los países miembros de la OTAN? “El desafío es formidable. Afganistán es uno de los países más pobres del mundo. Hoy día, el ingreso del Estado afgano está apenas por encima de un tercio de lo que EEUU destina solo a mantener sus diversas fuerzas de seguridad. Ni qué hablar de la asistencia estadounidense al sector civil (que, por cierto, representa menos de la mitad de las contribuciones europeas). De hecho, Afganistán depende de la asistencia externa para mantener su categoría de Estado desde que Rusia y el Reino Unido jugaron su ‘Gran Juego’ en el siglo XIX”, respondía el ya citado Bildt sobre esta espinosa cuestión.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se verá confrontado a dilemas muy serios en Afganistán, donde se acerca la fecha prevista para la retirada completa de sus tropas, ya que los talibanes no parecen dispuestos a renunciar a la violencia. En definitiva, si Estados Unidos se retira y el proceso de paz fracasa, será el regreso a la violencia generalizada con resultados impredecibles. “La nueva administración de Estados Unidos ordenó una revisión del acuerdo firmado con los talibanes en febrero de 2020 en Doha, que prevé la retirada total de las fuerzas estadounidenses de aquí al 1.º de mayo, a cambio de garantías en términos de seguridad por parte de los milicianos, y el compromiso de que se pondría en marcha un diálogo de paz con el Gobierno afgano”, concluía el ya citado  Bildt. 

Pero estas negociaciones de paz, iniciadas en septiembre en Doha, avanzan muy lento y en Afganistán no hay un día sin que estalle una bomba, se produzcan ataques contra las fuerzas gubernamentales o haya un intento de asesinato contra una persona destacada de la sociedad civil. Los talibanes niegan cualquier responsabilidad en esta ola de violencia, pero para Washington, no hay dudas sobre su responsabilidad. “Desde nuestro punto de vista, los talibanes son responsables de la gran mayoría de los asesinatos selectivos”, aseguró un alto mando norteamericano que considera que los talibanes han creado un “ecosistema de violencia”. Los asesinatos de periodistas, personalidades políticas y religiosas, defensores de derechos humanos y jueces se multiplicaron recientemente en Afganistán, sembrando el terror en el país e incitando a miembros de la sociedad civil a ocultarse o exiliarse. 

Para el analista político Davood Moradian, las cosas están claras y ve  detrás de los talibanes  una estrategia deliberada para expandir el caos y mostrar que el Gobierno es incapaz de proteger incluso a las personalidades más eminentes. “Al debilitar al Estado afgano, el enemigo se acerca a su objetivo final, que es derribar el sistema constitucional vigente”, estima Moradian, anticipando que esta práctica se intensificará en los próximos meses. 

Los talibanes niegan ser los responsables de estos asesinatos, algunos de los cuales fueron reivindicados por la organización Estado Islámico, pero cuya responsabilidad tampoco está clara y es puesta en duda por muchos. Pero los servicios secretos afganos sospechan que la red Haqqani, un grupo sanguinario vinculado a los talibanes y que efectúa sus operaciones más complejas, está detrás de estos crímenes. Al parecer, según fuentes de los servicios secretos afganos, la red Haqqani comete estos asesinatos para los talibanes; habría  un acuerdo evidente entre todos ellos para ejecutar un plan de desestabilización.

El conflicto promete ser largo porque “los talibanes se sienten ya vencedores de esta guerra, especialmente tras el acuerdo de retirada, con el que han obtenido la liberación de 5.000 de sus guerrilleros encarcelados, sin ofrecer garantía alguna a Washington de que su territorio no volverá a ser un vivero de terroristas con capacidad de atacar a Estados Unidos, como sucedió en 2001”, tal como aseguraba el analista Lluís Basset, del diario El País, de España.

Pese a todo, queda la duda sobre el ambiente si la actual administración norteamericana de Biden, que hereda esta patata caliente de la administración Trump y también de Obama, retrasará la retirada de las tropas norteamericanas, arrastrando a todas las fuerzas de la OTAN a hacer lo mismo, y, con ello, colateralmente convertir a las mismas en blanco de los siempre aguerridos talibanes, prolongando la guerra afgana indefinidamente. Como señalaba Basset, «como tampoco puede irse y lavarse las manos, Biden acaba de lanzar un plan de paz, con un alto el fuego, el establecimiento de proceso constituyente que incluya a los talibanes y la implicación por primera vez de las grandes potencias regionales (Turquía, Rusia, China, India y Pakistán) en la negociación de la salida». Plan incierto pero al menos un horizonte que en el corto plazo podría allanar el camino para que cesen las armas, al menos temporalmente. 

Concluyo con unas palabras de William Pfaff y que ponen en entredicho esa creencia occidental de que nuestros valores políticos, éticos y morales son transportables a cualquier latitud geográfica, tal como lo hemos intentado en Afganistán y en Irak. «Obligar a los votantes renuentes a una democracia es una idea intelectualmente insostenible así como imposible de alcanzar», señala Pfaff. ¿Será así, volverá Afganistán a ser ese territorio indómito sin futuro y sin ley para sus sufridos habitantes? El tiempo nos dará las respuestas a todos estos interrogantes.

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