Maradona y Manuel Domínguez Moreno en Octubre del 1992 . Maradona recibe de manos de Manuel Domínguez la acción de honor del Zaudín en Sevilla.

Diego Armando Maradona murió y ha ocupado su lugar dentro del Olimpo de los mitos. El «Pelusa» no inventó una vacuna ni un nuevo modelo de motor que no contaminara. No fue a la luna, pero vivió con una magia que era de otro planeta. El «Barrilete Cósmico» fue tan grande, generó tanta felicidad en todo el mundo, que los grandes errores que cometió en su vida (y fueron muy grandes) eran perdonados sistemáticamente por el pueblo. Las reacciones que se han visto estos días en Argentina o en Nápoles son la muestra de que Maradona ya había entrado antes de morir en el lugar reservado a los más grandes.

Sin embargo, sus errores no son lo que va a quedar, sino su magia y su conciencia social, su verdad y su coherencia. Con sólo 22 años se echó a sus espaldas a la Selección Argentina que llegó al Mundial de España plagado de estrellas en declive, como Fillol, Pasarella, Kempes o Ardiles, de jóvenes talentosos, como Gabi Calderón, y algunos jugadores consagrados como Jorge Valdano. Jamás se puede olvidar el duro partido entre Italia y Argentina en ese Mundial en el que Claudio Gentile le hizo uno de los marcajes más duros que se recuerdan.

La gloria le llegó cuatro años más tarde, después de haber pasado por el FC Barcelona y llegar a Nápoles para hacer grande a un equipo que hasta ese año 1984 no había ganado nada. El Mundial de 1986 en México fue la consagración. Maradona acababa todos los partidos con los tobillos hinchados, casi sin poder andar, de las patadas que recibía. Sin embargo, eso no le impidió llevar él solo a la Albiceleste a ganar esa Copa del Mundo dejando momentos que son historia del fútbol y que tuvieron trascendencia en otros ámbitos.

El partido contra Inglaterra fue la reivindicación de la grandeza del pueblo argentino tras la guerra de las Malvinas. Fue Maradona quien, en un terreno de juego y sin violencia, devolvió la afrenta que Argentina aún tiene clavada. Primero fue la «Mano de Dios», luego el que ha sido calificado como el mejor gol de la historia de los Mundiales que estuvo acompañado con la narración mágica de Víctor Hugo Morales, un ejemplo de regate, fuerza y velocidad que dejó Argentina llena de lágrimas de emoción viendo a los gigantes ingleses tirados por el suelo sin poder parar la camiseta albiceleste con el 10 a la espalda. Sin embargo, nadie se acuerda del partido de semifinales contra la Bélgica de Jean-Marie Pfaff y de Enzo Scifo, donde Maradona dio una verdadera exhibición con dos golazos, uno de los cuales lo marcó sin mirar siquiera dónde estaba la portería después de dos gambetas de otro planeta.

Tras ese Mundial llegó la gloria en Nápoles, el subcampeonato en Italia 90 y la caída a los infiernos, con una sanción por dopaje incluida. No obstante, todo se le perdonó a Maradona, tanto en la capital del sur de Italia como en Argentina. El mundo esperaba que el genio volviera a ser el líder en Estados Unidos 94 y ahí fue cuando aterrizó en Sevilla, donde le conocí personalmente y le concedí la acción de honor del Club Zaudín, con el escudo del Real Betis en la solapa de mi chaqueta. Recibió el título mirando y respetando el escudo verde y blanco con el mismo respeto que valoré sus méritos deportivos para concederle la distinción. Gracias Diego Armando, gracias Mariano Jiménez, os unían vuestras virtudes por encima de cualquier circunstancia.

Ese año fue una verdadera locura en la capital de Andalucía. La mera presencia de Maradona colocaba a la ciudad en el centro de la atención mediática mundial. Todo el mundo estaba pendiente de lo que hiciera el genio. El portero Andoni Cedrún reconoció una vez Maradona casi le rompió las rodillas en un lanzamiento de penalti. Todos los guardametas sabían cómo tiraba las penas máximas, pero era muy complicado parárselos. Cedrún intentó aguantar al máximo, pero, en el momento del golpeo al balón, Maradona dio un giro de tobillo que descolocó de tal manera al portero que, según sus propias palabras, le provocó que las rodillas le crujieran de tal manera que pensó que se le habían roto los meniscos.

A partir de ahí, llegó la decadencia futbolística, la expulsión del Mundial de Estados Unidos por dopaje, eso sí, después de marcar un verdadero golazo en el partido contra Grecia. También fueron los años en que Maradona fortaleció su amistad con Fidel Castro y no dudó en defender al pueblo cubano de las consecuencias del injusto bloqueo norteamericano.

Ahí fue donde el Maradona personaje pretendió comerse al Maradona genio, y no pudo porque su legado es tan grande, lo que hizo en los terrenos de juego fue tan increíble que se resume en esa parte de la narración de Víctor Hugo Morales: «¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?». Esa es la clave, ¿de qué planeta viniste, pibe?

Tu legado en el fútbol te coloca en el altar de los mitos después de que los errores fueran perdonados, una y otra vez.

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