En 1816 no hubo verano. 1816 es el año en que aparece el Romanticismo y, con él, la vida pasa a tener objetivos e ideales y épica. Quien lo escribirá es una joven de 19 años, Mary Wollstonecraft, que cuando la vida le empiece a pasar factura pasará a llamarse Mary Shelley. El libro: Frankenstein o el Prometeo moderno, que desde el mismo título enseña que los ideales producen monstruos. O peor: gente inocente a quien la sociedad corromperá hasta que se conviertan en monstruos.

Ciento doce años más tarde Berthold Brecht, un ser despreciable con talento para la creación de personajes carismáticos y para hacer creer a los demás que le importaban las ideologías conseguirá, juntando talentos con el más interesante y humilde Kurt Weill, dinamitar los cimientos del Romanticismo gracias a Mackie Messer, el protagonista de Die dreigroschenoper (la Ópera de los cuatro cuartos), alguien que ha decidido empezar a vengarse de todo lo que se mueve incluso antes de haber recibido la primera hostia. El ennoblecimiento final del personaje no será tanto el triunfo catártico de la injusticia como la respuesta a la fascinación que Mackie, la Criatura particular de Brecht, gratuitamente sádica y cruel, ha provocado en su autor.

La larga lista de héroes antirrománticos tendrá una de sus culminaciones en Travis Bickle (Robert de Niro), el protagonista de Taxi Driver (1976), la primera película de Martin Scorsese que puede ser calificada de obra genial. Travis Bickle, personaje de una soledad desesperada, descargará toda su frustración en una ola de violencia gratuita que, de un modo parecido a la Ópera de los cuatro cuartos, acabará ennobleciendo al personaje creando un debate todavía no cerrado sobre si esta obra denuncia la violencia o la glorifica. La reciente Joker (2019), dirigida por Todd Philips después de ser rechazada por el mismo Scorsese, hereda universo y argumento. Joker, sin embargo, va más allá de este antirromanticismo al mostrar con pelos y señales como Arthur Fleck (Joaquín Phoenix), el protagonista, se rompe, se descompone y se hunde en un infierno tan profundo que terminará por servir como bautizo de fuego al convertir a Fleck en el Joker, un monstruo sin ideología ni intereses materiales ni otro objetivo que el de sembrar el caos y la anarquía allí donde va.

Taxi Driver, Joker y la Ópera de cuatro cuartos acaban de manera muy similar glorificando al creador del caos social. Las dos primeras obras tienen una lectura adicional que es la que me interesa reseñar aquí: el uso que hacen de la arquitectura, entendida en estas películas como un paisaje urbano que dialoga y se funde con los personajes hasta que puede reconocerse como un protagonista más de la película, una arquitectura toda contraluces y sombras y suciedad y neones baratos y cosas estropeadas, insegura, sórdida, incómoda… pero absolutamente fascinante. Las dos películas se filman en Nueva York, la ciudad por excelencia. Taxi Driver se centra en Manhattan, muy deprimida en los setenta. Joker se traslada al Bronx. En Taxi Driver Travis contempla esta especie de jungla fascinado, un voyeur separado de su entorno por el parabrisas del taxi. En Joker Arthur está sumergido en esta jungla, ocupando el nivel más bajo, pudiendo ser usado a voluntad por los depredadores que merodean por la ciudad. Las escaleras que conectan el desnivel de más de seis plantas entre las avenidas Shakespeare y Anderson actúan como el elemento que representa que representa la metamorfosis de Arthur en el Joker. Arthur las trepa trabajosamente, medicado, derrotado físicamente. Cada una de sus subidas parece la última. El Joker las baja ligero, extático, bailando el Rock n’roll part 2, una canción que rompe la cuarta pared si recordamos que Gary Glitter, su compositor, está encerrado en estos momentos en una cárcel condenado por pederastia. Glitter, un pederasta confeso, va a recibir mucho dinero en derechos de autor por este baile del Joker en un acto que tiene algo de la violencia arbitraria que exuda la película. El Joker baila por las escaleras bajo la mirada de los policías que lo han de detener porque ya no tiene nada que perder, porque ya no tiene miedo, porque, harto de todo, afectado de un trastorno mental severo, sin posibilidad de acceder a su medicación, se ha convertido en el depredador más peligroso de toda la ciudad. Es un baile rabioso, sin prejuicios, irónico al imitar otras escenas de otras películas más alegres en una imitación patética y furiosa de esta alegría que no ha sentido ni un minuto en toda su vida.

Después del estreno de esta película el Bronx, un barrio todavía inseguro, un refugio no gentrificado de gente trabajadora donde la policía sigue teniendo problemas para controlar el tráfico de drogas en poder de las bandas y las mafias, se ha convertido en un destino turístico. Las escaleras entre Shakespeare y Anderson han registrado incidentes, robos y palizas a los turistas que acuden a instagramearlas (el concepto va mucho más allá de la fotografía) totalmente ajenos a la realidad que los rodea. Para muchos espectadores la película no es una historia dura, sino un recurso para descubrir otras realidades que, por alejadas de los destinos turísticos, se perciben como verdaderas, particularmente si las enfrentamos a los centros urbanos convertidos en parques temáticos. En este contexto los problemas, la sordidez, la violencia, no la filmada, sino la real, se constituye en una especie de garante de pureza, en la certificación de que estamos en un espacio incontaminado. La película, pues, descubre un paisaje que muchos consumidores, más que espectadores, tratan como si tuviese algo de zoológico, de destinación exótica. Y es esta lectura, es esta capacidad de convertir cualquier situación urbana, cualquier denuncia, cualquier visibilización de un problema social, en bien de consumo lo que podría llegar a justificar más que otra cosa las actitudes del Joker y de Travis al convertir la denuncia en espectáculo y hacer que este espectáculo se coma la denuncia, justo como los turistas que, habiendo salido de desdinerarse de la boutique Gucci de la calle Larga de Venecia, convierten la acqua alta que ha de matar la ciudad en la protagonista del selfie que se harán ajenos a la desgracia. Ahora esta acqua alta ha llegado al Bronx después de haber podrido una de las mejores películas de lo que va de siglo.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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