En medio del fragor del debate del pasado lunes, cuando se cerraba el bloque sobre política económica, Santiago Abascal soltó una inquietante cita de Ramiro Ledesma, el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS): “Solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria”. Sus dos rivales políticos de la izquierda (Pedro Sánchez y Pablo Iglesias) enmudecieron en ese preciso instante, no sabemos si porque no fueron capaces de reconocer que la frase pertenecía al célebre ultraderechista español o porque se les heló la sangre y quedaron petrificados al ver el desparpajo de un hombre que no duda en tirar de argumentario fascista sin ningún pudor. En el primer caso podría decirse que Abascal se la coló a ambos por falta de libros de historia. En el segundo por falta de valentía para reaccionar ante una sentencia que en otros países europeos bien podría haber sido considerada apología del fascismo.

Mientras tanto, Pablo Casado y Albert Rivera guardaban un emotivo silencio, quizá porque estaban de acuerdo con el ideólogo falangista citado y hasta les agradó la frase traída a colación por Abascal.

¿Pero quién es el inspirador ideológico de Abascal? Ramiro Ledesma fue un ensayista, filósofo y político español, y junto a Onésimo Redondo (promotor de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica), se le considera el creador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, JONS. Ambas formaciones se fusionaron en 1934 con la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda para dar lugar a la Falange Española de las JONS (FE de las JONS).

Pocos historiadores dudan de que Ramiro Ledesma fue uno de los grandes articuladores del nacional-sindicalismo o “fascismo a la española”, como se hizo llamar en su día, de ahí la importancia simbólica que tiene que Abascal haya recurrido a un pensamiento de este ensayista. Tampoco resulta gratuito que el presidente de Vox haya elegido a un intelectual que tras el inicio de la Guerra Civil fue detenido en Madrid por milicianos socialistas (precisamente socialistas, de ahí la interpelación directa que Abascal hizo a Pedro Sánchez acusándole de remover el odio del pasado) y asesinado durante una saca de presos. En efecto, pocos días después del golpe militar de Franco Ledesma fue arrestado en la calle Santa Juliana, en el barrio de Cuatro Caminos, cerca de su domicilio, y conducido a la prisión de Ventas. De allí fue “sacado”, junto a otros presos como Ramiro de Maeztu y el jefe de la Falange Española de Villaverde Albino Hernández Lázaro para ser fusilado en las tapias del cementerio de Aravaca el 29 de octubre de 1936. ​

Años antes, el 14 de marzo de 1931, cuando Ledesma rondaba los veinticinco, el joven filósofo ocupó la dirección de la revista La Conquista del Estado. En apenas veintitrés números de este semanario −un calco perfecto del periódico italiano La conquista dello Stato, dirigido por Curzio Malaparte− esbozó buena parte de su ideología fascista y llegó a propugnar para España una política “parecida a la de los nazis”. En abril de 1932 pronunció su famosa conferencia en el Ateneo sobre el tema Fascismo frente a marxismo. No pudo terminar su alocución ante las protestas del público e incluso se produjo un enfrentamiento que dio abundantes titulares a la prensa de la época.

Ledesma nunca se llevó bien con José Antonio Primo de Rivera (este se mofaba de él por un defecto en la pronunciación de la erre que arruinaba sus facultades como orador). De hecho, fue expulsado de la formación en enero de 1935. Aquel mismo año Ledesma publicó ¿Fascismo en España? bajo el seudónimo de Roberto Lanzas. En él vertió fuertes descalificaciones contra José Antonio y la Falange. Quizá en esa represalia y posterior venganza del agraviado se ha visto reflejado Abascal, ya que él también ha sufrido en cierta manera la defenestración de su anterior partido, el PP al que perteneció durante años y que le dio de comer (bastante bien por el sueldo que cobraba de cierto chiringuito en la Comunidad de Madrid) hasta que pasados los tiempos felices del aznarismo cayó en desgracia. De un falangista resentido con sus antiguos compañeros no se puede esperar nada bueno. Solo rencor. Odio y más odio. Un vengador contra el sistema, contra el viejo partido, contra todo rival rojo o azul que estorba en su ambición personal. Ya se vio en el debate del pasado lunes, donde de forma siniestra, y con una fría sonrisa en los labios, desempolvó las palabras de su admirado fascista fusilado. Ese al que, por lo visto, pretende hacer justicia.

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