El amigo invisible, amigo secreto o “angelito” es un juego muy popular en el que varias personas se hacen regalos entre sí sin que ninguna de ellas sepa quién ha hecho cada obsequio. Junto al presente perfectamente envuelto en papel celofán, los jugadores suelen dejar una carta anónima o firmada con un seudónimo para despertar la curiosidad e intriga del destinatario.

El amigo invisible de Rivera es Abascal, ese señor con el que se reúne a veces pero al que no ve aunque lo tenga delante de sus propias narices en la mesa de negociación. Rivera puede estar charlando cinco horas con Santi, como en Cinco horas con Mario, el novelón de Delibes, y salir de la reunión jurando y perjurando que en aquel despacho no había nadie. El presidente de Ciudadanos debe tener un serio problema de percepción de la realidad, un trastorno visual que le lleva a decir que no negocia nada con Vox cuando en Andalucía ya comparte tareas de Gobierno con los ultranacionalistas. Así, Rivera entra en la sala de reuniones, saluda amablemente a Abascal, lo invita a un café de máquina y se sienta a charlar con él de muchas cosas, de cuestiones de Estado, de si se debe recluir a los gais en la Casa de Campo, de los chiringuitos feminazis y de la Reconquista de España expulsando a los “indepes”. El presidente de Cs es capaz de debatir sobre todo eso con los nostálgicos del Movimiento Nacional pero a la hora de dar por terminada la reunión y salir a la calle para dar cuenta a los periodistas él lo niega todo. Allí dentro no ha pasado nada de nada, no ha habido ningún acuerdo, ni cambalache, ni alianza secreta.

Rivera trata de convencer a los españoles de que cuando queda con Casado y Abascal para hablar de España en una cumbre de “trifachitos” es solo para tomarse un café. De modo que cuando llega lo importante, cuando llega el momento de repartirse Madrid, Murcia y Castilla y León él se tapa los ojos y los oídos y así no tiene que ver ni escuchar al jefe de los ultraderechistas. Es decir, Rivera se hace un Don Tancredo, se sube a un pedestal naranja en medio de la sala, con una venda en los ojos y tapones en los oídos, y espera a que el miura franquista salga de los chiqueros y pase de largo.

Rivera solo va a las citas con el peligroso Abascal en calidad de convidado de piedra y porque se lo piden Casado, Martínez-Almeida y Díaz Ayuso. Una vez allí, en las reuniones, él se construye la ficción de que el líder de Vox no es un hombre de carne y hueso con el que intercambiar opiniones y programas de Gobierno sino un ente verde ectoplasmático, un espíritu poseído por Franco, un espectro que está y no está, que se materializa y se desvanece por momentos. Rivera, como el personaje aquel de El sexto sentido, en ocasiones ve muertos (o franquistas resucitados) aunque no quiera confesarlo.

Es evidente que Abascal pretende ser el amigo invisible de Rivera y aunque este lo esquiva y le da largas –no sea cosa de que le pegue el dengue o el paludismo– el capitán de caballería de Vox siempre le está enviando “regalitos”, mensajes secretos, cartas de amor, señales, guiños, ofrecimientos y propuestas de pactos de gobierno para que las firme, sin que el presidente de Ciudadanos se dé por aludido. El problema es que Abascal no quiere ser el eterno amigo en la sombra, el tonto útil, y como buen españolazo también tiene su orgullo. Como Rivera sigue negando que haya habido rollo y flirt en ciertos hoteles los domingos por la tarde, el ultra empieza a hacerse el ofendido y el “trifachito” de Madrid, a estas horas, puede estar herido de muerte. Así que el socialista Gabilondo calienta en la banda, siguiendo las últimas instrucciones del entrenador  Pepu Hernández, por si tiene que salir a jugar en el último minuto. Y todo porque Rivera no quiere reconocer la evidencia: que se ve a escondidas y que negocia bajo manga con su hombre invisible. Una historia misteriosa y extraña que hubiese firmado el mismísimo H.G.Wells.

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