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El argumentario de los partidos políticos no es otra cosa que un manual más o menos actualizado donde se indican las consignas a utilizar cuando se dirigen al público en general. A esos llamados “indiferentes” a los que, según la llamada “doctrina Romanones”, había que darles “por la legislación vigente”, pues no eran ni amigos a los que había que “dar el culo”, es decir todo, ni tampoco enemigos, a los que, según esta misma doctrina, “había que dar por el culo”.

Estos argumentarios podían compararse con unas anteojeras que convenientemente se colocan los dirigentes políticos para no ver más de lo que conviene ver,  y  bozales para no decir lo que, según la dirección, no conviene decir, Una de las cosas que de un tiempo a esta parte más se repiten en el argumentario de la derecha, es negar una y otra vez eso que se ha dado en llamar “la superioridad moral e intelectual de la izquierda”. Esto de negar  tal superioridad ya lo hacía mucho Esperanza Aguirre. De ella puede decirse que si la palabra desfachatez no hubiera existido,  habría sido inventada para ella. Esta “lideresa” de la derecha madrileña y nacional ya felizmente, para todos nosotros, jubilada, es una política bastante asilvestrada, que solía quitarse el bozal del argumentario para soltar frases tales como: “Yo destapé la trama Gürtel” “Franco era bastante socialista” “No es que haga números a fin de mes, es que a veces no llego” “la mejor receta para incrementar la riqueza de todos es bajar los impuestos” “los poderes públicos tienen la obligación de impulsar la práctica del golf” y otras muchas ocurrencias de este tipo que quedaron para las hemerotecas. Como ya es sabido, Esperanza Aguirre compaginó sus sucesivos altos cargos públicos con la cría intensiva de “ranas” es decir, de corruptos. El “milagro” de la Aguirre es haber criado y amamantado a tan peligrosos especímenes durante tanto tiempo, y no terminar siendo mordida, manchada o al menos oliendo tan mal como ellos. Aunque no se descarta que alguna vez salgan a la luz esas mordidas y manchas. Conozco a los suficientes criadores de gorrinos para saber que es imposible no acabar siendo mordidos, manchados u oliendo mal a causa de tan estrecho trato con ellos. Podría decirse que recibir alguna dentellada o porción de mierda va con el oficio. Y no puede decirse que tales dirigentes, que ella misma, con su buen ojo clínico, seleccionó y promocionó para regir los destinos de los madrileños, no eran corruptos, porque todos ellos, al menos los que ocuparon los más altos cargos, han sido condenados por un tribunal.

El deber de ceñirse al argumentario / catecismo de la derecha, que es como el menú del día que deben servir a los consumidores, es algo que cumplen todos  los dirigentes del PP en todas sus intervenciones públicas. De entre todos ellos y ellas, Isabel Díaz Ayuso es una de las que más a rajatabla lo cumplen, hasta el punto de que no es capaz de levantar cabeza del papel cuando habla, y si levanta la cabeza pone cara de estar recordando lo que le han escrito. Pero el argumentario de la Ayuso no es exactamente el mismo que el que se despacha al resto de dirigentes de ese partido. Ella siempre va aparte, y tiene el suyo propio. Lo necesita más que ningún otro u otra porque al no tener más discurso ni más base que su propia desfachatez y su ya muy manido surtido de necedades, disparates, mentiras e insultos que dispara sin ton ni son hacia la malvada izquierda, el gobierno de la nación en general y al presidente Sánchez en particular,  necesita que sus asesores del laboratorio que dirige Miguel Ángel Rodríguez, le escriban nuevas maldades, falsedades y descalificaciones para arrojarlas contra Sáncbez y los suyos.

Miguel Ángel Rodriguez, al mando de su laboratorio de científicos ratoneros dispuestos a todo, actúa y experimenta con ella como el doctor Frankenstein experimentaba con su monstruo, pero con más delito. Porque al doctor Frankenstein le movía la idea fija, la obsesión de todo científico por crear vida. Sin embargo, el laboratorio de Miguel Ángel Rodriguez / Frankenstein, ha emprendido el mayor de los desvaríos y desatinos, que no es ni más ni menos que llevar a la Ayuso a la presidencia del gobierno. Pedimos encarecidamente a la Providencia, que nos debe más de una, y más de dos, que nunca permita a la Ayuso llegar a presidenta del gobierno, aunque solo sea por higiene y salud mental nacional. Después  del emérito restregándonos con soberbia, desprecio y chulería su infame y vergonzosa inviolabilidad e impunidad, ya solo nos queda ver a la Ayuso convertida en una heroína nacional culminando en toda España la patriótica cruzada que comenzó en Madrid. Una gloriosa cruzada que solo  podía ser cabalmente narrada por el  recordado periodista Luis Carandell en su no menos recordado noticiario “cañí” llamado “Celtiberia Show”. Qué pena que aquel maravilloso cronista ya no esté  entre nosotros para hacer la exacta y cabal crónica de esa legendaria gesta que fue la traía a Madrid de la libertad por parte de la Ayuso. Gracias a la preclara mente de la libertadora, nos enteramos que la libertad consistía en tomarse una cañita en una terracita.  ¿Y qué otra cosa sino puede ser la libertad?. ¿Acaso, como dice la izquierda, la libertad es la que cada persona se construye para sí misma con las herramientas de la educación y la cultura?. Quía!, paparruchas,  la libertad según la Ayuso, es más sencillo que todo eso: es la de poder atascar la ciudad cada uno con su puñetero y contaminante coche y también, por supuesto, la libertad es sentarte en una terraza y tomar una cañas. ¿Que hay una pandemia y tal? Pues se siente, pero la libertad es lo primero. 

¿Y quién tenía secuestrada a la libertad? No hace falta decir que la pérfida izquierda, que  siempre se ha mostrado contrario a ella,  porque, como todo el mundo sabe,  a la izquierda no le gusta que la gente sea feliz ejerciendo su sagrado derecho a  tomarse una caña en una terraza cuando le de la gana, faltaría más. A la izquierda solo les gusta, “sermonear y ser unos aguafiestas” según palabras de la propia libertadora madrileña. Y este es el nivel, señoras y señores.

Volviendo al tema de si la izquierda tiene superioridad moral sobre la derecha, hay que decir rotundamente que sí. Aunque mejor que esa expresión tan rimbombante, podría usarse otra más adecuada como lo “correcto” lo “ necesario” o  lo “deseable”. Y lo correcto, necesario y deseable para la izquierda es vivir en una sociedad donde su grado bienestar se mida por cómo viven los más pobres, no los más ricos porque los ricos siempre viven bien, estén donde estén. La prioridad de la izquierda  ha sido siempre lograr la igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades de todos y de todas. Mientras que para la derecha lo único que le importa es mantener sus privilegios. Que entre sus compatriotas haya ciudadanos de primera, segunda y tercera es algo que ven normal, y no les preocupa lo más mínimo. A la izquierda sí le preocupa y mucho. Lo que para la izquierda es, más que necesario, imprescindible,  invertir en sanidad, en educación, en políticas de igualdad y de redistribución de la riqueza. Para la derecha, lo único que importa es que se bajen los impuestos, “adelgazar al Estado”, como decía Esperanza Aguirre. Y lo quieren “adelgazar” poderlo a dieta hasta acabar con él, porque no lo necesitan, es más lo ven como un gasto innecesario, un estorbo, porque todos los servicios que les puede prestar, los pueden pagar con su dinero. Por eso su objetivo, su meta es desguazar, acabar con todo lo público, especialmente con la sanidad y la educación, que ven como una insoportable  carga, un descomunal gasto por unos servicios públicos que, como ya hemos dicho, no necesitan. Su idea es sustituir esos servicios públicos por empresas privadas que los gestionen, y para los que no puedan pagar esos servicios, crear una especie de beneficencia o caridad o limosna. Mientras que la izquierda quiere lo contrario, es decir, unos servicios públicos cada vez más potentes, mejor organizados, que sirvan y lleguen a todo el mundo, pero especialmente a los más necesitados, los que no pueden, en modo alguno, pagárselos. Como se puede ver, la superioridad moral  pertenece a la izquierda por sus valores superiores de la solidaridad, la igualdad, la libertad, la justicia social, mientras en la derecha predomina el egoísmo, la codicia y la avaricia, que todo lo regule el mercado, aunque muchos de estos que proclaman las bondades de ese libre mercado, después pierden el culo para solicitar ayudas públicas cuando sus negocios van mal. 

Para la derecha representada por PP y Vox,  su modelo de sociedad es el de algunos países sudamericanos donde los ricos viven en lujosas urbanizaciones valladas con doble perímetro de seguridad,  alejadas de los barrios pobres dejados de la mano de un Estado que apenas existe porque los ricos se niegan a sostenerlo con sus impuestos. Todos hemos visto en algún programa de televisión la vida de los privilegiados residentes en las urbanizaciones de lujo de la grandes ciudades sudamericanas. Hemos visto salir a los residentes de esas urbanizaciones a hacer compras o llevar a los niños a los exclusivos colegios donde estudian, en grandes todo terrenos con una pistola automática en la guantera, escoltados por un coche con guardaespaldas. La derecha, representada por PP y Vox, con sus políticas de bajar impuestos, de acabar con lo público, aspira a una sociedad así, donde los pobres sean cada vez más pobres, condenados a una cada vez mayor precariedad, marginalidad y miseria, mientras los ricos son cada vez más ricos, pero también más prisioneros en sus lujosas urbanizaciones. Llegará un día en que estos ricos que pueden pagarse cualquier capricho, no puedan permitirse el más sencillo y barato de todos ellos: el de poder dar un paseo a pie por su propia ciudad, por su propio pueblo con total tranquilidad, sin temor a que una turba de desesperados, de hambrientos les asalte a la vuelta de cualquier esquina.  ¿De verdad hay alguien que quiere vivir en un mundo así?

La izquierda nunca tolerará una sociedad semejante, una sociedad que solo será medianamente justa y aceptable cuando el más pobre de sus miembros pueda vivir con un mínimo de dignidad. Y sin embargo, a la derecha no solo no le importa una sociedad injusta e insolidaria, sino que no deja de dar pasos hacia ella a través de sus agresivas políticas neoliberales. Lo que no se entiende es que muchos, muchísimos simpatizantes de la derecha, que no viven en esa burbuja de privilegios, de riqueza, del bienestar que procura el dinero, apoyen con sus votos políticas de recortes sociales, de privatizaciones de la sanidad y la educación que claramente les perjudican, porque necesitan estos servicios públicos, ya que sus ingresos no les llegan para pagarse ningún tipo de sanidad y educación privadas

Para dejar zanjado de una vez este asunto de la superioridad moral de la izquierda, basta con recordar la última subida del salario mínimo que promovió el terrible, infernal, diabólico gobierno socialcomunista, terrorista, proetarra, bolivariano, separatista, chavista…etc de Pedro Sánchez, que subió el salario mínimo  hasta los mil euros. Una medida justa y necesaria, que ya estaba tardando. Una mejora que nunca se le pasará por la cabeza a ningún dirigente de derechas, que piensan sobre todo en los grandes números, en los beneficios, en la rentabilidad de las grandes empresas, de los grandes bancos, en sanear la economía a costa de los mismos de siempre. Y, por supuesto, en recortar más a quienes menos tienen.  Una medida esta de subir el salario mínimo que no se le pasó por la cabeza al bueno de Mariano Rajoy en sus siete años de mandato al frente del gobierno de España. Jamás, ni aunque hubiera estado treinta años como presidente del gobierno habría dado en subir un solo euro el salario mínimo para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, una medida que siempre se habría pospuesto porque siempre habrían surgido otras prioridades mucho más urgentes, importantes y necesarias que ésa. Prioridades tales como amnistías fiscales, rescates bancarios con dinero público a fondo perdido y cosas así.  

Una vez más, rogamos encarecidamente no confundir a este Mariano Rajoy, muy español y mucho español, con ese otro misterioso M. Rajoy, que aparece en los papeles de Luis Bárcenas. No hace falta decir que ese tal M. Rajoy, puede ser cualquiera. 

Recordemos que a esta justa y necesaria subida del salario mínimo interprofesional se opusieron con todas sus fuerzas las derechas, tanto la del PP como la del muy patriótico partido Vox, alegando tanto el uno como el otro que tal subida de unos pocos euros en los salarios de los trabajadores iba a ser no solo un mazazo, un freno, un fuerte revés para el crecimiento de la economía, sino la total ruina de España. Algo que por supuesto no solo no ha ocurrido sino que los beneficios de las empresas se han disparado todavía más en estos primeros meses después de la pandemia.

Llama mucho la atención que siempre estén hablando de la ruina de España, de los enemigos de España, de la unidad de España… de esas cosas patrioteras, y no sean capaces de aportar una sola idea, una sola propuesta para mejorar las condiciones de vida de los españoles de a pie; una jodida propuesta, solo una, para acabar con la precariedad, la temporalidad y la creciente pobreza y la notoria pérdida de derechos que supuso la reforma laboral del PP para los millones de trabajadores y trabajadoras que formamos esa España de sus desvelos. Para la izquierda, España son sus habitantes, para la derecha, sobre todo para la ultraderecha, España son sus símbolos, la bandera, el himno y sobre todo ese concepto, esa entelequia llamada patria de la que quieren apropiarse para, una vez erigidos como los depositarios de ese sagrado concepto, en nombre de ella, acabar con cualquiera que no piense como ellos, porque el que no piense como ellos, estará clara y abiertamente en contra de esa “patria”. No hace falta decir que para entonces a la democracia le habrán aplicado la doctrina que Romanones reservaba a los enemigos.

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