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A propósito de ‘El raro vicio de escribir la vida’

El escritor y crítico Manuel Rico recapitula textos procedentes de distintas etapas de su existencia ordenados y estructurados en el invierno de 2020

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Para la portada de mi último libro, El raro vicio de escribir la vida, los responsables de diseño de Huso, junto con Mayda Bustamante, editora, eligieron, entre las fotografías propias que aporté para que ilustraran algunos de sus capítulos, una fechada el 8 de abril de 2009. La tomé en las afueras de un pequeño pueblo entre montañas situado en el límite de Madrid con los pueblos negros de Guadalajara: Puebla de la Sierra. Forma parte del capítulo titulado “Jenilek, Lebert y noticia de La mujer muerta”. En ella, un conjunto de fresnos todavía desnudos, de los que aún no ha huido el invierno, proyectan sus sombras retorcidas sobre el camino que lleva al bosque. Aquel día recorrí con unos amigos las sendas que desde el pueblo se pierden entre montañas, transitan por tierras apenas conocidas, almorcé de bocadillo en un mesón casi vacío en su plaza principal y retorné a Madrid por un a carretera estrecha y descuidada que avanza montaña arriba bordeando grandes riscos, desfiladeros y montes oscuros, hasta desembocar en otro pequeño pueblo, Robledillo de la Jara.

Es legítimo que alguien se pregunte qué demonios pintan la nobel Elfried Jelinek, autora de La pianista, y Hans Lebert, autor de La piel del lobo, en esa historia y qué relación tienen con la fotografía. Escritor y escritora, austriacos, arañan, en sus respectivos libros en la mala conciencia de su pueblo en los años de posguerra. Hablan de oscuros secretos, de episodios enterrados que jamás desaparecen de la memoria, del nazismo y de las complicidades tejidas en el mundo rural (Lebert) o en la acomodada clase media urbana (Jelinek). El paraje en el que parecen crecer las siluetas retorcidas de fresnos centenarios parece brotar de un inmenso misterio (curiosamente, evocan también una rara, aunque muy conocida, novela, Cumbres borrascosas). Es el territorio en el que creció mi narración La mujer muerta (2000) y en el que descubrí huellas de nuestra guerra civil, de las sevicias y humillaciones de posguerra de las que fueron testigos y, a veces, protagonistas, vecinos de esas tierras, y advertí el silencio colectivo, hijo del miedo y de una complicidad involuntaria, de buena parte de sus pocos habitantes. Sobre aquella experiencia y sobre mi memoria de la lectura de aquellos libros escribí el capítulo citado: un fragmento de vida propia mezclado con mi lectura de esos días.

Está la cotidianidad en sus aspectos más personales, desde las evocaciones que despierta el reencuentro con un tirachinas de madera de fresno hasta el recuerdo de un Madrid de tranvías y silencio allá por los 70

Ese texto forma parte del medio centenar de escritos que conforma El raro vicio de escribir la vida. Textos procedentes de distintas etapas de mi existencia que ordené y estructuré en los días invernales de 2020, en plena segunda ola de la pandemia, que saqué de carpetas, de archivos digitales y de alguna entrada, ya inexistente, en mi blog. En ellos se estructuraba una sucesión de miradas, entre 2007 y 2014, en las que dibujé la vida en toda su complejidad y que, vistas en su conjunto, constituyen algo parecido a la novela de ese tiempo. Está la cotidianidad en sus aspectos más personales, desde las evocaciones que despierta el reencuentro con un tirachinas de madera de fresno hasta el recuerdo de un Madrid de tranvías y silencio allá por los 70 pasando por la recogida del fruto del endrino en los otoños de la sierra norte o la tormenta que anuncia el otoño y el fin de las vacaciones de todos los veranos. Está la larga conversación sobre poesía y desapariciones bajo la dictadura argentina con Juan Gelman a lo largo de un par de días en Frankfurt en junio de 2009, y lecturas de Antonio Machado y su coetáneo y hoy olvidado Enrique de Mesa, a la doble sombra de las tierras de Soria y del monasterio de El Paular. Está la experiencia imborrable de Sidney y la Australia que soñé de niño, o la Chicago y el hotel donde pasé unos días y en el que se encontraba, casi intacta, la piscina en la que entrenaba el primer Tarzán, Johnny Weissmüller… Lejanías que conviven con cercanías intensas: el primer poemario y la primera novela, los olores de entonces, el barrio y sus rincones menos visibles, los secretos de las papelerías de mi ciudad y de sus calles comerciales, la crisis que en 2008 generó Lehmann Brothers y sus efectos en la realidad urbana, sucia y precaria, del Madrid periférico…. Las tierras que nos contó Ridruejo, o un hoy olvidado Jorge Ferrer-Vidal, por el alto Duero y las tierras escondidas de la sierra norte madrileña que parecen vivir en un sueño remoto.

Habitación llena de espejos

Un libro que es una habitación llena de espejos en los que se reflejan capítulos de la vida y en el que hago recuento de aquellas emociones que edificaron la vocación literaria. Comienza con la inquietante experiencia de Handke frente a la cotidianidad en su libro Poema a la duración y concluye con otra emoción: la lectura de Un paseo en bicicleta, de Antón Castro, una suerte de puerta de entrada, a través de la poesía, en los rescoldos que en nuestro inconsciente dejó un título de Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano.  El testimonio de Herta Müller y su literatura sobre los campos de trabajo en la Rumanía de posguerra, Blas de Otero y su huella imborrable, la memoria del cine y del aprendizaje sentimental de quien se soñaba escritor en un tiempo difícil o la magia y los olores de las papelerías de barrio son puertas abiertas, en el tiempo y en el espacio, al lector. Una forma de dar sentido y trascendencia a lo vivido a través de la literatura. La intrahistoria que da sentido a la vida.

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