A poco de acabar la guerra, a mi bisabuela la raparon. También le dieron aceite de ricino como venganza porque su marido hablaba demasiado, y en vez de ir a por él, y como castigo “menor”, la humillaron a ella que nunca se había metido en eso de la política. Mi otra bisabuela se libró por poco, ya que cuando fueron a por ella por ser la mujer de un rojo, el cura intercedió para que la dejasen tranquila. Aunque a buen seguro que ella se hubiera dejado rapar la cabeza de buen gusto si eso hubiera servido para salvar la vida a un marido que murió en la cárcel de Granada por su militancia comunista.

Mi abuelo José contaba que una vez, estando en el río, un hombre se le acercó a pedirle unas monedas. Era un mendigo de los que llegaban de los pueblos a la capital en busca de una oportunidad en los difíciles tiempos de la posguerra. Mi abuelo, apenas un adolescente, estuvo un rato hablando con ese señor hasta que el hombre, viendo que no iba a conseguir nada de aquel chico que tenía casi más hambre que él, decidió marcharse.

Camino de su casa, mi abuelo se encontró con su hermano Raimundo, algo mayor que él, y mozo fuerte como pocos había en el barrio. Estaba muy excitado. -¿Has visto a un mendigo en el río? -Sí, claro, he estado hablando con él y era de nuestro pueblo, ¿Sabes? -Ven conmigo. Y ante la tajante orden, los dos hermanos se dirigieron al lugar en el que mi abuelo había estado con aquel desconocido. De camino, Raimundo le contó a su hermano el misterio: -Ese hombre fue el que delató a nuestra madre y por su culpa casi nos la matan.

Poco antes de morir, mi abuelo me confesó -con los ojos inyectados en sangre en una mirada de odio que jamás olvidaré-, que el plan que habían trazado era nada más y nada menos que acabar con la vida de aquel tipo. Ahogarlo en el río, y que todo pareciese un accidente. El objetivo estaba claro, y no era otro que el de vengar a su madre y de paso a muchos otros que fueron asesinados en el pueblo por el mero interés de un lumpen en congraciarse con los nuevos amos ejerciendo de chivato. Pero por suerte o por desgracia, a ese infeliz no lograron encontrarlo nunca.

Y es que toda mi familia perteneció al bando vencido, y por eso desde muy pequeño me enseñaron bien lo que significó el franquismo, y también a no banalizarlo de cualquier forma. Y tal vez sea por ello que he llegado a sentir nauseas en el día de ayer cuando supe que el ideólogo de Podemos, Juan Carlos Monedero, había arremetido vilmente contra las feministas que, con razón, han criticado la labor de Irene Montero al frente del Ministerio de Igualdad, acusándolas en un tuit de ser “los coletazos del país que cortó el pelo a las mujeres de los mineros en huelga”.

La estrategia parece clara: O nosotros o la extrema derecha. Y si no quieren ustedes una Ley Trans que borra a las mujeres es que están con Vox. Porque aquí no hay debate posible, y o están conmigo o es que son ustedes de la extrema derecha. Porque el feminismo será lo que diga el aparato de un partido que ha decidido jugárselo todo por una ley para cuya elaboración no han contado con una parte, posiblemente mayoritaria, del feminismo organizado.

Pero por mucho que ladren, tapar el Sol con una mano ante la nefasta gestión de la ministra no les va a funcionar. Como tampoco funcionará el atribuir a toda disidencia de izquierdas falsas coincidencias con la extrema derecha. Porque por mucho que lo repitan, una mentira es una mentira. Y ni siquiera cambiará eso su firme determinación por aprobar, contra viento y marea, una ley a la que se oponen las feministas históricas. Unas feministas combativas y herederas de aquellas que fueron rapadas durante el franquismo, ese régimen criminal al que el padre de Monedero idolatra públicamente porque seguro que a ellos no le raparon a nadie en su familia. Así que, nos vemos en las urnas.

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