Los niños le mirábamos como si fuera un bicho raro, una bestia deformada y amorfa incapaz de desenvolverse con soltura en casi ningún ambiente, y eso nos llamaba tanto la atención que, por las tardes al salir de la escuela, siempre había alguien que proponía organizar una expedición a la vuelta de la esquina de casa Gemiro.

Entonces el pueblo cambiaba de acento y cogía velocidad al ritmo de percusión de nuestros latidos. Y es que, en el silencio absoluto de la tarde, cuando todos estaban durmiendo la siesta y la vida parecía extinguida, nuestros corazones latían con tanta fuerza, que aun escondidos tras la esquina de casa Gemiro, temíamos que los vecinos se despertaran del letargo.

Llegábamos sin hacer ruido y nos acoplábamos de arriba abajo en el cantón de la casa, siguiendo un riguroso orden de estatura aprendido. Estudiábamos sus fealdades, sus desproporciones y sus movimientos torpes, hasta tener los ojos secos y el corazón extenuado. Entonces nos retirábamos a jugar a imitarle, exagerando sus gestos y sus meneos, riéndonos hasta dolernos la cara.

Gemiro se pasaba las horas muertas sentado en el tablón de la puerta de su casa. A menudo se inclinaba hacia delante apoyándose sobre su muleta de madera, y dejaba que el tiempo trascurriera sin más interés que verlo pasar. Si miraba o no era difícil de saber. La madre naturaleza no había sido generosa con él. Tenía los ojos tan pequeños que siempre parecían cerrados. Por eso nos apostábamos tras la esquina tratando de averiguar si estaba vivo o muerto, dormido o despierto, sonámbulo o hipnotizado.

A veces Gemiro permanecía inmóvil durante horas y otras se desperezaba con la exageración de un payaso. Se levantaba, se apoyaba sobre la muleta para ponerse en pie y arrastraba su voluminoso cuerpo hasta el camino, la fuente o el interior de la casa. Mientras tanto, nosotros le espiábamos nerviosos entre murmullos y burlas como si se tratase de un animal de feria, una exhibición de torpeza o una deformidad digna de admirar en un circo.

A Gemiro le faltaba una pierna. Su propio padre le pasó por encima con el carro repleto de patatas cuando apenas tenía tres años. Dicen que no lloró. Se quedó sentado en el suelo, y no dijo ni una palabra hasta que una vecina le vio. El médico confesó que no podía hacer nada por él, que quizás en la ciudad, que puede que este o aquel colega, que costaría tanto o cuánto.

Su muleta creció desde niño a la misma velocidad que su cuerpo, que la burla y que los murmullos que decían – no sirve.

Y se lo creyó. Creyó que no servía y desde entonces no sirvió para nada más que para sentarse en la puerta de su casa a dejar transcurrir el tiempo sin otro interés que verlo pasar.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre