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“A estas alturas, afirmaciones como que Gernika fue incendiada por los propios republicanos constituyen auténticas aberraciones intelectuales”

El escritor Ignacio Martínez de Pisón recopila textos de una treintena de autores de diferentes afinidades ideológicas para conformar una “novela de novelas” única sobre la guerra civil española

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análisis

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La guerra civil española se ha abordado desde infinidad de perspectivas y géneros. De forma incansable, es un caudal inagotable de historias que aún hoy atrapa a millones de lectores por el atractivo de la temática tratada. Pero aún, más de ocho décadas después de aquella tragedia provocada por el fascismo que trajo después cuatro décadas de sangriento franquismo, no se ha logrado tomar la suficiente distancia para lograr trabajos que aglutinen en su inmensidad todo lo que supuso aquel acontecimiento. Esta edición ampliada de Partes de guerra (Catedral), editada por el escritor Ignacio Martínez de Pisón, supone una aportación indispensable, articulada por textos de una treintena de autores de las más diversas tendencias ideológicas. En definitiva, una forma distinta e iluminadora de conocer de verdad qué fue realmente aquel desastre para todo un país y la tragedia que supuso su desenlace.

¿En qué aspectos concretos gana esta edición ampliada de la gran novela colectiva sobre la guerra civil española?

He incorporado algunos relatos que en la primera edición, de hace trece años, no pude incluir. Entre ellos destacan uno de Rafael Alberti que recrea el estallido de la guerra en Ibiza, donde estaba veraneando, y otro de Alberto Méndez sobre los atroces consejos de guerra de la primerísima posguerra.

¿Hasta qué punto puede ser más iluminador leer esta gran obra colectiva en torno al conflicto bélico patrio del siglo pasado que un sesudo estudio de cualquier historiador?

Tradicionalmente, o al menos desde los albores de la narrativa realista, han sido los novelistas los encargados de captar el espíritu de una época y trasladarlo a las generaciones posteriores. Con las guerras ocurre lo mismo. De las campañas napoleónicas sabemos más por Stendhal y Tolstói que por los miles de estudios escritos por los historiadores especializados. Uno de los compromisos del novelista es contar su propia época, su sociedad, incluyendo por supuesto los acontecimientos más traumáticos: las guerras. No ha habido ninguna guerra que no haya servido de material para los novelistas. Esto ha sido así desde la Grecia clásica y supongo que lo seguirá siendo en el futuro. La propia guerra de Ucrania no tardará en tener unos novelistas que la cuenten.

Más allá de las variadas adscripciones ideológicas de sus autores, estos relatos conforman un corpus que atiende sobre todo al principio de veracidad incuestionable, algo de lo que no todos los historiadores pueden alardear. ¿Está de acuerdo conmigo?

La verdad literaria no depende tanto de hechos, fechas, circunstancias, como de acertar a transmitir una realidad profunda que nos implique como lectores en calamidades que no nos ha tocado vivir. La verdad de los historiadores sí que necesita datos, y yo agradezco a los buenos historiadores que se hayan mostrado tan escrupulosos en el desarrollo de su trabajo. Sin ellos el quehacer de los novelistas, que al fin y al cabo tenemos algo de divulgadores, sería mucho más complicado.

“Sin los buenos historiadores, el quehacer de los novelistas sería mucho más complicado”

La pregunta puede parecer de Perogrullo: ¿por qué tantos narradores, nacionales y extranjeros, se han sentido y aún se sienten atraídos por la guerra civil española?

La guerra es la circunstancia más extrema a la que puede enfrentarse una sociedad, y los novelistas, que se nutren fundamentalmente de conflictos humanos, no pueden sino buscar inspiración en ese tipo de acontecimientos.  En su momento, la Guerra Civil española interesó a varios de los mejores escritores occidentales porque anunciaba una catástrofe internacional que se intuía inminente. Todo lo que se estaba rompiendo en España corría el riesgo de romperse definitivamente en todo Occidente. Pasada la Segunda Guerra Mundial, la contienda española fue fuente de inspiración para varias generaciones de escritores de aquí que no podían explicarse el mundo en el que vivían sin referirse a lo ocurrido entre 1936 y 1939. No podía ser de otro modo: para entender la Transición había que entender lo que fue el franquismo, y para entender el franquismo había que entender la Guerra Civil…

¿Ha evolucionado con el paso de las décadas la percepción que los literatos tiene de este conflicto a la hora de abordarlo en una obra de ficción? ¿Por qué?

Digamos que la visión de los nietos de la Guerra Civil es más literaria. Para los escritores que hemos crecido ya en democracia sigue siendo un tema apasionante, pero nuestro acercamiento a él no es ya autobiográfico o testimonial. No pasará mucho tiempo antes de que las novelas que se escriban sobre la Guerra Civil pertenezcan definitivamente al género de la novela histórica. Cuando eso ocurra, sabremos que las viejas heridas de aquella época habrán cicatrizado de forma definitiva.

Estos más de 30 relatos narran en orden cronológico el conflicto bélico. ¿Ha supuesto esta premisa un nuevo y complejo reto? Porque imagino que hay que conocer mucho tanto el devenir de los tres años de la guerra como lo escrito sobre ella a través de la literatura…

Cada uno de los cuentos es una tesela que, teniendo plena validez por sí misma, la acrecienta al ponerse en contacto con los otros cuentos, al formar parte de ese gran mosaico. Aunque suene a cliché, es cierto que los cuentos “dialogan” entre ellos y que de ese diálogo surge una visión más completa y atinada de lo que fue aquel conflicto.

Si se viera obligado a seleccionar uno solo de todos estos relatos recogidos en la edición de este libro, ¿con cuál se quedaría si se le pidiera que resumiera en su globalidad todo lo que supuso la página más oscura de nuestra historia reciente?

Tal vez escogería ‘La lengua de las mariposas’ de Manuel Rivas por lo que tiene de metáfora del siglo XX español. La relación entre el maestro y el niño anuncia al principio una España perfectamente instalada en la senda de los valores de la democracia, la cultura, la tolerancia, el progreso, en definitiva de la Ilustración, y todo se corta de golpe cuando a ese pequeño pueblo gallego llega el huracán del golpe militar, que lo trastoca todo y devuelve a la sociedad española a la senda del cainismo, el autoritarismo, la intolerancia. Que el niño sea uno de los primeros en apedrear a su hasta hace poco admirado maestro da una idea del oscuro porvenir que les esperaba a los españoles. Pero, al lado de este relato, hay otros muchos que también son de los mejores que se han escrito en España en estos últimos ochenta y tantos años.

¿Existe un solo mensaje unitario final que aglutine la lectura completa de esta treintena de relatos?

No hay un mensaje unitario porque cada uno de los autores, en último término, representa una posición propia, personal, ante aquellos hechos tan dramáticos. Pero sí se intuye una voluntad compartida de superar las viejas heridas del pasado y construir un país nuevo en el que la convivencia pacífica esté asegurada y las guerras fratricidas no aparezcan cada pocas décadas para destruir la convivencia.

En ninguno de estos relatos existe el más mínimo afán blanqueador o directamente negacionista de lo que fue aquella guerra. Entonces, ¿por qué sorprendentemente gana terreno este tipo de discursos que no tienen ninguna base historiográfica?

Gracias al trabajo de los historiadores de las últimas décadas hay cada vez menos espacio para ese blanqueamiento al que te refieres. Los hechos están ahí, a disposición de quien quiera tomarse la molestia de conocerlos. Otra cosa es que ciertos políticos, por simple conveniencia partidista, vuelvan a poner en circulación los discursos más rancios e inverosímiles: que si Gernika fue incendiada por los propios republicanos, que si la guerra empezó en Asturias en 1934, que si las Trece Rosas eran unas asesinas y, como dijo uno de Vox, unas violadoras… A estas alturas, afirmaciones como esas constituyen auténticas aberraciones intelectuales.

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