La Enfermera 

En casa de Arnón, empiezan a estar preocupados. Flor María, la criada peruana que igual se ocupa de los niños, que lava y limpia a la abuela postrada en cama desde hace ya cinco años, que hace la comida, lava la ropa, plancha o les hace las camas, les ha comunicado que se casa.

Han intentado por todos los medios que Flor María se olvidara de su novio, pero parece que la muchacha está decidida a contraer matrimonio. No es que a Arnón le importe lo más mínimo la felicidad de su criada. Lo que verdaderamente le importa es dónde van a conseguir por seiscientos euros al mes, alguien que esté dispuesto a suplir a la peruana en las mismas condiciones: veinticuatro horas al día y seis días a la semana.

La familia de Arnón es de esas familias tradicionales. Él, consultor de empresas, mantiene una ajetreada agenda en la que el trabajo, el Pádel (con los compañeros de labor) o el Golf y las comidas de negocio, ocupan todo su tiempo. Los jueves por la tarde los dedica a su querida, a la que le ha comprado un apartamento para sus encuentros furtivos en el centro de Madrid. Los fines de semana, los pasa enfurruscado en casa aguantando de mala gana a su señora y a sus dos niños de once y doce años. Su mujer, a la que todos llaman Duvi, pero que en su DNI figura como Maria Eduviges Martínez, ocupa su tiempo libre entre el ropero de Cáritas, el gimnasio, los cafés con las amigas y los encuentros furtivos en el Hotel Marriot, a las afueras de Madrid, con Nelo (de Bonelo), socio y amigo de Amón, los martes por la tarde.

En casa de los Amón maldicen la maldita crisis. Pero no porque a ellos les haya afectado económicamente. Amón, que ha duplicado su capital en estos años, se queja de que ahora es más complicado hacer grandes negocios con suculentos beneficios rápidos y con poco trabajo. Desde que han empezado a indagar en los sucios chanchullos de los políticos amigos, todo es mucho más complicado. Pero sobre todo, lo que más les molesta es que ya no son capaces de encontrar una chica joven, soltera y sin compromiso que quiera meterse en su casa, para estar pendiente día y noche de los avatares de una pobre anciana que, salvo respirar, no hace nada más y a la que hay que limpiar y cuidar con tino mientras su hijo y su nuera pasan de puntillas por el problema. Ya no hay inmigrantes del otro lado del charco que vengan a cubrir esos trabajos que ninguno de los oriundos de aquí quiere. Todos los posibles candidatos se quejan de lo mismo, poco dinero por un trabajo de muchas horas. Todo el mundo quiere ocho horas y contrato de trabajo. ¡Habrase visto tamaña desfachatez! Comentan en casa de los Amón. ¡Si al final nos vamos a tener que encargar nosotros de la abuela! ¡Y luego dicen que no hay trabajo, por dios!, comenta Duvi. Lo que no hay son ganas de trabajar.

Para Duvi es una cuestión de principios. Igual que ella no se planteó siquiera seguir trabajando como recepcionista en la empresa en la que trabajaba y en la que conoció a Amón, cuando después de diez meses de noviazgo, contrajeron matrimonio, igual que ella no se planteó, cuando la contrataron, ni por un sólo instante que, aun habiendo acabado la carrera de económicas, su trabajo de recepcionista no estaba acorde con la titulación que habían requerido para acceder al puesto, ni que su salario tampoco cumpliera con los requisitos solicitados para el mismo, ahora no se plantea que para tener una enfermera en casa haya que pagarla y que nadie quiera ser enfermera, tener un horario de esclava y un salario que ni siquiera cumple los estándares mínimos de una asistenta. Para Duvi, la vida siempre ha sido así y no entiende que ya no pueda cumplirse con lo que dios ha asignado a cada hombre.

Duvi camina al encuentro de su amante. Una chica morena pega carteles de la huelga del 8 de Marzo en una farola. Duvi se queda mirando el cartel. La chica le intenta dar un folleto que explica los motivos de la huelga. Pero Duvi no sólo lo rechaza sino que le dice: “Vosotras podemitas de mierda tenéis la culpa de todo. Yo no necesito ninguna huelga para sentirme realizada. Ninguna mujer lo necesita.¿Iguale?. Desde luego que no. Las mujeres no necesitamos ser iguales. ¿Qué será lo próximo? ¿Que ellos tengan que cuidar de nuestros hijos?”

La chica de los carteles, incrédula con el discurso que está oyendo, solo acierta a decir:

-Me da usted mucha pena.

Y sigue camino hacia otra farola dónde pegar otro de los carteles.

 


8 de Marzo, Huelga

El ocho de marzo, no haré huelga. Pensaba hacerla pero me han dicho que es mejor que los hombres nos quedemos en segundo plano. Acudiré a la manifestación en Madrid, también en un segundo plano, en apoyo a sus reivindicaciones que no sólo me parecen justas, sino extremadamente necesarias.

La huelga consiste básicamente en que aquellas mujeres que trabajan fuera de casa, no acudan a su centro, que no se haga compra alguna, que ellas no hagan ningún tipo de tarea que normalmente acometen y que los cuidados de niños y ancianos sean cubiertos por los miembros masculinos de la familia.

A pesar de lo que algún mal intencionado político del Partido Popular, uno experto en alquileres de oficinas, haya dicho que esto es una huelga de Pablo Iglesias, lo que se plantea en el día internacional de la mujer trabajadora de este año es una reivindicación MUNDIAL que haga visible que, a pesar del mal trato que les damos, a pesar de la minusvaloración con la que las definimos como sexo débil, sin ellas, este mundo sería un puñetero desastre.

Porque las mujeres no son ese trozo de carne con los que algunos hombres alegran sus ojos y cimientan su virilidad. Las mujeres, son nuestras madres. Son a las que tradicionalmente hemos dejado a cargo del cuidado de nuestros ancianos con problemas de salud, las que han luchado con la enfermedad de nuestros hijos, las que han sabido sacar adelante a la familia cuando los fascistas se llevaban a sus maridos en un paseo mortal y las que han realizado, en general, todas aquellas tareas que a nosotros los hombres nos era más cómodo dejar en manos de otros. Porque claro, si hay una mujer que le limpia el culo a tu pobre padre, enfermo de Alzheimer e inmovilizado en la cama, con la excusa de que eso es un trabajo de ellas, yo me libro. Porque si hay que quitar zurrapas de calzoncillos y mierda de la ropa de trabajo, si hay una mujer que, por el hecho de serlo, baje al río y se deje sus manos frotando, mejor que lo haga ella, con el pretexto de que es mujer, que tenerlo que hacerlo yo. Si soy empresario y con la excusa del sexo puedo pagar un veinte por ciento menos, a pesar de que ella, realice el trabajo de forma más profesional y concienzuda, pues eso que me ahorro. Si hay alguien en quién depositar mis frustraciones sabiendo que, como es mujer, no va a hacer nada para impedirlo y que, en caso de que lo haga, otro hombre me dará la razón, pues aprovecho.

El feminismo no es cuestión de moda. El feminismo es una gran lucha por la justicia social. Las mujeres llevan siglos siendo maltratadas. Física y sociológicamente. Fueron las últimas en incorporarse al derecho a elegir a sus representantes. Las últimas en incorporarse al mercado de trabajo retribuido y las últimas en no ser tratadas como esclavas. Tanto que aun a día de hoy, millones de mujeres son obligadas a trabajar gratis, a acostarse con hombres por dinero que acaba recibiendo un hombre y a casarse por algún tipo de trato masculino o ser el pago de deudas de hombres.

Por tanto, el feminismo no es una moda sino un grito de justicia. Nadie debe tener la propiedad sobre otro ser humano. Nadie debiera ser discriminado por una condición natural como es la de engendrar hijos. Nadie debiera ser tratado con agresividad lasciva por llevar una minifalda, una camiseta escotada o por ir desnuda por la calle, porque el cuerpo es propiedad única y exclusiva de cada uno, independientemente de cómo se muestre. A la mayoría de las mujeres no se les ocurriría asaltar a George Clooney y obligarle a mantener sexo con ellas, aunque este fuera paseando desnudo a las diez de la noche por su calle. Sin embargo una chica, no puede no sólo no ir desnuda, sino ni siquiera vestida hasta las orejas si camina sola por la noche, por el temor a que algún engendro se crea con el derecho a obligarle a hacer lo que ella no quiere. Y el gobierno de este país, en lugar de luchar contra los engendros, lo que hace es acongojar y meter miedo a las mujeres para que no actúen con normalidad.

Una mujer no es un coste, sino una inversión como cualquier otro trabajador. Una mujer tiene el mismo derecho a llegar a puestos de dirección de su empresa y a ocupar su puesto sin necesidad de acabar teniendo que optar por la dicotomía de, o ser mujer o dedicarse a su trabajo. ¿Es que una mujer que trabaja deja de ser mujer por ello? ¿Lo hacemos los hombres? Si no tuviéramos ese tumor incrustado en el cerebro de que ser mujer es lo mismo que ser madre, con todo lo que conlleva eso, como es el cuidado exclusivo de los hijos, de las tareas del hogar y de los mayores a nuestro cargo, en las que delegamos nuestras responsabilidades sobre ellos, cualquier mujer podría ocupar el puesto que le correspondiera por su capacidad y mérito sin necesidad de tener que elegir. Pero aquí volvemos a lo mismo. Si soy ejecutivo y hombre, y puedo pasar por encima de otro candidato porque a ella la van a minusvalorar por ser mujer, no me corto y lo hago.

El futuro será feminista o no será. Y todos esos carcas que dicen que no van a hacer huelga porque es una cosa de rojos, porque es cosa de Pablo Iglesias o porque van a hacer huelga a la japonesa (si tener ni idea de lo que eso significa porque la llamada así sólo es posible en un sistema como el japonés, donde si elevas la producción hundes el precio individual de lo producido y si además lo haces pasándote de la jornada laboral, el patrón está obligado a pagarte ese tiempo como horas extras), mejor que fueran echando las barbas a remojar porque la justicia social femenina está llamando a la puerta y viene con intención de derribarla.

La esperanza de los hombres que creemos en la justicia social es justamente apoyar a las mujeres en su lucha por la igualdad. Porque un mundo mejor, dónde impere la igualdad no es posible sin la equiparación de la mujer, o mejor dicho sin que toda persona sea calificada por su capacidad y sus méritos sin tener que mirarle debajo del ombligo.

El 8 de marzo debemos hacer el gran esfuerzo para que nuestras compañeras sean cubiertas en su lucha. Para allanar su camino hacia la igualdad y para que sus reivindicaciones sean escuchadas. Pero sobre todo, debemos recordar que todos los días, es el día de la mujer trabajadora.

 

«Iam tempus est agi res» Es tiempo de acción, tiempo de mujeres y feminismo. Tiempo de igualdad.

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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