Hace hoy cincuenta años, el 31 de agosto de 1969, un día antes de cumplir las 46 primaveras y cuando llevaba ya 14 retirado, que murió Rocky Marciano. Ocurrió cuando la avioneta en la que viajaba se estrelló a tres kilómetros de Newton, Iowa. Se dirigía a cumplir con un compromiso televisivo, después del cuál le había prometido a su mujer que iba a liberar su agenda para dedicarse a disfrutar de los suyos. Tal vez el Destino pensó que la entrañable rutina familiar no era final para alguien como él.

Rocco Francis Marchegiano nació en Brockton, Massachusetts, el 1 de septiembre de 1923, en el seno de una familia humilde. Se curtió como boxeador en el ejército y poco después se cambió el apellido, a la vista de que ningún árbitro era capaz de pronunciarlo correctamente. En sus días de oro llegó a dar 180,3 centímetros y entre 82 y 88 kilos. Se hizo con el cinturón de los pesos pesados el 23 de septiembre de 1952 frente ‘Jersey’ Joe Walcott, uno de los grandes de su tiempo, y se retiró, invicto, el 30 de noviembre de 1956.

“Marciano, como Joe DiMaggio, procedía de un ambiente humilde y no dejó de estar cerca del pueblo cuando triunfaba ni cuando abandonó la arena. Sus victorias deportivas eran triunfos sociales”

Rocky Marciano es el único campeón de los pesos pesados al que se le puede aplicar ese título de invicto. Ganó los 49 combates profesionales que disputó, y en 43 de ellos mandó al contrincante a la habitación del sueño. Y eso que llegó a defender el cinturón hasta en seis ocasiones frente púgiles como el propio Joe Walcott, Roland La Starza, Ezzard Charles (dos veces), Don Cockell y el gran Archie Moore. Pero nadie podía con ‘La roca de Brockton’.

Marciano no fue nunca un boxeador técnico. De hecho no terminaba de comprender a la nueva generación de boxeadores, liderados por el fenómeno de Cassius Clay -que siempre fue mucho más interesante que Muhammad Ali-; boxeadores que fajaban, bailaban, estudiaban… Marciano solo hacía dos cosas: encajar golpes y devolverlos. Sylvester Stallone tomó algo más que su nombre para dar forma a su oscarizado boxeador. Como el personaje de celuloide, Marciano no escuchaba a su esquina y recibía un golpe tras otro de su contrincante, y cuando este lo presuponía destrozado y se tomaba un instante para recuperar el resuello, ‘La Roca’ lanzaba su derecha y mandaba al susodicho a besar la lona.

Rocky Marciano ha sido –es, en realidad-, junto al bateador Joe DiMaggio, el deportista más popular de la historia de Estados Unidos. Sin duda ha habido jugadores de baloncesto y de fútbol americano de relevancia internacional, pero ninguno ha encarnado como estos dos profesionales un papel tan destacado, representando mucho más allá de las meras victorias deportivas. Ambos eran italoamericanos –es decir, señor Trump, que llegaron cruzando el mar-, procedían de ambientes humildes y no dejaron de estar cerca del pueblo cuando triunfaban ni cuando abandonaron la arena. Sus victorias deportivas eran triunfos sociales. Constituían el trofeo deportivo del sueño americano.

Marciano llegó a protagonizar programas de televisión y a estar implicado en numerosas iniciativas benéficas. Jamás olvidó sus orígenes y dio suficientes pruebas de ello como para que el gran público lo adorase tanto por sus logros sobre la lona como por sus sacrificios fuera de ella. Ahora que se cumplen 50 años de su muerte, Marciano sigue siendo aplaudido como el ídolo invicto de la generación de posguerra.

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