El Stonewall Inn era un bar bastante sórdido del Greenwich Village neoyorquino, regentado por la Mafia, que a mediados de los años sesenta servía de lugar de encuentro entre homosexuales; pero había que ser muy valiente para entrar allí. Era como jugar a la ruleta rusa: la mafia acordaba con la policía varios días a la semana para hacer redadas, para que los ‘chicos de azul’ tuviesen su cuota de detenidos sin provocar daños económicos al local.

Y ser detenido en el Stonewall no era ninguna nimiedad. En el mejor de los casos pasaban una temporada en la cárcel, y en el peor, acababan sometidos a un tratamiento de electrochoque o a una lobotomía para “tratar la enfermedad”. Algunos periódicos, además, publicaban sin reparos los nombres y direcciones de los detenidos: era una caza de brujas en toda regla, sin piedad ni miramientos, expuestos al escarnio público.

Así que los habituales del Stonewall Inn eran precisamente los desheredados, los que no tenían nada que perder ni a qué temer: “Éramos ratas callejeras”, escribió el artista Thomas Lanigan-Schmidt, uno de los protagonistas de los sucesos de aquel 28 de junio: “Y aquella noche las ratas callejeras brillaron como el oro más precioso”. Porque fueron ellos, afeminados, travestis, ‘marimachos’… los más marginados entre los propios homosexuales ya de por sí señalados, quienes impulsaron el cambio definitivo.

Nadie sabe muy bien qué desencadenó la revuelta. Probablemente la sensación de cansancio y hastío acumulada. La policía se presentó aquella noche en el bar para una redada al uso. Los clientes del local solían abandonarlo, temblorosos y cabizbajos, y subir a los furgones para su traslado a comisaría. Pero aquella noche no subieron.

Se volvieron contra los agentes, a los que superaban en número, y comenzaron a acorralarlos. Parece que fue una chica a la que intentaban arrestar la primera que soltó un puñetazo. Minutos después, los agentes estaban atrincherados dentro del bar mientras desde el exterior les llovían gritos, piedras y ladrillos.

“Éramos ratas callejeras”, escribió el artista Thomas Lanigan-Schmidt, “y aquella noche las ratas callejeras brillaron como el oro más precioso”

Llegaron refuerzos y formaron en línea con sus cascos y sus porras. Frente a ellos, ‘el enemigo’ también formó, en una línea de coristas que comenzó a cantar y bailar. El enfrentamiento se extendió por las calles del Village y se prolongó hasta el alba, pero la cosa no terminó ahí. Porque la noche siguiente se dieron cita en Christopher Street más manifestantes, y más aún una noche después. Porras, gases lacrimógenos, decenas de detenidos y otros tantos heridos.

Aquellos disturbios inspiraron iniciativas más allá del Stonewall y de Nueva York: panfletos, cartas, artículos de prensa, recursos judiciales… hasta concluir al año siguiente, el 28 de junio de 1970, con una convocatoria conmemorativa para reafirmar el derecho y el orgullo a una opción sexual diferente. Homosexuales valientes y decididos, dispuestos a ser señalados, marcharon a la luz del día desde Christopher Street, por la Sexta Avenida, hasta Central Park. Y así habría de repetirse, año tras año, cada vez en más ciudades de todo el mundo, cada vez más gente, cada vez más orgullosos de ‘la diferencia’.

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