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Mari Carmen Barrera
Desde 2016 es la Secretaria de Políticas Sociales, Empleo y Seguridad Social Confederal de la UGT.
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El sol sube y baja no sé por cuantas veces ya desde que llegara, procedente de Madrid. La última jornada allí indeleble para siempre en mi memoria, teñida de signos indiscutiblemente apocalípticos; reuniones suspendidas por contagio de quienes las convocaban; amigos de los que te despides con un “hasta pronto” teñido de miedo, por ese mínimo instante en el que tu pensamiento desliza sobre la incertidumbre ante el futuro y a que en ese mismo momento te estés contagiando, o que quizás ya lo estuvieras y la posibilidad de poder contagiar a tu amigo te acogota hasta sentir el sudor en la sien.

El cielo frío de Madrid en esa última mañana amaneció teñido de angustia; Ese mismo espacio azul doméstico por el que cada semana atraviesa rutinariamente mi avión rumbo a casa, amenazaba con cerrarse a cal y canto. Como si de repente nebulosas y azules adquirieran la materialidad de un restaurante o un comercio, sometidos ya a clausura inminente. Escuchando la radio pienso un momento cómo se cierra el espacio aéreo, pienso en la hora de cierre, en la suerte de los pasajeros que pueden quedar en el limbo, en el antes o el después de sus destinos ciertos. Con ansiosa decisión apuro las apps en mi teléfono hasta encontrar el pasaje que finalmente anticipa mi partida unas horas y respiro aliviada al pensar que quizás esas horas ganadas me permitan finalmente llegar a casa antes del temido cierre. Casa…

Al llegar al aeropuerto descubro que el miedo y la alarma se esparcen por Madrid a mayor velocidad que el propio virus. A las cuatro de la tarde la terminal sufre de un overbooking desenfrenado, trufado de episodios de histeria al ruido de estornudos o de tos de pasajeros despistados. El surrealismo se hace presente cuando agentes de seguridad han de intervenir por el ataque de histeria de una señora contra un anciano que tosía al lado de su pequeña. Siento que mi ansiedad solidifica en medio del estrés del ambiente y decido añadir unas gafas a mí ya habitual compañera de viaje, desde que empezara esta pandemia: mi máscara FPP2.

Sí, los avatares de mi vida han querido llevarme hasta este punto exacto, etiquetada como “grupo de riesgo”, primer estándar que acepto en mi vida, cual borrego resignado en medio del rebaño, que calla y bala. Y balando conseguí en enero avituallarme de máscaras protectoras del miedo al contagio, durante los tiempos de vuelo, los pasajes en las terminales o las colas para el embarque. Sí, en verdad la máscara consigue protegerte de tu propio miedo, más que de cualquier otra cosa. Cantidades ingentes de miedo desplegándose por nuestras casas, por nuestras calles y ciudades. Una única y primera epidemia de miedo, que como todo ahora es también global. Más allá del sufrimiento, el dolor y la muerte que son reales, tangibles, ¿Dónde cristalizará todo este miedo? me pregunto un instante, mientras finalmente el avión toma tierra en Bruselas.

Casa al fin. Al traspasar el umbral de la puerta siento como la aureola de inquietud nerviosa que atraviesa mi piel, queda fuera, fulminada por las certidumbres que me esperan dentro. Craso error. Desde el día 1 al 23 mi experiencia se ha ido acercando justamente a lo opuesto: a la certeza de lo incierto. La lógica de los días solo se explica desde la óptica, antiguamente de moda en lo gastronómico, de la deconstrucción. Cada día sirve al fin de deshacer poco a poco los esquemas y las costumbres. Los hábitos y hasta las mayores certezas, van desdibujándose lentamente, para finalmente desaparecer de nuestra realidad diaria. Porque, la sensación protectora del hogar, ya nunca será lo mismo. ¿Cuál es el bienestar del hogar cuando abrir una lata de conserva se convierte en una aventura de riesgo?  Desde el frio metal de la conserva, el virus nos cerca y acecha. El malestar en el hogar se multiplica si en el mismo se incorporan los que, como yo, son etiquetados “de riesgo”.

Se hace anodino el tiempo, antaño escaso y ahora largo. Sin el ritmo que marca el trabajo, no hay tiempo como lo conocemos. Solo existen los hitos que imponen las noticias, que se vuelven necesarias, como las únicas ventanas por donde el mundo desfila en un aparente movimiento. Aunque a través de los medios, también la muerte y el dolor se hacen más presentes engrosando la pátina de miedo instalada en casa. El antiguo sentimiento de confort del hogar va mutando en molesta rutina, pues ese confort de la vuelta a casa tras el trabajo, se ha perdido. Esa pequeña emoción desaparece. No hay matices o diferencias. Ante los anteriores partir y llegar solo queda el estar siempre. Y lo peor es que quien hasta ahora si sigue volviendo, añade más miedo a su hogar, miedo al contagio y a contagiar a su familia.

Cuantas veces en estos días habré pensado en lo certero del concepto de Einstein. En un alarde retórico yo llamaría a esta época así: el año en el que descubrimos la insoportable relatividad del tiempo. ¿Cómo medimos el tiempo ahora? En valores disparatados, como lo es nuestro increíble estatus de “estado de alarma”. Por más actividades innovadoras en balcones, azoteas o a través de las hiperactivas redes sociales que podamos desarrollar, el tiempo ahora está adentro. No solo dentro de las casas, en las forzadas convivencias del núcleo familiar, el tiempo está ahora en nuestro interior. Es el tiempo de volvernos hacia adentro y mirar. Es una oportunidad para la reflexión y el cambio. Pero eso es algo que desgraciadamente la mayoría rechaza. El mantra de que el hombre es ante todo un animal social nace ahí, en el miedo a uno mismo.

En medio de este gran caos social, de esta pandemia terrible que ha dejado fuera de juego en apenas unos meses los esquemas de funcionamiento de nuestra sociedad, encontrarse a uno mismo aún es posible. Creo sinceramente que esa es la oportunidad y la esperanza. Que todo lo que va cayendo borrado detrás de nosotros quizá no tenga nunca más que volver a ser como era. Porque nuevos y mejores paradigmas y valores son posibles. Y como todo en nuestra sociedad, el cambio empieza y anida en cada uno de nosotros.

Del mismo modo que el planeta está encontrando consuelo en estos días para todo el mal que le habíamos infringido, nosotros podremos encontrar ese camino hacia una sociedad mejor, una sociedad que se ocupa y cuida de sus ciudadanos. Es necesario ahora parar y pensar en lo que realmente quieres de ti, de esta vida y recomponer tu escala de valores. Porque va a ser necesario afrontar un cambio de valores de manera colectiva en nuestra sociedad global. Empecemos poco a poco a construir el nuevo futuro desde dentro. Interiorizando cada uno los errores, los cambios que se antojan necesarios y poniendo el énfasis en lo que de verdad importa. Porque si alguna lección hemos aprendido en estos días es la de nuestra inmensa fragilidad. Como seres humanos y como sociedad. Y si nuestra sociedad actual no es suficientemente protectora para nuestra condición de seres extremadamente frágiles, habrá que construir una sociedad que lo sea. Pensando en esto conseguiremos espantar angustias y miedos. Y sentir que, aunque frágil, la suerte del ser humano es infinita. Eso además de la suerte de la poesía, que incluso con la muerte, nunca abandona el alma humana.

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