Si me propusiesen ponerle un título a este 2020 tendría dos opciones: O utilizar la expresión latina “annus horribilis” o la expresión más gitana, que vendría a ser algo así como: ¡Qué mal bajío  -o qué la mala sombra- de año, chavó!”. En cualquier caso, aunque también ha tenido sus cosas buenas, si en algo se destaca este 2020 ha sido por una pandemia que ha puesto bocabajo a la sociedad. Un COVID que se ha llevado por delante la vida de tantas personas y que ha demostrado que quien peor lo estaba pasando antes de la pandemia lo pasa peor aún con ella.

En Febrero nos llegaba la visita del relator sobre la extrema pobreza y los derechos humanos de las Naciones Unidas, Philip Alston. Estuvo en las zonas periféricas y marginales. Le dio un buen tirón de orejas a las administraciones y ante los medios dijo que “eran las peores condiciones de vida que había visto nunca”. No era ningún brindis al sol. El Ministerio de Sanidad alertaba de la existencia de 2604 barrios segregados, habitados mayoritariamente por población gitana. Así pues debemos estar al loro para que a nadie se le olvide que Europa anda avisando sobre la situación endémica que sufre casi el 80% de la población gitana y que España tampoco anda haciendo las cosas especialmente bien.  

Llegó marzo, abril, mayo…los meses de cerrar a cal y canto todo. De los primeros en cerrar fueron los mercadillos, ya tiempo después lo harían otros tipos de comercio. La brecha digital para la infancia gitana en exclusión social se puso de manifiesto, pues con los colegios cerrados y sin ordenadores en casa, ¿cómo iban a seguir las lecciones online? Pero eso era peccata minuta, pues llegarían los bulos que empañarían los problemas. Los de Santoña y Haro señalaban a través de WhatsApp a los gitanos como propagadores del COVID y claro, la gente se lo creyó. Después vendría el bulo de las tarjetas de 3.000€ que supuestamente el gobierno había dado para que los gitanos comprasen en las grandes superficies y claro, la gente se lo creyó. Poco después y en un programa de las mañanas una presentadora habló del asesino de Manuel en Rociana, que por coger un cubo de habas en el campo fue víctima de los disparos de un hombre.  “A lo mejor la actitud del asesino se puede entender como defensa personal”, dijo la periodista que ahora tendrá que responder ante la justicia. Por si fuera poco, un responsable de mediar con las instituciones locales y autonómicas, como es el comisionado del Polígono Sur de Sevilla no tuvo otra cosa que hacer más que pedir públicamente ayuda al ejército para que controlase al barrio porque algunas gentes se saltaban las normas y es cierto, como también lo es que ocurrió, ocurre y desgraciadamente ocurrirá en otras zonas más pudientes, sólo que para esas no se pide que venga un ejército. Esto también es peccata minuta.

Mientras todo ello sucedía se nos iban muchísimos referentes, qué año más malo. Muchas voces anónimas que permanecerán vivas en nuestros corazones. Un recuerdo también para el tío Raimond Gurême, superviviente del Holocausto Nazi, para Parrita, la Susi, Juan Parrilla, Enrique Castellón Vargas, (El Príncipe Gitano), Rajko Đurić, Antonio Gabarri, Luis Ramos Fernández y otros tantos que ya gozan de la eternidad.

También ha sido el año de los libros. Desde las Resistencias Gitanas a las Voces Color Canela, sin olvidarnos de El Pueblo Gitano contra el Sistema  Mundo, el de Marianet y el del Holocausto Gitano, entre muchos otros. Por algo decía que cosas buenas ha habido en este año de tanto COVID. Por ejemplo, ha sido el año justo para que el antigitanismo comience a contabilizarse en los informes de delitos de odio, y de hecho se están moviendo los cauces para que éste forme parte del Código Penal a través de una Proposición no de Ley, además de comenzar los pasos para un Pacto de Estado contra esta lacra, cuyos primeros movimientos se dieron en Andalucía a través del “Pacto Contra el Antigitanismo, Protocolo de Actuación”, una iniciativa de FAKALI. 

Ha sido el año en el que se ha notado la presencia de los 3 diputados gitanos del Congreso. Beatriz, Ismael y Sara continúan sabiendo hacia dónde van porque saben de dónde vienen. Los lunares del Congreso comienzan a abrir las puertas de lo mucho que nos queda por luchar. También en las Cortes y en algunas Comunidades Autónomas ya se escuchan voces gitanas, aunque es sangrante que aún hoy Andalucía tenga esa asignatura todavía suspensa.

Pese a los avances ha sido un año malo, con mala sombra. Ha sido el año en el que se corta la luz en mitad de una pandemia a barrios enteros, barrios periféricos en los que seres humanos, gitanos y no gitanos viven en la extrema pobreza. Ha sido el año en el que en Granada se han expulsado a campamentos de romaníes migrantes y muy poquito se les ha ayudado. El año en el que se suspendían sine die los mercadillos mientras los centros comerciales permanecían abiertos. De esos mercadillos por cierto, no todos han vuelto, que siguen algunos suspendidos desde el verano. El año en el que una abogada defiende al acusado de violar a una niña alegando “costumbres gitanas”. El año en el que una diputada le ha dicho a otra diputada que “ha abandonado a su pueblo por una poltrona pública”, como si la diputada gitana no tuviera derecho a formar parte del gobierno. El año en el que algunas voces dicen en comisiones del gobierno que el antigitanismo no existe, pero luego por redes sociales dicen aprobar la cultura gitana “porque son españoles”. Un año que se va y nos deja evidencias de lo mucho que queda por hacer, por luchar y los muchos muros que quedan por derribar. Arriba gitanos y gitanas, pues como decía tío Juan de Dios: “podrán derribar nuestras casas, podrán condenarnos al hambre…” pero aún así, por muchas trabas que nos pongan seguiremos siendo gitanos. Más que le pese al tiempo, al espacio y a los de siempre: Seguiremos siendo gitanos.

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