Desde que en 1948 el escritor británico George Orwell decidió invertir los dos últimos dígitos para hallar el título de su novela y regalarle a la humanidad la distopía más apasionante jamás escrita, con permiso sólo de Ray Bradbury y su Fahrenheit 451 y otro pequeño puñado de obras, no pasa un día sin que alguien o alguna institución o dirigente político se arrogue un puñado de ideas desparramadas por el autor de obras como Sin blanca en París y Londres, Que no muera la aspidistra, Homenaje a Cataluña o la mítica fábula Rebelión en la granja. La editorial Debolsillo ha publicado ahora la única novela gráfica de 1984 avalada por los herederos de George Orwell.

La Policía del Pensamiento, Eurasia, el Gran Hermano, Diccionario de Nuevalengua… Y también el Ministerio de la Verdad, ese futurista organismo público tan presente hoy día en nuestras vidas e incluso conversaciones, por obra y gracia de unos políticos que sólo quieren ver en la obra de Orwell aquella parte que ensambla con sus pensamientos, los otros no les encajan en sus “verdades supremas”… todo muy orwelliano.

Con epónimo propio

Orwell, como Dickens, tiene epónimo propio. Y son muy pocos los que lo han logrado a lo largo de la historia. Por algo será. El mundo de Orwell tiene algo de premonitorio, de tan irreal que se convierte sin mucho esfuerzo en una verdad aplastante y angustiosa.El escritor nacido en la India colonial británica miró más allá de sus narices para atisbar un futuro nada halagüeño. Venía marcado por la experiencia de todo tipo de totalitarismos a un lado y otro de los espectros ideológicos posibles.

1984 es antes un catecismo para ateos irredentos que ya no se abandona nunca a lo largo de la vida, que una novela distópica más de lectura transitoria

La versión ilustrada de 1984 que ahora ve la luz con el aval de los herederos de Orwell es obra del dibujante autodidacta brasileño Fido Nesti, con una amplia trayectoria en publicaciones periódicas como The New Yorker, Rolling Stone o Playboy, entre otras. Esta impresionante novela ilustrada, que impacta de la primera a la última página como si por primera vez se acercara uno con asombro a la mítica novela de Orwell, ha sido traducida por Miguel Temprano.

Las andanzas de Winston Smith en el Londres futurible de 1984 no dejan a nadie indiferente. El punch recibido por el lector en sus entrañas perdura en el tiempo y remueve conciencias, porque 1984 es antes un catecismo para ateos irredentos que ya no se abandona nunca a lo largo de la vida, que una novela distópica más de lectura transitoria. Volver a Orwell siempre es un placer revitalizante para las células grises, esas que por activa o por pasiva intentan aborregar a diario en esta sociedad biempensante y adocenada.

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