Zona de Confort

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Lo llaman “salir de la zona de confort”. Nuevo brebaje publicitario del que se sirven ahora para atraernos a su lindo panal. “Sal de tu zona de confort y serás más libre”, nos susurran. Además es un razonamiento bastante sencillo: “al ser más libre decidirás más cosas…”

No me cabe duda, en los tiempos venideros abrirán suculentos planes de negocio gracias a cada conquista de nuestra libertad.

“Done su propio cuerpo en vida, o bien tome la mejor alternativa con nuestra oferta fin de mes: entréguenos el de un familiar de su elección…”

“Porque usted SIEMPRE decide”.

Yo debo dar el salto para salir de mi zona de confort.

Estaba estancada, como la inquilina de una trama sin hechos. Me apunté a yoga trascendental ­–una versión mejorada (y más cara) del yoga clásico– por las tardes. Pero lo cierto es que no tardé en odiar tanto incienso, música vindaloo y hasta el olor de mis propios pies. Aquello sólo abría los chacras de mi tarjeta de crédito. Nadie me marcó la senda oculta o el camino hacia ninguna puerta que condujese a otro lado, así decidí largarme por la misma puerta. Soy así de literal.

Me hice runner. Pasé por caja en Decathlon y hasta compré un pack de bebidas isotónicas de oferta. Até con firmeza mis cordones y conseguí, en spotify a 82 bmp, la sincronía perfecta de mi zancada con una balada cursi de los Bee Gees.

Durante los primeros días, el running se convirtió en un único reto: escapar de aquel almíbar del falsete tan pronto como me fuera posible. En cuanto comencé a adquirir resistencia, mis primeros laureles consistieron en escucharla aún más veces cada día. Diría que hasta se me pasó por la cabeza volver a yoga trascendental… Sin embargo, a las dos semanas pude al fin pasarme a algo más rápido. Un medio tiempo de Celine Dion.

(Entretanto seguía leyendo a los vendehúmos, a los autoayudas, a los gurús, y me aburrí con su refranero mentolado. )

Aunque el running estaba consiguiendo que mi cuerpo se tonificase, también estaba aniquilando todo mi amor a la música. Y no fue hasta el tercer mes (Michael Jackson) cuando sincronicé con lo que, a partir de entonces, sería mi zona de confort.

Pensar en minutos y pensar en metros… Pero lo más importante no ha ocurrido todavía. Porque yo sigo sin dar el salto.

Ahora ya sólo pienso en ser literal, otra vez: el día más caluroso de este año saltaré al mismísimo Manzanares desde el puente de madera que hay a mitad de ruta. Los allí presentes se quedarán admirados o me tomarán por loca. A quién le importa… Entonces sí que habré hecho algo distinto, literalmente, lanzándome por el puente… Y eso supondrá una rareza, una preciosa rareza que me diferenciará y que me hará más única y tal vez más libre.

Eso será otro día. El día en que esté realmente preparada para salir de mi zona de confort y en que me decida a dar el salto.

Aunque sólo sea por este calor infernal.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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