Hoy me he enterado de la muerte de Margarita, Marga para los que la conocimos y la quisimos. Ella se nos fue el pasado sábado y con este escrito voy a cumplir con la promesa que le hice hace algunos años: contaría su historia tal y como ella me la contó. Marga no aparecerá en ninguna estadística oficial como víctima del terrorismo machista, pero durante una década estuvo sufriendo el maltrato continuado de quien ella pensaba que iba a ser el amor de su vida y que no fue otra cosa que su verdugo. Marga ha muerto por las secuelas que los golpes la dejaron.

Tras un noviazgo problemático donde, según ella, él no la tocó pero sí que la humilló, la controló, la aisló de sus seres queridos y la forzó a mantener relaciones sexuales cuando a ella no le apetecía. Como todas las adolescentes, como todas las jóvenes, Marga pensó que eso era amor, incluso se sentía halagada por los celos desaforados del monstruo con el que estaba saliendo, un monstruo que aún no había mostrado su verdadera cara, la crueldad que llevaba dentro.

El maltrato comenzó en la misma luna de miel. En un hotel de Adeje él la echó en cara que hubiera mirado y sonreído a uno de los camareros de la piscina. Ella respondió que no había pasado nada, que sólo había sido amable y que se había reído de un comentario que la había hecho gracia. Él se dio la vuelta y sin previo aviso le dio un bofetón diciéndole que era una zorra, que se había casado con una puta. A partir de ahí la violencia fue continua. Si él tenía ganas de mantener relaciones sexuales y ella le respondía que no le apetecía, la forzaba y la golpeaba. «Tal vez pensaba que eso era normal, que no podía estar diciéndole que no siempre», me dijo una vez. Aún no le tenía miedo porque, aunque los golpes eran habituales, no pasaban de una bofetada. Lo peor de todo era que él lograba que fuera ella quien se sintiera culpable, como si la culpa de que el monstruo tuviera que castigarla fuera suya. Eso es algo que muchas víctimas me han comentado: el sentimiento de culpabilidad.

Cuando se quedó embarazada pareció que todo volvía a la normalidad y que él la respetaba. Las bofetadas, los empujones o los insultos cesaron. Sin embargo, fue sólo un paréntesis. Después de tener a su hija él se volvió mucho más violento. Las bofetadas pasaron a puñetazos, los empujones pasaron a intentos de ahogamiento y las violaciones se hicieron más frecuentes. Ahí fue cuando se dio cuenta de que le tenía miedo. «Sobre todo tenía miedo por la niña, más que por mí, pero en cuanto él entraba en casa yo me sentía acojonada. Prácticamente no hablaba para no molestarle, porque no sabía qué era lo que él quería escuchar, porque no sabía qué iba a despertar a la fiera». Comenzó el chantaje con la niña incluso con amenazas de tirarla por la ventana cuando Marga reunía el valor para enfrentarse a él o de plantarle cara.

«Yo sabía que me iba a matar». La serenidad y la frialdad de su voz cuando me dijo estas palabras me llegó hondo. ¿Cuánto habría sufrido como para hablar con esa imperturbabilidad de una sensación tan macabra? El nivel de violencia fue subiendo según ella se iba sometiendo más. «Me convertí en una especie de saco de boxeo». La violencia pasó al sadismo. En algunas de las violaciones su marido llegó incluso a pellizcarle los pezones con unos alicates o a meterle la cabeza en una bolsa de supermercado porque, según él, la asfixia aumentaba el placer. ¿Qué placer iba a tener si la estaban violando? En esos abusos sexuales ella tenía que fingir porque si él no se quedaba satisfecho de sus falsos gemidos o suspiros tenía la paliza garantizada. Una noche en que él llegó borracho de una cena de empresa la intentó violar mientras dormía. El alcohol le impedía una erección y él le echó la culpa a ella porque no le ponía cachondo. Le pegó una paliza que la dejó inconsciente en el dormitorio. Ese fue el momento en que tomó la decisión de largarse de allí. Cuando despertó, con un párpado abierto, vio que él dormía la borrachera. Metió un poco de ropa en una mochila, cogió a la niña, y se marchó al centro de salud de su pueblo donde le contó lo que ocurría a la doctora que estaba de guardia. Fue esa doctora la que llamó a la Guardia Civil y denunció.

A partir de ahí su vida fue un calvario. A su marido lo detuvieron pero salió a la calle en muy poco tiempo. Marga sabía que él la iba a buscar para matarla. Por eso pidió ayuda a una organización que la llevó a una casa de acogida en la otra punta del país donde vivió hasta que logró encontrar un trabajo en una empresa de limpieza que la permitía a ella y a su hija vivir con apreturas pero con decencia. Pero tenía miedo. Estaba convencida de que, a pesar de que se encontraba a casi 600 kilómetros de su pueblo, él la encontraría. Y no se equivocaba. Una noche, al salir de su trabajo, él la abordó, le pegó una paliza y le clavó un cuchillo de cocina en un pulmón. Allí mismo fue detenido. Marga salvó la vida, pero ya no volvió a ser la misma. Aunque él fue condenado y ella cambió de lugar de residencia, tenía miedo porque no quería dejar a su hija sola en el mundo.

No volvió a ver a su verdugo, pero las heridas de aquella última paliza nunca cicatrizaron y sus secuelas han sido las que se la han llevado. Por lo menos su hija tiene un buen trabajo y no va a pasar por lo que pasó su madre. Marga es una víctima del terrorismo machista, pero no entrará en ninguna estadística.

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