Yo, dimito. A la una, a las dos, a las dos y media, a las dos y tres cuartos… ¿Os acordáis de esas cuentas que hacíamos cuando niños y que alargábamos eternamente para nunca llegar al tres? Pues parece que Esperanza Aguirre ha estado jugando a ese juego durante tanto tiempo, que al final ha tenido que llegar al tres, porque ya no le quedaban decimales para alargar la cuenta.

Dimitir es algo loable en democracia, pero también lo es hacerlo a su debido a tiempo. La lideresa madrileña del PP ha alargado su dimisión hasta el infinito y más allá, ha postergado su muerte política cuando ya no le quedaban excusas y cuando “el yo no sabía nada; yo no estaba al corriente”, ya no le sirve como argumento.

Cuando vi a la señora Aguirre llorar frente a los medios de comunicación al enterarse de que ya no le quedaban manos derechas (Ignacio González y Francisco Granados) porque ambos han dado a parar con sus huesos en la cárcel, pensé en una frase de un personaje de Arthur Miller que gritó aquello de “¡Colgadlos bien alto sobre el pueblo! Quien llore por estos, llora por la corrupción”. Y es que las lágrimas de Aguirre está claro que brotaban de sus ojos precisamente porque lloraba por ella misma, por sus años frente al PP de Madrid, por estar al frente de una organización cuyo “modus operandi” era más parecido al de una familia de la Cosa Nostra que al de un partido político democrático.

Buscar culpables frente a esta situación de tantos años de estar hundidos en el fango, de tantos años de convertir la actividad política en una fosa séptica cuyo hedor era ya insoportable, es totalmente necesario. Buscar culpables en todos los ámbitos y no sólo en el ámbito de la política, porque culpables, “haberlos haylos”, como las meigas.

Está claro, y resulta muy crudo decirlo, que la corrupción es un mal que se alienta desde los partidos políticos cuando éstos tratan de salvar los muebles protegiendo a los sinvergüenzas con aforamientos, negándose a dar explicaciones como si fueran los amos de un cortijo y sobe todo, y esto es lo más incomprensible, sin pagarlo en las urnas. Y ahí entramos nosotros, que aguantamos sobremesas de informativos donde la corrupción es la reina del baile y nos tiramos de los pelos por la cantidad de ladrones que hay en este país, pero lo hacemos sin mirarnos el ombligo y yendo a votar, como nos da la gana, que para eso somos libres, pero, eso sí, vamos a votar como siempre y a los mismos de siempre. Y así no se cambia nada. Un gobierno que no está controlado por la ciudadanía (y la única forma que tenemos hasta ahora de control democrático son las urnas), siempre campará a sus anchas.

Pero lo más bochornoso de que este PP madrileño haya estado haciendo lo que le daba la real gana, vendiendo su alma y nuestro bolsillo a empresarios sin escrúpulos que se aprovechaban de dirigentes sin escrúpulos para, previa cacería, puros, copas, partida de cartas y putas de por medio, vender lo que era de todos para que se beneficiasen unos pocos amigotes, ha sido el silencio vergonzoso de parte de los medios de comunicación de este país, que encima los han estado defendiendo a capa y espada, presuntamente coaccionando a quien no entraba al trapo, con el único propósito de conseguir prebendas, como así se ha demostrado en las últimas semanas.

El sistema alienta el silencio. La connivencia de unos y otros alimenta el monstruo de la corrupción y lo malo de todo esto es que no se atisba en el horizonte ningún tipo de cambio que nos saque de esta cloaca de inmundicia en la que se ha convertido la política española. Y menos cuando unos medios de comunicación que deberían ser críticos e implacables con la corrupción, parece que prefieren callar o mirar hacia Venezuela, cada vez que estalla un nuevo caso de corrupción.

Lo peor de todo esto no es la dimisión de un político, que ya hemos visto algunas, aunque no todas las que nos gustaría haber visto. Lo peor es que detrás de casa caso de corrupción suele estar la desgracia social. Detrás de cada caso de corrupción hay un niño que no puede acceder a un comedor infantil o un enfermo que no pueda ser atendido por los recortes que se han hecho en sanidad, porque unos pocos decidieron “llevárselo calentito”.

Esperanza Aguirre, como la Infanta Cristina, no se enteraba de nada. Y es que a veces la ignorancia nos hace seres más felices. Pero la infelicidad recae sobre los de siempre, sobre la gente normal, que somos los que sufrimos directamente la lacra de la corrupción. Pero hasta que dejemos de tener horchata en las venas en vez de sangre… todo seguirá igual bajo el sol.

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