No es que esté cansada. Estoy agotada. Y me aburre la situación.

Ya no siento la necesidad de llegar corriendo para verlo. Siempre me esperaba y, con una simple taza de café, viajábamos a países remotos. Conocíamos a mariscales y a soldados. A príncipes y a pordioseros. Entrábamos juntos a los salones más lujosos, donde servían cenas sobre manteles de lino. Bebíamos champagne francés y luego, en el salón de baile, después de admirar los preciosos cuadros, danzábamos hasta la madrugada. A veces, incluso sobre las mesas, una vez retirados platos y cristalería.

También visitábamos chozas y hospitales, donde se amontonaban los soldados heridos en las últimas guerras.

Caminábamos por bosques y sendas, llenas de forajidos y maleantes. En ellas teníamos que desplegar nuestra imaginación para poder salir.  

Pero ya no puedo más. Su compañía ahora me incomoda y su silencio me perturba. No me mira como antes lo hacía.

Todo empezó porque se me comenzaron a caer los dientes. Primero uno, luego el de al lado, y poco a poco, iban desapareciendo todos los demás. Al comer un pistacho, cayó el primero. El segundo con una pipa de melón. Y el tercero… bueno el tercero se fue porque empezaba a sentirse solo.

Reconozco que una mujer desdentada no es nada sugerente. Pero para tener ciento seis años no estoy nada mal. Tengo una cinturita de avispa, una mirada de cordero degollado, que excita a los hombres y una conversación amena y divertida.

Incluso sin dientes, tengo una sonrisa preciosa.

No sé qué pasa, pero algo pasa.

Lo noto.

Entonces, me pregunto ¿qué hago? Así que he tomado una decisión. Una drástica decisión.

Él tiene algunos años menos que yo. Sólo ochenta y cinco. Y una cultura desbordante adquirida a lo largo de su vida como profesor de astrofísica en Harvard y de filosofía aplicada a la ciencia, durante los años que se trasladó a Oxford. Ha tenido tres mujeres, cuatro hijos que viven en distintas partes del mundo, y varios nietos que vienen a visitarlo y se quedan embobados ante la curiosidad que aún tiene y ante las historias que les cuenta, que a veces se prolongan durante varios días.

Desde que nos conocimos Kevin y yo, en el Centro de Adultos De Integración para Mentes Superdotadas Venidas a Menos (CAIMSVM SL), nos hicimos inseparables.

En seguida vimos que éramos almas gemelas. Bueno, al principio no fue así, porque las almas gemelas a veces chocan. Y tuvimos algunos altercados iniciales con tonterías, como la posesión del mando a distancia de la televisión colectiva o el sillón preferente para masajes aplicados.

Pero, a los pocos días, coincidimos en una tertulia literaria en la que se hablaba de Guerra y Paz de Tolstoi. Y allí sí que nos dimos cuenta que habíamos sido destinados para encontrarnos. 

Desde entonces fuimos compañeros de lecturas y sobre todo de sexo. La literatura y la ciencia nos daban alas y con el sexo volábamos.

Pero ahora ya no es igual y entonces… creo que…

Estas notas, escritas de manera apresurada y con una caligrafía temblorosa en una hoja de papel, estaban siendo leídas por la nieta menor de Margarita, que caminaba en ese momento por el parque rodeado de cipreses cercano a la Residencia. Había acudido a la incineración de su abuela, una mujer de una enorme valía intelectual y humana, y con una vida sorprendente. Aunque siempre había estado como una linda regadera.

La habían encontrado muerta después de haber pegado un tiro al anciano Kevin Karsfield, un científico de reconocido prestigio en el ámbito universitario.

Nadie entendió el motivo ya que habían sido uña y carne durante el último año.

Solamente una enfermera, embarazada de tres meses, sabía los motivos. El padre era Kevin. Y Margarita había tenido entonces sus razones, algo exageradas, como toda ella, para hacer lo que hizo. Aunque nunca lo llegó a saber.

Porque después del disparo, cortó a su ex amante en trocitos, se fue a la cocina y preparó albondiguillas para la cena de los ancianos residentes. “Están buenísimas”, coincidieron todos, sin saber su contenido.

Después de cenar, lentamente, subió a su habitación y se ahorcó.

………………………………………………………

El apretón de la cuerda sobre su cuello, robada unos días antes en el almacén del centro, hizo que antes de morir, un reguero de los restos de su última comida, cayera al suelo, se deslizara bajo la puerta hasta las escaleras, descendiera por los escalones y, finalmente, llegara al jardín donde se detuvo.

En ese lugar, meses más tarde, brotó una planta. La enfermera, de nombre Úrsula, que se dio cuenta de todo, comenzó a regarla y a cuidarla. El día que nació su hijo, la extraña planta a la que no sabían con que nombre bautizarla, dio tres hermosas flores. Una de ellas blanca, la otra azul y la tercera amarilla. Crecieron muy muy altas.

Tan altas crecieron que se enroscaron en el poste de la luz, multiplicándose al poco tiempo en cientos de florecillas. Bajo esta enredadera, el hijo de la enfermera jugaba cuando se fue haciendo mayor, y más tarde, allí aprendió a leer y a escribir.

Y ahora quisiera descubrir que soy yo, el hijo de Úrsula, el que escribe este relato. Comencé a hacerlo leyendo los apuntes de mi padre. Y me enteré de su historia con Margarita y también con mi madre. Me pareció todo muy romántico, aunque con un final demasiado trágico. He aprendido a perdonar aunque no a olvidar.

Y para no caer en romanticismos que pueden acabar muy mal, me hice cocinero. Sólo quiero señalar, para poner fin a esta historia ya demasiado larga, que mi especialidad, por supuesto, son las albóndigas.

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