Es lunes y llueve. Estará vacío, pienso. No habrá ni un alma y raro será que llegue la mía hasta allí, mastico perezoso mirando las gotitas reptar caprichosamente sobre la cristalera de mi despacho.

Bah, ánimo. Scarpa siempre es interesante y te ha hablado bien de Mestre, me animo. Me animo pero vuelvo a sentarme. Una gotita se queda congelada en mitad de su viaje sobre la frialdad del vidrio, como si me estuviera observando: mosqueada levemente conmigo. Y en su honor vuelvo a levantarme, cojo mi gabardina negra y el sombrero negro de nueva york al que jamás ha conseguido vencer la lluvia y ya corriendo porque llego muy tarde me meto en el metro y el tren me lleva hasta la calle Preciados donde hay un vagabundo en la puerta de una iglesia pidiendo limosna con un móvil de alta gama en la mano y fumando malboros; me detengo ante el vagabundo: voy a escribirle un cuento, me digo. Y lo hago, le escribo un cuento, lo dicto. Y de nuevo estoy corriendo porque llegaba tarde, y en efecto ya me he perdido la presentación de Scarpa, y también el asunto correoso del funcionamiento del micro.

Tarde pero perfectamente a tiempo. Ante mí está Juan Carlos Mestre, que lleva una gabardina negra en uno de sus poemas como una capa mágica que le vuelve adolescente y tímido. Es pasmoso, es formidable, es único. Busco un sitio pero cuesta encontrarlo, a pesar de la lluvia el frío y que es lunes la sala de Ámbito Cultural en el edificio de Callao del Corte Inglés está llena de gente: algunos con aspecto de poetas, otros con aspecto de canaperas. Sorprendente.

Sorprendente es lo del público, que el salón esté tan lleno. Sorprendente es como recita, actúa, al modo de un bardo antiguo, Juan Carlos Mestre. Bárbaro, oigo que dice alguien a mi izquierda, y asiento. Me pongo de pie y con el pretexto de que llevo una camarita de fotos paseo por la sala buscando un sitio desde donde pueda ver bien el espectáculo. Espectáculo. Es un espectáculo: el tío. Qué inspirador. Ataudes con ruedines atravesando escenarios persiguiendo a jóvenes con gabardinas negras. Qué bonito qué bueno qué gran momento. Esto no es cualquier cosa, me digo, crecientemente sorprendido. Tengo que recomendárselo a todo el mundo

SE LO RECOMIENDO A TODO EL MUNDO

y qué pena no haber llamado al caracol y al tigre y a mi amigo Fernando Tizón para que viniesen conmigo.

No tengo más palabras para expresar lo que sentí ese lunes de lluvia y frío en ámbito cultural del corte inglés, baste explicar que jamás he tenido una gabardina negra, que me la llevé del último poema que recitó Juan Carlos Mestre y que ahora, como un gatito, ovillada en el suelo, me mira mientras dicto y escribo.

 

(mecanografía: Lolita FM)

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