Donald Trump obliga a los Estados Unidos a desvincularse del pacto climático rubricado en París por su antecesor Barak Obama, aliándose así a Siria y a Nicaragua, los dos únicos países del mundo que no se habían adherido al acuerdo (recordemos que Siria lleva 9 años en guerra civil, y apuntemos que Nicaragua no firmó al considerar insuficiente el acuerdo). Con ello eleva a categoría universal su particular teoría de que el cambio climático no es más que un engaño; algo que está al alcance de muy pocos mortales, entre los cuales se encuentra precisamente el Presidente de la nación más poderosa del Planeta.

Pero la de Trump no es, ni mucho menos, una postura aislada frente a todos; cuestión distinta es que sus extravagantes maneras y sus descabelladas decisiones se nos presenten como anomalías propias de un ególatra que el destino ha colocado en el lugar equivocado. El camino hacia la Casa Blanca no puede hacerse en solitario; en una primera etapa son precisos los votos de los propios para llegar a ser candidato, y no es cierto que Trump fuese nominado contra el parecer del partido republicano, porque era notorio desde años atrás que las opciones del “tea party” iban ganando posiciones a lomos de la radicalización; y en último término son los votos ciudadanos los que decantan la elección del presidente, y aunque no ganó en votos absolutos su victoria está avalada por un sistema que no había sido cuestionado hasta ahora.

Pero es que tampoco los anticientíficos postulados del presidente Trump son endémicos de Norteamérica. Hoy mismo aquí, en nuestro país, hemos asistido a esta sintomática declaración de Rafael Miranda (presidente de Acerinox): “El crecimiento languidecerá en Europa si se lleva al extremo la lucha contra el cambio climático. Con el buenismo solo se logrará que la industria se vaya a China”. Y tampoco son nuevos. O es que se nos han olvidado las admoniciones de José María Aznar contra “los abanderados del Apocalipsis climático, y la dudosa utilidad de destinar recursos a causas tan científicamente cuestionables en su viabilidad como ser capaces de mantener la temperatura del planeta Tierra dentro de un centenar de años y resolver un problema que quizás, o quizás no, tengan nuestros nietos”.

Por suerte el camino emprendido no tiene retorno. Cierto que desde que Darwin publicase su obra “El origen de las especies” hasta hoy han pasado ya más de ciento cincuenta años, y aún hay quienes siguen defendiendo los principios del creacionismo como únicos e incuestionables. Pero hoy los ritmos del progreso ya no se miden en centurias, y sin salir de suelo norteamericano encontramos muestras de que la razón terminará imponiéndose a la locura: “Elon Musk dejará de ser asesor de Donald Trump si sale del pacto por el clima de París”, “Apple, Facebook, Google y otras grandes empresas piden a Trump que no abandone el pacto de París”, “El 62% de los accionistas de EXXon votan a favor de informar del impacto del cambio climático, en contra del Consejo”.

Resta por saber cuándo tomarán conciencia los norteamericanos de que han encomendado su futuro a alguien que quiere devolverles al pasado. Cuanto más tiempo tarden en rectificar, mayor será el esfuerzo que habrán de hacer para recuperarse. Pero ese momento llegará y Trump se irá, pero en solitario. Entretanto conviene no distraer nuestra mirada del horizonte, porque la lucha contra el cambio climático no es una cuestión de buenismo, sino de vida; igual que el futuro ya no va de crecimiento para unos pocos, sino de progreso para todos.

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