Pasó la investidura fallida de Mariano Rajoy y todos los análisis concluyen que la situación creada tras aquélla está claramente marcada por la división, el enfrentamiento y la desconfianza entre los cuatro partidos que, a través de pactos, pueden conformar gobierno, pero, sobre todo, el escenario está emponzoñado por la inoperancia y la anteposición de los intereses personales o de partido al interés general de los españoles. No piensen que esta actitud es sólo propiedad de Pedro Sánchez, sino que está instalada en los cuatro partidos, en mayor o menor medida.

El pasado sábado, Ignacio Escolar, director de eldiario.es publicaba un artículo donde exponía las que, en su opinión, eran las cuatro opciones que habría sobre la mesa para evitar unas terceras elecciones: un golpe interno en el PSOE para echar a Pedro Sánchez de la secretaría general y, de ese modo, salir del «No es No» y permitir un gobierno de Mariano Rajoy; un pacto del PP con el PNV; un gobierno sin el PP, ya fuera PSOE-Podemos-Ciudadanos o PSOE-Podemos-Nacionalistas; un gobierno del PP sin Rajoy. Todas estas opciones son lógicas pero, como tal, son muy complicadas porque se confunden demasiadas cosas con la responsabilidad, lo que nos lleva a la más absoluta irresponsabilidad y, por tanto, a la ilógica.

El Partido Popular ha centrado su estrategia de investidura en intentar acorralar al Partido Socialista, en realizar una presión indigna desde cualquier tribuna desde la que tuvieran capacidad de imponer su mensaje recordando favores pasados, como es el caso de toda la prensa escrita y de ciertas publicaciones digitales o desde cualquier ámbito que se verá beneficiado si los conservadores volvieran a gobernar. Una estrategia propia de algunas familias protagonistas de ciertas películas de Francis Ford Coppola o de Martin Scorsese. Lo que el PP pretendía era que Mariano Rajoy fuese investido con el apoyo de Ciudadanos y una abstención socialista a cambio de nada. Evidentemente, eso no ha funcionado. No obstante, lo que tiene que quedar claro es que la verdadera intención del Partido Popular y de Mariano Rajoy no es llegar al gobierno con un Parlamento tan fragmentado porque ellos no saben gobernar a través del consenso sino con el autoritarismo dictatorial demostrado desde noviembre de 2.011. Por tanto, han querido dar a los ciudadanos la imagen de que ellos lo intentaron y que fueron los otros los que se negaron y provocaron unas terceras elecciones. Toda la parafernalia dialéctica mostrada por los conservadores al afirmar que España necesita un gobierno, que ellos están dispuestos a dialogar con quien sea y de lo que sea, no es más que una cortina de humo para tapar su verdadera estrategia: forzar las terceras generales para recuperar otra parte importante de votos que se marchó a Ciudadanos o para recurrir al voto útil. Esto lo puede hacer el PP porque su suelo electoral está por encima de los seis millones de votos, porque los votantes de derechas en España no van a las urnas a depositar su papeleta sino que acuden a los colegios electorales a «fichar». De ahí el discurso de Rafael Hernando en la segunda sesión de la investidura, un discurso más propio de un macarra que de un político, un discurso donde atacó muy duramente a quien, precisamente, les había dado su voto positivo. De ahí que se efectuara el anuncio del nombramiento de José Manuel Soria a un puesto ejecutivo en el Banco Mundial justo en el momento en que se había certificado la negativa del Parlamento a la investidura de Mariano Rajoy. De ahí que se siga manteniendo a éste como única posibilidad de candidato por mucho que se le esté pidiendo que deje paso a otra persona que no esté tan pringada del chapapote de la corrupción sistémica del PP. De ahí que estén amenazando a los funcionarios, a los pensionistas y a los medios de comunicación con la paralización de sus salarios, de sus pensiones o de las partidas para publicidad institucional por la situación de bloqueo político. De ahí que hayan generado un escenario en el que todos sus rivales se han desgastado mientras ellos se presentan ante los españoles como los únicos que han intentado desbloquear la situación cuando, en realidad, lo que han estado haciendo es todo lo contrario.

La actitud de Ciudadanos es tan ambigua como el propio partido. Hay que reconocerle a Rivera que ha sido quien más se ha movido para lograr desbloquear la situación, pero no piensen ustedes que lo ha hecho por amor a la patria, por responsabilidad de Estado o por cualquiera de las razones que expusieron cuando presentaron su pacto con Rajoy. No, no hay nada de eso. Se trata de un ejercicio de supervivencia política. Ellos saben que su base electoral es muy débil porque está cimentada sobre el descontento y el voto de castigo al PP y que en unas supuestas terceras elecciones el partido de Rajoy recuperará aún más apoyo, lo que les llevaría a ser irrelevantes. Por tanto, sus movimientos para lograr acuerdos y pactos están basados en la necesidad de supervivencia, no en otra cosa. Apoyaron a Sánchez imponiendo un 70% de su programa electoral aprovechando la necesidad del secretario general socialista y se encontraron con el rechazo de las Cortes. Tras el 26J pactaron con Mariano Rajoy y el resultado fue el mismo. Durante todo este tiempo, Rivera no se ha cansado de pedir a todo el mundo algo que se acerca mucho a la inmolación política. Primero al PP y luego al PSOE. Los acontecimientos post investidura fallida de Rajoy nos llevan a un escenario en que se van a intentar aventuras cuasi utópicas encabezadas por irresponsables, un escenario en el que va a ser necesaria la propia inmolación de Ciudadanos. ¿Hará Rivera lo que ha pedido a los demás por responsabilidad y por el bien de España? ¿Se inmolará Ciudadanos apoyando un gobierno de Sánchez e Iglesias por el bien de la Patria? ¿O será lógico con su ideología y se opondrá al mismo convirtiéndose, de cara al electorado, en el responsable de la convocatoria de unas nuevas elecciones, precisamente lo contrario a lo que pretendían? Consejos vendo que para mí no tengo…

Podemos parece haber aprendido algunas cosas y ha rebajado su tono durante el proceso de investidura de Mariano Rajoy en lo referente a los pactos. Los de Iglesias Turrión han aprendido a manejar los tiempos políticos y a no adelantarse en los plazos. Sin embargo, siempre mantuvieron la idea de que había una posibilidad alternativa a un gobierno del PP, lo que Alfredo Pérez Rubalcaba denominó el «Gobierno Frankenstein», un batiburrillo de siglas encabezado por el PSOE, con el apoyo de Podemos, las Mareas, En Comú Podem, Compromís, ERC, PDC, PNV y EH-Bildu. Como muchas de las cosas que propone Podemos se trata de una utopía porque es imposible que el PSOE se coaligue con fuerzas independentistas o con la izquierda abertzale, bueno, imposible salvo que Pedro Sánchez viera en ello su tabla de salvación. Ahora se les pone encima de la mesa la posibilidad de formar parte de un acuerdo con el PSOE y Ciudadanos. Realmente se trata de otro caso de inmolación política, no por el pacto con los socialistas, algo que es lógico y que numerosos estudios sociológicos afirman que es la opción preferida de los españoles con más de un 65% de aceptación, sino por tener que depender del partido de Rivera. Pablo Iglesias Turrión se ve, de este modo, en la tesitura de apoyar algo similar a lo que rechazó en marzo. ¿Podrá Iglesias ceder en puntos como la renuncia al referéndum en Catalunya o a la defensa del derecho de autodeterminación? ¿Rebajará Iglesias la visión maximalista de su programa económico para lograr ser parte de la alternativa a Rajoy? ¿Mantendrá la dureza negociadora pensando en los resultados de unas terceras elecciones? Son preguntas que me surgen y que tienen una difícil respuesta. Sin embargo, algo ha cambiado en el partido morado porque en los mensajes de su cúpula ya no hay un veto a Ciudadanos sino que plantean la dificultad de llegar a acuerdos con los de Rivera pero sin ver esos acuerdos como un imposible.

He dejado al PSOE en el último lugar porque es curioso cómo las sospechas de hace meses se van confirmando. A principios de verano expuse en un artículo que Pedro Sánchez estaba pergeñando una estrategia basada en humillar a Rajoy con una investidura fallida para, posteriormente, pasar a la vanguardia para postularse como candidato con la fórmula defendida por Iglesias Turrión, lo cual me daba mucho miedo. Dos semanas después el propio secretario general despertó más dudas al cambiar su estado de Whatsapp con un enigmático «¿Y por qué no?», lo que dejaba abiertas las sospechas de que iba a postularse tras el revolcón de Rajoy. La investidura fallida del actual Presidente en funciones ya tuvo lugar y, casi al día siguiente, los mensajes de que Sánchez lo iba a intentar llenaron las redes, los medios de comunicación y las tertulias políticas. Cuando el río suena tanto es que algo hay por mucho que desde la Ejecutiva socialista se esté queriendo quitarle importancia. Sin embargo, cada vez que alguno de los representantes socialistas cercanos a Sánchez abre la boca genera más dudas porque no hay un mensaje unificado al respecto. Unos dicen que sería lógico que el secretario general lo intentara. Otros dicen lo contrario. ¿Juegan al despiste o es una estrategia marcada generar confusión? En una publicación de la Cadena SER se afirma de modo categórico que Pedro Sánchez lo va a intentar a través de un acuerdo con Podemos y Ciudadanos pero, ojo, planteando una especie de gobierno parlamentario con un Ejecutivo formado exclusivamente por miembros del PSOE. Normalmente las noticias que da la SER suelen ser muy ciertas y, por tanto, esta información tiene presunción de veracidad. ¿Qué está llevando a Pedro Sánchez a dar este paso. La respuesta es sencilla: alargar los plazos en los que seguir «okupando» la Secretaría General y no convocar el 39 Congreso Ordinario, un congreso en el que con toda probabilidad sería botado de su puesto. Si lograra poner de acuerdo a Ciudadanos y a Podemos Sánchez sabe que su posición quedaría muy reforzada ante los críticos a su gestión, críticos que a medida que va pasando el tiempo van siendo más numerosos, por mucho que el ruido de los «pedristas» dé la sensación de que es lo contrario.

Pedro Sánchez, como sólo piensa en lo que le puede favorecer a él, se olvida de que ha perdido una oportunidad de ser el referente de la izquierda y de recuperar a parte de los votantes que se fueron a Podemos porque el PSOE había traicionado a sus raíces ideológicas. Como ya saben ustedes pienso que el Partido Socialista, con la composición de las actuales Cortes, tenía la capacidad de gobernar desde la oposición. Muchas de las medidas tomadas por el gobierno de Rajoy se podrían haber derogado ya si se hubiesen tomado las decisiones o adoptado las estrategias más lógicas. Pero, claro, gobernar desde la oposición no es una opción para Sánchez porque no estaría en el centro de los focos sino que sus éxitos quedarían entre bastidores y alguien con un ego tan marcado no puede permitir que eso ocurra. Sus éxitos se tienen que producir cuando el foco esté sobre él, no desde una segunda fila. Por eso ha tomado la decisión de postularse e intentar buscar un acuerdo muy difícil.

Pedro Sánchez ha aguantado muy bien la presión que le ha venido de todos los lados posibles, prensa internacional incluida, para que facilitara un gobierno de Rajoy. Ahí le alabo, no se me caen los anillos por reconocerlo. Sin embargo, como ya saben ustedes, estoy convencido de que se equivocó de estrategia a la hora de defender ese NO. Ahora bien, ¿se repetirá esa misma presión por parte de las élites hacia Albert Rivera para que permita que gobiernen PSOE y Podemos? ¿Pedirán que Rivera se inmole con la misma desvergüenza con que lo han hecho con Sánchez? Evidentemente, no, más bien al contrario. Las élites preferirán que se repitan las elecciones a que gobierne la izquierda, las élites dirán entonces que unos terceros comicios ya no son una catástrofe sino una solución.

Los españoles nos encontramos ante una disyuntiva: lo catastrófico o lo apocalíptico. Gobierno Sánchez o gobierne Rajoy será una catástrofe para los españoles. Lo que nos puede ofrecer el Presidente en funciones ya lo conocemos: recortes sociales, recortes de libertades y corrupción. Lo que nos puede ofrecer Sánchez también es conocido: egocentrismo, autoritarismo y culto a la personalidad. Sánchez será catastrófico y, por mucho que nos duela, será un poquito peor que el apocalipsis que tendríamos con Rajoy.

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