Enterrad mi corazón en Wounded Knee no es una novela. A pesar de ello, este libro de Historia publicado en 1970 se convirtió enseguida en un éxito internacional. En sus cerca de quinientas páginas, Dee Brown, un experto en el pasado de los indígenas norteamericanos llevó a cabo un detallado repaso de las atrocidades que sufrieron estos pueblos desde el Descubrimiento hasta el inicio del siglo XX. Y lo hizo en gran medida gracias a los testimonios directos recogidos en diferentes reservas a los descendientes de los protagonistas de estos hechos. Una sucesión de masacres, de asesinatos de pueblos enteros sin distinción edades o géneros, de humillaciones individuales y colectivas, encierros en lo que hoy llamaríamos campos de concentración, incumplimientos sistemáticos de los acuerdos por parte de los gobiernos de los Estados Unidos, y un proceso de exterminio organizado que tuvo su momento culminante en la segunda mitad del siglo XIX.

El libro resulta tremendamente emotivo, quizás por la sinceridad y sencillez de los relatos. Historias familiares contrastadas por el estudioso con la documentación existente e incluso con los artículos de una prensa que cada vez iba alcanzando mayor poder. Las de personajes a los que conocemos en una versión a menudo tremendamente deformada por el cine. Por ejemplo, en estas páginas descubrimos que el general Caster, amable protagonista de Murieron con las botas puestas, se dedicó hasta caer en su propia trampa, a arrasar poblados indios por sorpresa asesinando indiscriminadamente a todas las personas que encontraba. Como él, otros generales tanto estadounidenses como mejicanos se empeñaron en esta tarea de poner fin a los pueblos nativos.

Algunos mantuvieron de forma heroica esta lucha absolutamente desproporcionada. Personajes también populares como Toro Sentado, Caballo Loco, Nube Roja o él último irreductible, el líder que mantuvo en vilo durante años a los ejércitos de los dos gobiernos federales, el jefe Gerónimo. Un guerrero que se levantó en armas cuando los soldados masacraron a su familia y que terminó, como tantos otros, convertido en atracción a la que fotografiar después de haber sufrido incluso trabajos forzados.

Este último caudillo, cuando se dirigía a los hombres blancos, se expresaba en español. En esta lengua dictó con cerca de ochenta años unas memorias que fueron publicadas en nuestro país hace apenas unos años con el título “Soy apache”.

Enterrad mi corazón en Wounded Knee constituye el relato de un genocidio. De un enfrentamiento desigual entre culturas que terminó con la virtual desaparición de las más débiles. Una práctica desgraciadamente repetida en otros muchos lugares del mundo por las potencias imperialistas del momento, como Gran Bretaña o Francia, e incluso Bélgica. Nueva Zelanda o el Congo constituyen en este sentido hitos delirantes de la brutalidad con la que fueron “civilizadas” extensas regiones del planeta a base de torturas, amputaciones y asesinatos metódicos y masivos.

A quien haya leído estas historias le sorprenderá sin duda la corriente que está cobrando fuerza en parte de Norteamérica y que tiene por objetivo borrar las huellas del pasado español en el continente. Consideran necesaria esta revisión por el supuesto carácter sangriento de los españoles frente a los primitivos pobladores de América. Por ello, Fray Junípero ya ha sido defenestrado en la Universidad de Stanford y hace unos días un concejal de Los Ángeles ha conseguido, con un gran seguimiento en la prensa internacional, retirar una estatua de Colón en su distrito.

La demagogia puede resultar rentable en votos. Sobre todo cuando cunde entre la ignorancia colectiva y se mezcla con otros intereses. Tanto, que al parecer, solo otro concejal de apellido italiano ha puesto algún reparo ante este despropósito. Pero obviamente, Colón no fue un genocida, entre otras cosas, porque no tuvo recursos ni ocasión para serlo. Antes que la suya, habría que descabalgar infinidad de estatuas repartidas por todo el mundo de ilustres antepasados que provocaron con sus actos tremendas matanzas.

Entretanto, desde España no se ha hecho nada al respecto. Tal vez por aquello de no hacer aprecio al necio. Aunque sí se podría reaccionar. Con palabras. Alguien con medios y contactos debería enviarle a este edil californiano un ejemplar de cada uno de los libros mencionados. En inglés y en español. Para intentar frenar algo esta campaña hispanófoba. Antes de que pidan por ejemplo la retirada del pendón de Castilla que luce en su escudo, o que la ciudad cambie su nombre y pase a llamarse Winged boys en lugar de Los Ángeles, por ejemplo.

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Director del CEPA La Oreja Verde. Autor de Castellanos. A la mano del paraíso. V Premio Gavia Blanca

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