España se está radicalizando. Por la izquierda y por la derecha. Por la periferia y por el centro. La crisis económica, el resurgimiento de los nacionalismos identitarios (el procés catalán no deja de ser producto de otra radicalización), el problema migratorio y el terrorismo fundamentalista nos está volviendo más intransigentes, más polarizados, más fanáticos. El hundimiento de la socialdemocracia, y con ella del PSOE, germinó en Podemos, un partido de izquierda más dura que el felipismo pop ochentero que pretende liquidar el régimen del 78, al que considera una falacia, una continuación del franquismo. A su vez, el desplome del PP dio lugar a Ciudadanos, una derecha con trazas de falangismo joseantoniano que propugna una vuelta a las esencias patrias, al centralismo carpetovetónico y a la españolidad sin complejos.

Pero el proceso de radicalización aún no ha terminado. Siempre se puede ir más lejos en el peligroso viaje hacia la fanatización de ideas y personas. De hecho, todavía hay nicho de mercado para seguir endureciendo las mentes. Ese nicho lo ocupa Vox, el partido ultra de Santiago Abascal que desprecia a PP y Ciudadanos y los considera como “la derechita cobarde”, según declaró recientemente en una entrevista. Este fin de semana ha conseguido reunir a 9.000 seguidores en Vistalegre en una sorprendente demostración de músculo de esa ultraderecha española rancia y nostálgica que creíamos felizmente superada. Vox es el siguiente paso en la involución humana. Más allá no se puede ir en el ciego viaje a lo retrógrado, salvo que algún partido logre clonar a Franco, revivirlo y sentarlo de nuevo en el despacho de El Pardo. Pero de momento Vox es lo más facha que hay en el escaparate y hay gente que está dispuesta a comprar el producto, véase defensa de la unidad de España, blindaje a la familia, abolición del aborto, prohibición de la ideología de igualdad de género en las escuelas y vuelta a la pureza de la raza para evitar que el país caiga en el mestizaje musulmán.

Durante un tiempo pensamos que un milagro había convertido nuestro país en una especie de santuario de la democracia a salvo del nacionalismo xenófobo que recorre toda Europa. Fue un espejismo. Cómo fuimos tan ingenuos de creer que un país donde el totalitarismo gobernó a sangre y fuego durante 40 años iba a librarse de la epidemia. Cómo pudimos pensar, siquiera por un momento, que el descontento del pueblo, la indignación y el miedo ante la inestabilidad política, económica y social se iban a canalizar solo hacia partidos de izquierdas. El fascismo es una enfermedad crónica de la historia que tiene sus altibajos, sus períodos de mejorías y recaídas. Y el virus siempre reaparece con fiebre violenta. Esta vez el contagio ha necesitado unos años más que en el resto de Europa pero ya está aquí. Y llega para quedarse.

Vox se creó en 2013. En 2014 irrumpió con fuerza en las elecciones europeas: 244.380 votos. Se quedó a las puertas de obtener representación parlamentaria en la Eurocámara pero asomó la patita amenazante. Con todo, en los comicios de 2015 y 2016 dio un bajón considerable: apenas 50.000 votos. Hoy las encuestas le otorgan un 1,4% de los sufragios, de tal manera que de celebrarse unos comicios sacaría al menos un escaño. Y el fenómeno va a más. De cara a las elecciones generales los estudios demoscópicos auguran un incremento en la intención de voto favorable al partido de Santiago Abascal. Al menos 500.000 españoles estarían dispuestos a dar su papeleta y su confianza, sin ningún pudor, a los ultraderechistas de Vox. Incluso podrían conseguir un escaño por Madrid o Valencia. No sería una entrada triunfal en el Congreso de los Diputados pero por algo se empieza.

Sin embargo, la irrupción de Abascal en el Parlamento, con ser inquietante, no sería lo más peligroso de todo. Lo importante sería el influjo que arrastraría, el viento de cola que el líder ultra insuflaría a los demás partidos conservadores. De hecho, aún no ha llegado al Congreso y su aliento ya se percibe en los discursos de PP y Ciudadanos. Resulta evidente que a la derecha española la está cambiando Vox desde la sombra, un partido que viene pisando fuerte para horror de Casado y Rivera. Ambos líderes compiten por el mismo espacio electoral, ambos cuentan con un granero de votos similar y ambos temen que el mordisco que pueda darles Vox los deje temblando y para el arrastre.

Las elecciones andaluzas van a ser un buen test para saber hasta dónde puede llegar la formación de Santiago Abascal. El porcentaje de voto que Vox le robe a PP y Ciudadanos será fundamental de cara al futuro. A quien más le reste más perderá en la batalla. De ahí que el discurso de Casado/Rivera se haya radicalizado tanto en los últimos meses. De ahí que el líder del PP apueste por una confluencia con su homólogo naranja para lograr la mayoría absoluta. Y de ahí que ambos, que sin duda leen las encuestas, pidan a voz en grito la aplicación del artículo 155 en Cataluña y la supresión de competencias. Es una pura cuestión de oferta y demanda. Si el competidor, en este caso Vox, vende un tanque más bonito, más resistente y más rápido que el tuyo ya puedes darte por muerto.

¿Pero quién está detrás de Vox, quién pone el dinero para sacar adelante el proyecto ultra en España? El acto de Vistalegre costó 93.000 euros que según fuentes del partido fueron recaudados mediante un crowdfunding. En la actualidad la organización acredita unos ingresos de 463.528 euros, que según ellos provienen de cuotas de afiliados y donaciones, además de las campañas de promoción y micromecenazgos en las redes sociales. “Subvenciones cero. No queremos subvenciones del Estado, de hecho apostamos por suprimirlas para todos los partidos”, aseguran fuentes de la formación. Postureos al margen, lo cierto es que si llegan a tener representación parlamentaria algún día no le harían ascos a las ayudas oficiales porque ya han avisado de que ello “supondría una desigualdad de condiciones” a la hora de competir con otros partidos.

España se está ultraderechizando. Asistimos a la lepenización de los espíritus, la viralización de las derechas, el efecto contagio de los Salvinis que pululan por las cancillerías europeas. Es lo que suele suceder cuando el eje del discurso político se reduce a lo primario, a lo identitario, a lo nacional, al miedo al extranjero, al sentimiento, al himno y la bandera. Cuando la política se hace desde la tripa y no desde el cerebro siempre vencen los extremos. A Puigdemont y su famoso procés radical que ha terminado, tal como se preveía, en un callejón sin salida, habrá que apuntarle otro tanto en su haber: que haya alimentado el resurgir del fascismo en España. Ya tenemos extrema derecha para unos cuantos años. Gracias Carles, tómate una.

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2 Comentarios

  1. TAMBIEN COMPRADO POR EL SANTANDER ,HABLO AYER DEL ROBO DEL POPULAR O YO NO ME ENTERE.
    DISTINTOS PERROS CON LA MISMA CORREA.

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