En estos días vuelvo a reencontrarme con la poesía de Neruda. Vuelvo a sus versos como el viajero que regresa a una ciudad anteriormente visitada y que con el paso de los años no logra reconocer. Comienzo a buscar entre los versos alguna señal que resucite al inocente quinceañero que leyó sorprendido por primera vez la poesía de Neruda, pero desgraciadamente “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Mi temprana lectura de Neruda se reducía al libro más conocido del poeta, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuyo poema número veinte aprendí casi de memoria, como hice también con otros poemas de Bécquer, siempre con la no tan “casta” intención de soltar aquellos versos cargados de lirismo amoroso a cualquier chavala. Una tarea, por otro lado, que me sirvió más bien de poco, ya que las adolescentes de mi generación preferían las letras de las canciones de Hombres G y Mecano, que hablaban del marcapasos de una tal Marta y de un tal hijo de la luna que nunca supe bien quién era.

Pero bueno. Al grano. Continué con la lectura de Neruda y a Veinte poemas de amor le siguió la lectura de Crepusculario, libro que escribió Neruda siendo adolesceste. Si en el primero se puede sentir el aliento de Whitman en las descripciones del cuerpo humano en comunión con la naturaleza, en Crepusculario nos hundimos en el fango baudeleriano, en el mundo de la bohemia, las rameras, los músicos ambulantes y los poetas embriagados de ajenjo. Un mundo muy influenciado por las lecturas de Darío y los simbolistas franceses.

Residencia en la tierra

Más tarde llegaría la hora de “torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje”, según rezaba la proclama de guerra lanzada por el poeta mexicano Enrique González Martínez, que arremetía contra el preciosismo superficial de las postrimerías poéticas del final del Modernismo y, aunque Veinte poemas de amor fue considerado por la crítica como la ruptura de Neruda con el Modernismo, fue sin duda Residencia en la tierra la obra que marcó un cambio definitivo en la obra del poeta chileno.

Los tres volúmenes que comprenden Residencia en la tierra, cuyo tono apocalíptico y su significado de destrucción y decadencia tanto recuerdan a The waste land de T.S Eliot,  me sorprendieron de forma notable. Al igual que Eliot, Neruda contempla al hombre solitario entre la multitud de fantasmas que lo rodean; el ser humano se convierte así en una sombra inerte, un cadáver desorientado por la cubierta mugrosa del barco de la vida. Así lo podemos ver en algunos versos del poema titulado ‘El fantasma del buque de carga’:

“olor de alguien sin nombre
que baja como una ola de aire las escalas,
y cruza corredores con su cuerpo ausente,
y observa con sus ojos que la muerte preserva”.

El Neruda más político

Aunque el Neruda que más me apasiona es el de Residencia en la tierra, el más metafísico y profundo, tampoco podemos olvidar al Neruda más político y cultivador de esa poesía comprometida de Canto General. Sería un error desechar al Neruda más político, ese que llamó a Franco y sus militares “hediondos perros de cueva” y que escribió España en el corazón, donde expone los horrores de la Guerra Civil española y deja clara su postura a favor del bando republicano.

Pero en el fondo seguimos añorando a ese Neruda que leímos con quince años, al Neruda de Los veinte poemas de amor, aquel de “me gustas cuando callas porque estás como ausente”, ya que en el fondo uno vuelve a los versos de un poeta que leyó cuando era un chaval, porque siente el deseo irrefrenable de encontrase a sí mismo, aunque desgraciadamente, ya no se reconoce; y es que, como dijo el propio Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

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