Introducción

 

En una conferencia titulada “La crisis de la civilización y el humanismo”, pronunciada en la Academia de Ciencias de Moscú el 18 de junio de 1992, Silo anticipaba una situación que por entonces se antojaba distante -hipnotizada como estaba la mayoría social por el ensueño del progreso infinito en manos del neoliberalismo-, pero que hoy se aprecia perfectamente actual: 

Lo concreto es que ya no se cree en las promesas y esto es mucho más importante, como realidad psicosocial, que el hecho de presentar soluciones que la gente intuye no serán cumplidas en la práctica. La crisis de credibilidad es también peligrosa porque nos arroja indefensos en brazos de la demagogia y del carisma inmediatista de cualquier líder de ocasión que exalte sentimientos profundos. Pero esto, aunque yo lo repita muchas veces, es difícil de admitir porque cuenta con el impedimento puesto por nuestro paisaje de formación en el que todavía se confunde a los hechos con las palabras que mencionan a los hechos”.[1]

En lo que algunos medios, con su habitual alarmismo, han bautizado como “desafío independentista” para referirse a la declaración de independencia catalana del pasado mes de octubre, podemos observar la vigencia de estas palabras de Silo, pronunciadas hace ya 25 años. Los líderes ocasionales, enfrentados a un paisaje cambiante, aturdidos por un desastre que ellos mismos han espoleado, apelan hoy a palabras como “patria”, “democracia”, “legalidad”, “nación” o “libertad”. Lo hacen para ocultar corruptelas en una huida hacia adelante que no repara en el sufrimiento o la división generada entre la población. O para mantener intereses electorales que les perpetúen en el poder. Ninguno, en todo caso, parece reflexionar acerca de las consecuencias de los enfrentamientos provocados ni en las fracturas -algunas irreparables- que han alentado en nombre de “sentimientos profundos”. Mientras tanto las poblaciones abrazan esa “demagogia” aun cuando sean conscientes de que las promesas de unos y otros caerán en saco roto.

Refiriéndose en concreto a lo que él denominaba “la cuestión catalana”, José Ortega y Gasset ofreció un brillante análisis en un discurso pronunciado ante el parlamento de la República el 13 de mayo de 1932:

“El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas”.

No parece que los políticos actuales estén aplicando un “alto tratamiento histórico”, es decir, de proceso, a lo que sucede en Cataluña. Los estados defraudan, mienten y chantajean a sus ciudadanos. Están al borde del colapso, acuciados por deudas y maniatados por la presión de los grandes capitales. No es de extrañar, entonces, que se caiga en el ensueño de otro estado que pueda solucionar los problemas, aun cuando esa promesa no será cumplida, porque es una “solución” que surge del mismo esquema que está en crisis y tiende a reproducir su dirección contradictoria. Negar el conflicto o dejarse ir hacia soluciones pragmáticas es un error. Tratar de arreglar el desencuentro requiere admitir que, para “hacer las cosas bien”, como sugería Ortega, “todos somos pocos”.

 

El avance de la fragmentación

El fracaso de los estados nacionales no es un fenómeno aislado. Forma parte de una estructura que va desde lo general a lo particular. Todo se fragmenta de un modo cada vez más acelerado. Nada queda en pie. Los países se ven amenazados por el gran capital que quiere un mundo sin fronteras ni leyes para que el dinero circule a su antojo (no así las personas cuyos movimientos se ven cada vez más restringidos). La solidaridad de clase entre los trabajadores ha dejado de existir, favorecida su caída por unos sindicatos corruptos. En las empresas el compañerismo ha dejado paso a una competitividad extrema. En las escuelas se hace habitual el maltrato y el fracaso escolar. Los amigos se separan. Las familias se pelean y se disgregan por motivos económicos. Y dentro de cada ser humano algo se rompe, aumentando los casos de depresión, enfermedades psicológicas y adicciones. Todo se fragmenta, empujando a los individuos hacia el aislamiento, un individualismo enfermizo que parece inevitable:

Pero, ¿cómo puede una persona decidir la dirección de su vida si está muy lejos de tener el control de su situación diaria? ¿Cómo puede una persona decidir libremente por el sentido de su vida estando sometido a las necesidades que se imponen desde su propio cuerpo? ¿Cómo puede decidir libremente encadenado como está a un sistema de urgencias económicas, a un sistema de relaciones de familia, de trabajo y de amistad que a veces se convierte en un sistema de desempleo, desesperación, soledad, desamparo, y fracaso de las propias esperanzas? ¿Cómo puede decidir libremente basándose en una información manipulada y en una exaltación mediática de antivalores capaz de mostrar como máximo modelo de comportamiento al poderoso que exhibe impúdicamente la violencia, la amenaza, el atropello, la arbitrariedad y la sinrazón? ¿Cómo puede decidir libremente si los rectores morales de las grandes religiones justifican o quedan silenciosos ante los genocidios, las guerras santas, las guerras defensivas o las guerras preventivas?

 

Pero ¿qué es esto?

Porque la atmósfera social está envenenada de crueldad, nuestras relaciones personales se hacen cada día más crueles y el trato que se da uno a sí mismo es también cada vez más cruel[2].

Intentar entender cualquier fenómeno separatista sin ampliar el foco, quedándose en lo epocal de la lucha inmediata, conduce a la melancolía y a la afirmación irracional de un mundo que cae.

Muy distinto será si la mirada está puesta más allá de lo circunstancial de los acontecimientos, buscando la salida en una dinámica procesal que entienda que debe primar el futuro al que se aspira por encima de un pasado idealizado o un presente acuciado por lo coyuntural. Aquellos lugares en los que la aceleración histórica es mayor -como es el caso de Cataluña- adelantan crisis que están por venir. No en cuanto a la separación territorial (como algunos ventajistas han pretendido insinuar), sino en la mayor fragmentación y ruptura de las instituciones y estructuras. Un hecho, por otro lado, inevitable y que puede ser aprovechado para marcar una nueva dirección.

 

La necesidad de descentralizar el poder

Los humanistas nos hemos manifestado en numerosísimas ocasiones sobre el derecho de los pueblos a decidir su futuro libremente y por cauces democráticos. Hoy en día esta situación está lejos de producirse. Demasiados impedimentos, demasiadas manipulaciones, demasiadas mentiras han convertido el ejercicio de la democracia en un juego de trileros. La separación de poderes es en la práctica inexistente, las leyes están redactadas para beneficiar a los poderosos y los jueces son elegidos por los mismos políticos que redactan las leyes. Por su parte, los medios de comunicación, que deberían ejercer de contrapeso, son propiedad de grandes grupos con claros intereses económicos.

La falta de democracia y los abusos de un sistema social y económico que no garantiza iguales derechos y oportunidades para todos los seres humanos ha provocado, por una parte, la desafección de los ciudadanos con los políticos y sus gobiernos, y, por otra, una desesperanza hacia el futuro.

La desafección hacia los gobiernos (y otros territorios) es el resultado de traiciones continuadas. Una desconfianza que aumenta en tanto en cuanto los seres humanos se ven desprotegidos y privados de las condiciones de vida más básicas. Al mismo tiempo su capacidad de decisión les es arrebatada por medio de las triquiñuelas de una democracia formal mediante la cual muchos depositan la confianza en unos pocos que después se dedican a enriquecerse y traicionar esa confianza depositada en ellos. Hasta que no se pongan en marcha los mecanismos del plebiscito, la consulta continuada y el referéndum para que los ciudadanos puedan decidir sobre las cuestiones importantes, no estaremos en condiciones de avanzar hacia una verdadera democracia.

Y, por cierto, que este tipo de consultas deberían comenzar desde la misma base social, cediendo la capacidad de decisión a los municipios en un avance de la descentralización del poder. En la Décima Carta a mis Amigos de Silo se anticipaba esta necesidad como una herramienta política imprescindible para combatir la creciente desestructuración:

“Hablando en términos espaciales, la unidad mínima de acción es el vecindario en el que se percibe todo conflicto aunque sus raíces estén muy distantes. Un centro de comunicación directa es un punto vecinal en el que ha de discutirse todo problema económico y social, todo problema de salud, de educación y de calidad de vida. La preocupación política consiste en priorizar ese vecindario antes que el municipio, o el condado, o la provincia, o la autonomía, o el país. En verdad, mucho antes de que se formaran los países existían las personas congregadas como grupos humanos que al radicarse se convirtieron en vecinos. Luego, y a medida que se fueron montando superestructuras administrativas, se les fue arrebatando su autonomía y su poder. De esos habitantes, de esos vecinos, deriva la legitimidad de un orden dado y desde allí debe levantarse la representatividad de una democracia real. El municipio debe estar en manos de las unidades vecinales y, si esto es así, no puede plantearse como objetivo emplazar diputados y representantes de distintos niveles, como ocurre en la política cupular, sino que ese emplazamiento debe ser consecuencia del trabajo de la base social organizada”.

 

El reparto equitativo de la riqueza

La frase “Es la economía, estúpido” se hizo popular durante la campaña presidencial estadounidense de 1992 que enfrentó a George Bush padre contra Bill Clinton. La acuñó uno de los asesores de este último (James Carville) y aunque su intención era resaltar la necesidad de ocuparse de los problemas de la clase media en lugar de la política internacional, muy bien puede utilizarse para expresar una verdad considerada universal: en la política todo está supeditado al dinero. El dinero es el que manda, decide qué se puede hacer y qué no. Y quien quiera triunfar en política debe entender esta máxima, dejando de lado cualquier otro valor. Hacer lo posible (aunque resulte insuficiente) sin pararse a pensar qué es lo necesario.

Durante las semanas que precedieron a la frustrada declaración de independencia de Cataluña, muchos de los grandes titulares en los medios estuvieron dedicados a lo que llamaron “fuga de compañías”. El 5 de octubre, en declaraciones a una cadena de televisión, el vicepresidente económico de la Generalitat, Oriol Junqueras, había asegurado “No va a haber una fuga de empresas de Cataluña”[3]. Los grupos políticos especulaban sobre el tema: unos amenazantes, otros temerosos, pero ninguno poniendo el acento en lo importante. Porque, en realidad, que se fueran o no las empresas de Cataluña no era lo esencial del debate. La clave estaba (y sigue estando) en la sumisión de toda la sociedad a los capitales que no tienen pudor en amenazar y chantajear a los pueblos si estos toman decisiones que consideran contrarias a sus intereses. El mismo día en que en el Senado se ratificaba la aplicación del polémico artículo 155 de la Constitución, también se aprobó el CETA[4], un tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá, un acuerdo que puede provocar pérdidas de empleos, restringe la capacidad de decisión de los parlamentos nacionales y será seriamente perjudicial para el medio ambiente. Los aplausos que han recibido las compañías que salieron de Cataluña son un síntoma de la sumisión de nuestros políticos. ¿Cuánto tardarán en amenazar con llevarse su producción o su dinero si no se modifican los derechos laborales, si no se amplía la jornada, o se reducen las vacaciones, o se baja el salario mínimo?

Esta tiranía del capital (y su justificación suicida) es un indicador de la dirección de este sistema: más preocupado en beneficiar el incremento de riquezas de unos pocos que en proporcionar condiciones de bienestar a la gente. Los humanistas hemos defendido siempre que una de las principales causas del sufrimiento de las poblaciones es el desigual reparto de la riqueza.

Un reciente estudio del banco Credit Suisse confirmaba que el 1% de los multimillonarios del planeta poseen el 50% de la riqueza mundial. Un dato monstruoso. En España los presidentes de algunas compañías ganan en menos de una hora lo mismo que un trabajador que cobra el salario mínimo. Ese trabajador, que apenas puede malvivir con su sueldo, necesitaría 700 años para igualar los sueldos anuales de esos directivos.

No vamos a alargarnos en esta exposición (puesto que no es su objetivo) detallando qué se podría hacer para modificar esta desigualdad. Hemos explicado nuestras propuestas en numerosas ocasiones y pueden encontrarse en los distintos materiales y programas que están a disposición de quien quiera consultarlos.

Pero sí es importante señalar en esta exposición que un nuevo reparto de la riqueza tendría que darse también entre las distintas administraciones, invirtiendo la situación actual y acercando la capacidad económica a los ciudadanos. Es decir, que el grueso de la riqueza debe destinarse a los ayuntamientos, después a las comunidades autónomas y, por último, al estado. De abajo hacia arriba. Porque es en los municipios y en los barrios donde se perciben las necesidades reales de las personas y es imprescindible dotar a quienes los gobiernan de capacidad económica para dar respuesta a estas necesidades.

 

Hacia la nación humana universal

Como hemos afirmado, desde la óptica de este sistema, el conflicto nacionalista no tiene solución (en realidad desde esta óptica cerrada no hay salida para la mayoría de los problemas de esta sociedad). Los estados, como las naciones, e incluso como las culturas son transitorios. Pero no así la intencionalidad humana que quiere abrirse paso a pesar de tantas dificultades. Recurrimos aquí a lo que escribió Silo en su libro El Paisaje Humano: “una nación puede existir a lo largo de milenios sin estar regida por un mismo gobierno, sin estar incluida en un mismo territorio y sin ser reconocida jurídicamente por ningún Estado. Lo que define a una nación es el reconocimiento mutuo que establecen entre sí las personas que se identifican con similares valores y que aspiran a un futuro común y ello no tiene que ver ni con la raza, ni con la lengua, ni con la historia entendida como una “larga duración que arranca en un pasado mítico”. Una nación puede formarse hoy, puede crecer hacia el futuro o fracasar mañana y puede también incorporar a otros conjuntos a su proyecto”.

Como humanistas afirmamos el derecho de cualquier colectivo humano a decidir sobre la forma organizativa que quiera darse. Pero también queremos señalar, como venimos haciendo desde hace tiempo, que los nacionalismos forman parte de un proceso de fragmentación mayor de un sistema cerrado en el que aumenta el caos. Sustentar los esquemas de este sistema, mantener las superestructuras que lo conforman y pretender que las verdaderas necesidades del ser humano se resuelvan por una división territorial u otra no es el camino. Nuestra aspiración es la superación de este viejo sistema y marcar una dirección coherente. Silo, en la Cuarta Carta a mis amigos señalaba esa dirección necesaria:

“Así como el proceso de las estructuras tiende a la mundialización, el proceso de humanización tiende a la apertura del ser humano, a la superación del Estado y del Paraestado; tiende a la descentralización y la desconcentración a favor de una coordinación superior entre particularidades sociales autónomas. Que todo termine en un caos y un reinicio de la civilización, o comience una etapa de humanización progresiva ya no dependerá de inexorables designios mecánicos sino de la intención de los individuos y los pueblos, de su compromiso con el cambio del mundo y de una ética de la libertad que por definición no podrá ser impuesta. Y se habrá de aspirar no ya a una democracia formal manejada como hasta ahora por los intereses de las facciones sino a una democracia real en la que la participación directa pueda realizarse instantáneamente gracias a la tecnología de comunicación, hoy por hoy en condiciones de hacerlo[5].

Desde la ilusoriedad de los bandos, pues, no hay solución. Los humanistas aspiramos a una nación humana universal, donde se entienda que esas raíces comunes, ese sentimiento de pertenencia y ese reconocimiento a los que nos precedieron tiene una dimensión planetaria, alcanza a toda la especie. La forma organizativa que nos demos entonces estará también orientada por la no violencia.

Esa imagen está allí, en el futuro, conectando con lo mejor de nosotros para guiar nuestras acciones. Y no los estados represores ni los gobiernos oportunistas pueden arrogarse el derecho a decidir por nosotros.

Afortunadamente no estamos solos. Por eso vamos a continuar impulsando convergencias de fuerzas progresistas en las que, manteniendo nuestra identidad, sea posible avanzar en la dirección de esa transformación radical del sistema a la que aspiramos. Todos los que estamos en el intento de superar el dolor y el sufrimiento de los pueblos tenemos cosas en común con las que avanzar. Los cinco diputados conseguidos por los amigos de Chile como integrantes de un movimiento más amplio, son un ejemplo de que la voz del humanismo empieza a resonar.

El cambio se producirá cuando la gente comience a entender que el individualismo es el gran cómplice de este sistema. Cuando los anhelos, las aspiraciones, los problemas y las preocupaciones de mi vecino sean también las mías. Cuando pueda mirarle a los ojos y comprenderle en profundidad. Porque se requiere una elección existencial alejada de todo pragmatismo, y una búsqueda espiritual que permita conectar con lo mejor de uno y del otro. El cambio tiene que ser cálido y sincero. Y para eso hay que construir cada día, con acciones válidas y sentidas, en los barrios, en los centros de trabajo, en las escuelas… Sentir que el dolor y la alegría del otro son los míos. Que no habrá progreso si no es de todos y para todos.

[1]  http://www.silo.net/es/conferences/index/6

[2]         Extracto de las palabras de Silo en la inauguración del Parque La Reja (7/05/2005)

 

[3]         http://www.lavanguardia.com/economia/20171005/431809241944/oriol-junqueras-huida-sabadell-empresas.html

[4]  http://www.eldiario.es/economia/Guia-rapida-entender-CETA_0_567993605.html

[5]  Cuarta carta a mis amigos – Silo (19/12/1991)

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2 Comentarios

  1. Yo disiento, pero no le quito razón al autor. Son los mismos argumentos que avanzan al mundo global y vamos a ser – aparte de humanistas- realistas y justos, sinceros en el dircurso: Es imposible su función igualitaria porque antes hay un millón de conflictos domésticos que resolver en cada país y el nuestro el primero. Amo el lenguaje que apela al sentimiento humano, al corazón como último órgano libre, el que gobierna nuestras buenas intenciones cuando te lo has ” currao” inteligente y solidáriàmente. Pero desgraciadamente hay mucho cuervo volando por el infinito azul; Son poderosos y disponen de una inagotable cartera, la que paga los sueldos del poder mediático o a las confederaciones políticas.
    No sigo porque me deprimo. De cualquier forma agradezco el trabajito del autor, lo alabo y lo difundo entre mis amigos, que también comparten esta sana intención y su corazón inviolable.
    Gracias.

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