El final del hombre (Alfaguara) es la primera entrega de una serie policiaca de este experimentado guionista y escritor que ahora se sumerge de lleno en el complicado universo de la novela negra sabiendo que el camino será largo y apasionante, sobre todo cuando quiere contar algo que nadie antes ha osado hacer. De este modo, la página en blanco adquiere una doble satisfacción para el que la escribe. Por ello, Sofía Luna, la primera policía transexual de la historia de la novela negra, quiere convertirse en un referente para las nuevas generaciones de lectores, en el afán de normalizar una aspiración silenciada y oculta desde la noche de los tiempos.


 

Su trayectoria como novelista comenzó hace ya un lustro y tiene dos novelas publicadas, pero con El final del hombre inicia otro camino apasionante: el de la novela negra en serie. ¿Seguro de haber reconducido su carrera en el siempre complicado mundo de la literatura?

En efecto, el mundo literario es complicado. Hay mucha competencia y da la sensación de que no hay mercado para tantos libros como se publican. Pero creo que un escritor no debe pensar en eso, en el resultado final o en la visibilidad que vaya a tener el libro. Debe agarrarse a la única certeza que tiene: que le gusta escribir y que hay muchas historias que no ha contado nadie que podrías contar tú. Si tienes la sensación de haber encontrado una de esas historias, tu obligación es lanzarte y probar suerte.

 

Además, lo hace con una propuesta muy arriesgada: su protagonista es el primer policía transexual de la novela negra que se tenga conocimiento. ¿Riza el rizo o es sólo una provocación?

Yo creo que no lo es y me preocupa mucho que se vea así. Para mí, el viaje que emprende la protagonista es el más alucinante que se puede hacer: el viaje de un sexo al opuesto. Es un viaje lleno de miedos, de cambios físicos y emocionales, de obstáculos sociales, familiares y laborales, en el que estás solo con las herramientas internas que te conceda tu pobre carácter. El viaje del héroe, que decían los clásicos, aquí potenciado por una trama policiaca que te obliga a dar lo mejor de ti. Un inspector de homicidios que debe resolver un crimen mediático y que está en pleno tratamiento hormonal. Un tratamiento que le provoca somnolencia, apatía, depresión, hipersensibilidad y conatos agresivos. Estos efectos secundarios del tratamiento socavan constantemente las habilidades de un inspector de policía. Además, me parece que un hombre que opta por convertirse en mujer simboliza el cambio que se está produciendo en la sociedad, que está pasando lenta, pero imparablemente, del machismo ancestral a una sociedad, si no más femenina, sí más igualitaria. Vamos, que me desde el principio me pareció un personaje muy potente.

“Una novela como esta es un homenaje a ellas, a Agatha Christie o P.D. James, que tanto placer me causaron en su día”

 

¿Quién es y cómo es Sofía Luna, antes Carlos?

Carlos Luna era un inspector de homicidios respetado, con una cabeza metódica y una facilidad natural para ejercer el liderazgo. Era un hombre separado que se llevaba bien con su exmujer y con su hijo Dani, de diecisiete años. Al iniciar el tratamiento hormonal, requisito indispensable para aspirar al cambio de sexo, todos sus rasgos de carácter quedan en suspenso y se convierte en una persona imprevisible: depresiva, eufórica, emocional, apática. Un cóctel de hormonas con patas. Dentro del desorden en el que cae su equilibrio emocional, solo sabe que quiere mantener a toda costa el amor de su hijo. Y sabe que eso no va a ser nada fácil cuando le cuente la verdad.

 

Puede parecer que la estructura que ha ensamblado en El final del hombre está en deuda con los grandes clásicos del género: un crimen, una batería de sospechosos con mucho escondido y el hecho de que esté basado en hechos reales. ¿Volver a los clásicos es garantía de éxito?

Desde el momento en que decidí situar a un policía transexual como protagonista de mi novela me di cuenta de que la estructura debía ser clásica. Me parecía suficiente transgresión presentar a un personaje así. La novela enigma, así llamada, que consiste en presentar un asesinato y a continuación una batería de pistas y de sospechosos me pareció la más indicada. Es la estructura de Agatha Christie o de P.D. James, las grandes damas británicas que me convirtieron en lector cuando yo era un adolescente. En cierto modo, una novela como esta es un homenaje a ellas, que tanto placer me causaron en su día. Pero el género sigue teniendo predicamento. Lo cultivan muchos autores como Louise Penny, Asa Larsson o Fred Vargas, y lo hacen muy bien.

“He hablado con muchos transexuales y sé que están muy lejos de normalizar su condición. Se les mira con enormes prejuicios”

 

De sagas con éxito usted va sobrado de su paso por la televisión. ¿Son mundos paralelos o completamente diferentes que requieren esfuerzos diferentes?

Yo creo que son muy diferentes. Una novela requiere de una voz que lleve el relato y de cierto aroma literario que en un guion de televisión está de más. Pero mi academia es la televisión y de ella saco algunas de mis virtudes: la facilidad para escribir buenos diálogos, la exigencia de escribir una trama llena de giros y de sorpresas, la confección de personajes con conflictos muy marcados y sobre todo el principal mandamiento de un guionista: no aburrirás. Creo que está bien aplicar este mandamiento al trabajo de novelista.

 

El ritmo y la trama. ¿Son la clave del éxito de cualquier novela negra o desea echarle algún ingrediente más al cóctel?

El ritmo debe ser trepidante y la trama debe intrigar y ser muy absorbente. A estos ingredientes yo le añadiría un protagonista con un buen conflicto interior, como tiene Sofía Luna, y un contexto que permita ofrecer una mirada sobre el mundo que vivimos. En este caso, el tema sobre el que yo quiero reflexionar es el machismo.

“El principal mandamiento de un guionista es no aburrirás. Creo que está bien aplicarlo al trabajo de novelista”

 

Su novela comienza con una frase seca y visceral que se contrapone al título de la novela: “El mundo es de las mujeres”. ¿Servirá el poder potencial que presenta Sofía Luna para visibilizar la lucha de los transexuales y potenciar la concienciación social?

Me encantaría que sucediera eso. He hablado con muchos transexuales para documentar esta novela y sé que están muy lejos de normalizar su condición. Se les mira con enormes prejuicios, sufren rechazo social e incluso agresiones físicas y tienen muy difícil el acceso al mercado laboral. La prostitución es una de sus salidas, nada deseable, claro está; el cuidado de ancianos en una residencia es otra; maquillaje y peluquería en el mundo del cine es otra. Poco más. Esto les pasa a personas que simplemente han nacido en un cuerpo equivocado y han decidido resolver esta discrepancia. Un mero cambio de sexo, nada más, y la sociedad, incluso la más cercana, te retira el saludo y te da la espalda. Está claro que no estamos preparados para tolerar lo que no entendemos, la presencia del extraño o todo aquello que se sale de nuestro pequeño universo. Ojalá esta novela sirviera para empujar un poco al colectivo en su lucha lenta y penosa.

 

A partir de ahora, ¿será la literatura el complemento de su carrera televisiva y cinematográfica, o más bien al revés?

No lo sé. De momento, me he tomado la literatura como un complemento de mi carrera de guionista. El guion es mi esposa y la literatura mi amante, como diría Chejov. Pero no estaría mal invertir los términos, la verdad.

El final del hombre
Antonio Mercero
Alfaguara
18.90 €
416 páginas

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