Muchas veces nos encerramos tanto en nosotros mismos, que no vemos más allá de nuestras propias narices. Estamos tan acostumbrados a encender la caja tonta y ver como se mezclan ficción y realidad, que nos cuesta distinguirlas.

A esta sordera selectiva se une una consideración, en ocasiones, excesivamente “buenista” de nosotros mismos y de nuestra España. Lo que pasa fuera, no pasa aquí. Porque aquí, con decir antes de empezar una frase “yo no soy machista” o “yo no soy racista” ya tenemos patente de corso para hacer y decir lo que nos parece.

Con esta forma de hacer las cosas vemos pasar actitudes que deberían como mínimo avergonzarnos y que dicen mucho de hasta que punto hemos perdido el norte, el sur y el resto de los puntos cardinales.

Ayer por la noche, estando yo en mi torre de marfil donde no cabe el racismo, ni el machismo, ni la homofobia (en realidad ninguna fobia), recibía una llamada de una persona a la que respeto por sus profundas convicciones y por todo lo que ha hecho porque las palabras y discursos se conviertan en hechos. Me llamaba para contarme, desde la más absoluta indignación, algo que había ocurrido en un instituto de este país de tarta de fresa en el que vivimos y que había recogido en un artículo la periodista rumana Gabriela Tudose para el periódico digital INFOROES.

La periodista contaba, como una niña rumana que empezaba el curso la semana pasada, había tenido que soportar, delante de toda su clase, como su profesor la “invitaba” a “volver a su puto país”. El delito de la niña de 13 años, era tener dos nombres, cosa que su profesor no entendía y algo que se ocupó, en la siguiente clase, de volver a poner de manifiesto para mayor escarnio.

Lo que me contaba ayer Miguel Fonda me recordaba una anécdota de hace un par de años, cuando fuimos a cenar a un restaurante chino con una pareja y su hija de poco más de 7 años. A la niña en cuestión se le cayó la servilleta que recogió amablemente la camarera. Cuando su madre le dijo que diera las gracias, la respuesta nos dejó atónitos: “es una china y está para eso”. Lógicamente al comentario siguió una bronca con todas las letras, pero también le siguió “ella no es así, son cosas que escucha en el colegio”

Cuando se escuchan y se ven estás cosas, es inevitable pensar qué es lo que funciona tan sumamente mal y debería darnos igual que sean puntuales o generalizadas. Que un profesor se sienta con el derecho y la impunidad de humillar, delante de su clase, a una niña por no haber nacido en España o ser de origen extranjero, es gravísimo además de intolerable. También tendríamos que reflexionar sobre el ejemplo que damos a nuestros hijos e hijas y si somos de verdad conscientes de lo mucho que afectará al tipo de adultos que sean en el futuro. Por último, deberíamos colocarnos en la piel de esas personas que tienen que sufrir a diario discriminación, porque la diferencia no es un delito, más bien todo lo contrario. La diferencia nos hace una sociedad mejor y mucho más rica, aunque algún cenutrio no tenga las suficientes entendederas como para comprenderlo.

Quizás quien no quepa en este país es él y las personas que tienen actitudes como la suya y sí quepan muchas hijas e hijos de padres y madres que han decidido dejar todo atrás en busca de un mejor proyecto de vida. Lo que sí deberíamos hacer todos, es poner pie en pared y decir basta ya a según que cosas. La sociedad la construimos entre todos, entre todos tenemos que acabar con las fobias y buen sitio para comenzar a erradicarlas son los colegios y nuestras propias casas.

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