El ambiente era magnífico en el Gran Premio de Estados Unidos de 2017. Austin Texas Colorado.

Vettel tenía que ganar, y si Hamilton abandonase, hubiese abandonado, aún habría tenido alguna oportunidad de cara al campeonato mundial.

Y en la salida pareció que los dioses estaban a favor del teutón, el nervioso y aplicado don Sebastian. Salió la bala roja mejor y más rápido que la flecha de plata y Vettel le arrebató la primera posición a Hamilton.

Cuatro vueltas después los dioses, siempre caprichosos, decidieron que su piloto más amado era Hamilton y ya Vettel no estuvo en ningún momento otra vez en cabeza de carrera.

Pero fue un gran premio magnífico. Magnífico hasta el final. Sólo después del final consiguieron estropearlo. Dos alegres y estúpidas veces estropearlo.

Cuando Max Verstappen estaba a punto de subirse al merecidísimo, ganado a pulso con valor y enorme talento, los comisarios de pista -esa gente sin cara ni nombre concreto- decidió que el adelantamiento alucinante que le hizo El Salvaje Max a Rai el Hombre de Hielo, debía ser penalizado, porque el holandés había tenido las cuatro ruedas del monoplaza fuera de las líneas del circuito… por eso y quizá porque lo pidió o exigió Ferrari. Y para eso están las normas, como bien sabe cualquier abogado: para darle la razón al más rico o poderoso.

Los comentaristas no podían creérselo. El padre de Max no podía creérselo. Christian Horner no podía creérselo. Mi abuela, que estaba sentada a mi lado haciendo un bordado para el uniforme de mi primo el rapero, no podía creérselo.

-Pero si todos los coches han sacado las llantas, todas, alguna vez de la pista.

Mi abuela, que parece que no se entera, pero una galleta de chocolate mojada en ron no se entera. Normalmente me habría hecho gracia de que llamase llantas a las ruedas de los bólidos del Circo, pero yo, que soy el piloto número 21 y La Sombra del Tigre, tampoco podía creérmelo.

No aprenderé nunca; me doy un poco de pena. Me sigue costando digerir, como si mi destino fuese ser un adolescente eterno y eternamente cabreado, que no se respete el talento, que se le cape o coarte con normas, reglas o lo que haga falta, para anularlo. Porque el talento es raro, inusual; molesta y hasta da un poco de miedo.

La sanción a Max Verstappen fue pura basura. Que lo sacaran del podio con una decisión de velocidad absolutamente insólita e innecesaria me parece tramposa, miserable e injusta.

Y estaba dando un garbeo por la cocina cuando mi abuela, reina de los mejores bordados y calcetas del rock moderno, me llamó para que escuchase a Carlos Sainz, que estuvo magnífico, impecable e incontestablemente espléndido en su papel de piloto. Pero tuve que oírle decir que si no hubiese tenido que racionar la gasolina también habría adelantado a Esteban Ocon y habría quedado sexto. ¡Racionar la gasolina! Qué asco tan inmenso.

Les rompen el alma, y por eso yo escribo sobre ellos, a los pilotos de Fórmula1, a los fascinantes animales salvajes capaces de arriesgar su vida por una competición que, como todas, es solo un juicio. Y rompen el alma de los héroes con normas, muchas veces más estúpidas que mis dos gomendios.

Al Hombre de Hielo, que apenas conserva nada de su alma salvaje, le dio tal vergüenza la decisión tramposa que le devolvió el tercer puesto, que subió con gafas de sol al podium. Disimulemos.

 

Otro burbon, por favor.

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