Venezuela, una vez más Venezuela. Como la mayoría de las veces en las que América Latina fue noticia en los últimos años, quien acapara la atención es Venezuela, aunque esta vez debido a un hecho que la involucra, aunque no de manera exclusiva, y suma también a los ‘grandes Estados’ de la región.

La República del Perú, acompañada por el denominado Grupo de Lima que integran además del Perú, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá y Paraguay, decidió retirar la invitación al Gobierno de Maduro ‘conforme a lo establecido en la Declaración de Quebec adoptada en la III Cumbre de las Américas en 2001’.

Lo que hasta ahora se volcaba en declaraciones varias, incluso la suspensión de Venezuela como miembro pleno del MERCOSUR, pasó a ser el discurso oficial de las cancillerías de todos estos países, puesto que el argumento para tal acción es que en dicha Declaración se establece que ‘cualquier alteración o ruptura inconstitucional de orden democrático en un Estado del Hemisferio constituye un obstáculo insuperable para la participación del Gobierno de dicho Estado en el proceso de Cumbres de las Américas’. Es decir, los países del Grupo de Lima, excluyen a Venezuela del escenario de países americanos por entender que en dicho país hubo un golpe de Estado.

Este nuevo paso dado en esta partida de ajedrez que juegan Venezuela y sus vecinos del hemisferio no hace más que tensar la cuerda y aparece difícil un retroceso que sitúe a las relaciones entre estos países en una situación normal, máxime aún cuando los Estados más cercanos al país caribeños ‘sufren’ las consecuencias de la situación venezolana, y así por ejemplo en Argentina el crecimiento de las residencias de venezolanos aumentó un 1600% en 5 años, pasando de 1.907 pedidos en 2012 a 31.167 en 2017.

Y más compleja es la situación en los Estados que comparten frontera con Venezuela, Brasil por ejemplo decretó la “situación de vulnerabilidad” en el estado de Roraima dada la afluencia masiva de emigrantes venezolanos, y donde se estima que sólo a la capital del Estado han llegado 40.000 personas, incrementando la población de la ciudad en un 12,5%.

La situación es difícil, tanto para los venezolanos que continúan viviendo dentro de su país como para aquellos que deciden emigran buscando un mejor horizonte. En el primer caso porque la situación es de tal complejidad que a diario se conocen las dificultades económicas, políticas y alimenticias a las que se enfrenta la población. En el segundo, porque no siempre los países que acogen a estos emigrantes están preparados para tal afluencia. Argentina decidió flexibilizar los requerimientos legales para quienes llegan a su país procedentes de Venezuela, para intentar evitar el ‘embudo legal’ en el que se sumiría si quienes llegan no regularizan su situación. Brasil, por su parte, implementó medidas de ayuda humanitaria, puesto que los lugares de acogida no siempre están preparados para la afluencia masiva de tantas personas.

Y como cereza de la torta, Venezuela está aislada política y diplomáticamente en el hemisferio, donde sólo tiene apoyo en Bolivia, Ecuador y los países caribeños, encabezados por Cuba, que paradójicamente respaldan relaciones no económicas que se basan en un intercambio económico de petróleo.

Aunque parezca imposible, y repitamos una y otra vez el argumento, la cuerda se tensa cada vez un poco más, llegando a una tirantez impensada tiempo atrás, pero la cuerda aún resiste. Sólo cabe acertar cuánto resiste.

Hay quienes creen que la forma de cortarla es por medio de una intervención militar que desaloje a Maduro del gobierno y ‘muerto el perro se acabó la rabia’, pero es la peor decisión que se puede adoptar. Una decisión que no es solución y que sumiría a Venezuela en una situación aún peor que la que se vive hoy en día.

Pero es claro que tal como está, la realidad no es sostenible.

¿Cuál es la salida? No lo sé, y creo que la mayoría de los venezolanos tampoco.

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1 Comentario

  1. Lo siento por los venezolanos. Aquí, sin embargo, permanecemos invitados en todos los sitios “importantes” y ya no tenemos dudas ni laberintos de los que salir incluso nos hemos acostumbrado al hediondo olor a corrupción. Aquí lo tenemos todo claro, maloliente pero claro.

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