Las severas derrotas que sufrió el ejército italiano en el transcurso de la II Guerra Mundial, eran anunciadas por la prensa romana con titulares como el siguiente: “Nuestras tropas culminan con éxito una nueva retirada estratégica.” Esta manera de desinformar se adhería a la forma aterciopelada que adquiere la mentira para sugerirnos una nueva percepción transgresora de la realidad de un hecho. Como advertía Antoine De Saint-Exaupéry, el sentido de las cosas no está en las cosas mismas, sino en nuestra actitud hacia ellas. Y el equívoco puede ser la actitud más descarnada ante la verdad. En realidad, se trata de presentar la realidad como un malentendido. No hay mayor mentira que la verdad mal entendida, afirmaba William James.

En el contexto del problema catalán, o el problema español, el subterfugio se ha convertido en razón de Estado. Luego de haber abolido Rajoy cualquier tipo de solución política, dejando destilar la crisis catalana, como antes hizo con la social, hasta convertirla en un desorden público y un acto delictivo, se asegura que ya no podrá haber otras soluciones que no sea la fuerza del Estado para sofocar un motín, porque fuera de la política en eso se convierten los disidentes, en sediciosos. Lo peor de todo es que está solución es aplicable a cualquier ámbito de la vida pública de la cual queda abrogada la polémica en su sesgo más dialéctico y político. Sin embargo, como advertía Gerald Brenan, sobre la soluciones manu militare en las crisis de la Restauración canovista, tan parecidas a las actuales, “pero no se podía dejar de percibir como hacía falta, a medida que pasaba el tiempo, cada vez una cantidad mayor de fuerza para conseguir los resultados apetecidos.” Y, por consiguiente, unos mayores déficits democráticos para mantener la ley y el orden.

Los motines siempre han tenido mala fama mientras que las soluciones políticas requieren inteligencia y racionalidad, además de una comprensión emotiva del problema y, sobre todo, la posibilidad de que nuestra opción o la que conviene a nuestros intereses, no sea la más acertada o a un nivel polémico de igualdad, la del adversario político sea dialécticamente más convincente. Sin embargo, ¿quién no va a estar de acuerdo en que se aplaste un motín? Cuando hemos situado el problema en el ámbito del tumulto público y al adversario en el espacio de la insurrección, ya no hay opciones, sólo condena, penitencia y la ley como castigo. Es la ventaja de aplicar una abstracción a un hecho concreto, una vez que hemos situado el problema en el espacio del motín y fuera de la hegemonía de la política, es asunto de los jueces y la policía y al político filibustero sólo le queda contemplar cómo se le aplica el código penal a sus adversarios políticos.

Hay delitos para todos, para tuiteros, titiriteros, obreros, nacionalistas, bolivarianos, republicanos, izquierdistas y un partido político, manchado por la corrupción y la delincuencia común, dispuesto a movilizar togas y grilletes para defender a un cada vez más decadente franquismo sociológico.

 

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1 Comentario

  1. Tan pronto como usted cierra el artículo con filibusterismo en singular se empaña su mensaje.
    Mire, nadie, ni usted, ni PP, ni PSOE ni C´s ni PODEMOS ni nadie puede evitar estas situaciones que cada cual calificará. Solo falta oir que esto no es responsabilidad de algunos catalanes y sus sucesores quienes desde hace décadas vienen buscando la situación, todo lo contrario, esta situación de la que todos tenemos opinión es buscada por una parte de los políticos catalanes desde mucho antes que ningún político actual fuese algo en política.
    Su premisa, es vana. Companys ya ayudó a la ruina y baño de sangre posterior sin que ni un solo político actual hubiese nacido.
    A esta situación llegamos porque unos políticos catalanes lo han aprobado, no nos venga con subterfugios ni engañifas.
    Y ahora sí, en boca de alguien que ha estudiado el asunto, le doy mi opinión:
    John H. Elliott: “El victimismo catalán es el mismo que el de los serbios”

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