Como plantea Noah Harari en su obra Sapiens, la capacidad de un grupo para mantenerse cohesionado sobre la base de sus relaciones personales está reducida en un número que no va mucho más allá de 150 ó 200 personas. Es probable que se quede algo corto, porque imponentes generales de la Historia, como Aníbal, o Julio César, conocían el nombre y mucha de la idiosincrasia de un número mayor de soldados, a los que ofrecían un trato personalizado. El vínculo personal en lo que conocemos como Prehistoria hacía que todo el grupo pudiera funcionar colaborativamente como un solo individuo, permitiendo así la supervivencia de nuestra especie en un mundo donde el ser humano no era ni el más rápido, ni el más fuerte, ni el más fértil. Sin embargo, cuando se fue desarrollando la agricultura en lo que se ha dado en llamar la revolución neolítica, la población aumentó, y surgió la necesidad de inventar elementos abstractos cohesionadores que hicieran posible que grupos constituidos por miles de personas pudieran colaborar y no simplemente competir por los recursos. Estos elementos abstractos cohesionadores no son otra cosa -por poner algunos ejemplos- que los mitos, la religión, los nacionalismos, las aficiones deportivas… o las ideologías.

Lo que hemos comentado hasta ahora tiene una traslación directa a la política ¿Existe alguna diferencia entre la forma en cómo se relaciona con sus vecinos un alcalde de una pequeña población y la forma en cómo se relaciona con la gente un líder político de masas? Por supuesto. Ese es el objeto de este artículo: el tipo de vínculo que se establece entre el líder político, y la población a la que se dirige.

Un alcalde, especialmente si la población no es muy numerosa, puede, y de hecho así se hace normalmente, establecer un vínculo personal con la ciudadanía, especialmente entre aquellos que le han votado que probablemente serán los que más cuentas le pedirán, y los que serán más exigentes. Puede explicar personalmente las vicisitudes de las decisiones que toma, las presiones a las que está sometido, y las imposibilidades a las que se enfrenta. También puede argumentar su acción de gobierno con hechos, ya que el vínculo se establece por la mera contingencia de ser y de existir. Es decir, vas por la calle y la gente te pregunta. Acudes a los entierros, te interesas por los problemas personales de los vecinos, etc. En resumidas cuentas, no necesitas un vínculo abstracto. No necesitas ideología. En estas condiciones es suficiente con ser honrado, eficiente, y amable en el trato. Sobre todo, esto último. Se puede gobernar a salto de mata, y se puede ser populista. Y no nos engañemos, el populismo, cuando es para resolver problemas y no para perpetuarse en el poder, tampoco es tan malo.

Sin embargo, cuando en política una persona debe responder ante una masa de gente muy grande, el vínculo personal ya no funciona. No se conoce a los votantes, el contacto por la calle se considera amenazador y hace falta escolta, y las decisiones que se toman, la mayoría de las veces se hacen sin conocer el problema de primera mano, lo cual provoca lejanía y desconfianza. Para resolver estas cuestiones surge la Ideología. Ésta nos permite creer en alguien a quien no conocemos, y a la persona líder político, establecer vínculos lejanos que permiten mantener la cohesión de un grupo numeroso y disperso. Así puede desarrollarse una coherencia en la acción política entre personas que no se conocen.

De lo expuesto hasta el momento deducimos que hay dos formas de hacer política claramente diferenciada: la local, con sus vínculos personales y actitudes basadas en hechos, y la general, con vínculos ideológicos y actitudes basadas en promesas creíbles. En los dos casos es fundamental la confianza, pero mientras que un alcalde establecerá vínculos personales para ganarse la confianza de los votantes, un diputado, o un presidente, habrá de establecer los vínculos y la confianza basándose en cuestiones ideológicas y de creencias. Por eso hablamos tanto de Ideologías, porque, de la misma manera que no es lo mismo Perico, Juan o Andrés, tampoco es lo mismo Liberalismo, Socialdemocracia, o Democracia Cristiana. Habremos de esperar cosas muy diferentes de unas o de otras. Unas tribus adoraban al Dios de la Lluvia, y le hacían ofrendas de frutos y néctares; otras, adoraban al Dios Sol y le ofrendaban el corazón de los enemigos aún vivos. No es lo mismo.

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1 Comentario

  1. Fíjese usted, en mi país los que exigen y piden cuentas al alcalde son los opositores. Los populistas acogen todas las ideologías, que son todas ellas absurdas, desfasadas y agresivas contra el hábitat ahora que el hombre domina la totalidad del planeta. Aquí jamás seguimos a los caudillos sin el apoyo de los clanes en nuestra prehistoria, y aquellas mujeres tenian derecho a voto. Siendo algunas matriarcas de sus clanes. No seguimos a Anibal ni a César, les combatimos y desconozco las filias que usted establece. Yo vivo en un país donde todos son fascistas, los replicantes y rebeldes no tenemos lugar social.

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