De repente la música de una trompeta irrumpe en mi sueño, no sé si es parte de esa realidad onírica que me tiene aún anclado a la cama. La luz de sol amenaza exultante a mis ojos, estiro mis músculos como si fueran los de un gato, por fin abro los parpados y pestañeo para acostumbrarme a la claridad del nuevo día. Las once de la mañana de un domingo y ese eco de la trompeta sigue insistente fuera de mis sueños, procede de un grupo de gitanos, el compás lo marca un órgano eléctrico al ritmo de canciones populares, y no hablo del último éxito de los 40, si no de esas que recorren todos los pueblos, las cuales todo el mundo conoce, pero de las que ya no se sabe ni su procedencia. Me asomo a la terraza como si fuera llamado por el flautista de Hamelín, muchos otros vecinos han recibido la misma invocación, y allí nos encontramos ante un espectáculo de media hora de “los músicos con su cabra”, el elenco lo componen una familia de raza gitana o al menos una parte de ella. El presunto patriarca un tipo orondo hace los ademanes de director de orquesta mientras que un adolescente, que debe ser su hijo, interactúa con una cabra un tanto famélica, el animal dirigido hace sistemáticamente los mismos ejercicios; sube a una especie de taburete alto y gira en círculos, supuestamente danzando al son, para después saltar y volver a subir, los pulmones de un niño pequeño arrancan las notas de una deslucida trompeta, al mismo tiempo una señora casi tan oronda como el padre se pasea calle arriba, calle abajo, su función es llevar un sombrero o un platillo metálico e instar a las personas apostadas a sus balcones a deshacerse de sus monedas, si esa señora hubiera sido jugador de béisbol habría eclipsado a los más famosos receptores de la historia de ese deporte, pero si es cierto que algunas de las monedas se estrellaban contra el suelo antes de llegar a sus manos, al final del show los miembros de la familia recorrían la calle con el lomo doblado en busca de la calderilla perdida en el asfalto…

Así empezaba un domingo de hace muchos años, en un Madrid donde aún no proliferaban lo que hoy conocemos como artistas callejeros, un domingo donde aún existía la costumbre mayoritaria de ir a misa de doce, con el sentimiento de buen samaritano en esas monedas regaladas. Así se despertaban muchas ciudades españolas, de hace muchos años, en un domingo cualquiera.

Recuerdos de un pasado que vuelve, y es que cuando la crisis apremia y los oficios no dan ni para comer, resurge el artista callejero, en otros ojos, en otros lugares, en otros personajes y en este tiempo. Exactamente pasa lo mismo con los oficios perdidos, quienes nacieron a finales de los 80 en adelante nunca sabrán que es despertar al compás de estos nómadas de las calles, y ni tan poco sabrían reconocer el chiflo de las flautas de pan con las que el afilador hacía acto de presencia en los barrios, a lomos de su bicicleta cargada con el esmeril mecánico, el cuál haría las delicias de toda ama de casa, esas que hacían cola para afilar todos los cuchillos del hogar mientras amenizaban la espera charlando entre ellas. Pero como en todo, las culturas van cambiando los hábitos, este oficio se perdió con el progreso y la obsolescencia programada.

En el paso de los años y a medida que ibas creciendo te sumergías en la nueva vida, en una época tras la transición, en la que evolucionábamos hacia una sociedad donde la bonanza era casi igual para todos, donde nacía la clase social media-alta, en la que los préstamos, las hipotecas eran el pan de cada día, un tiempo donde incluso muchos se permitían rechazar un trabajo, pues a la vuelta de la esquina podían encontrar tres o cuatro más que se ajustaran a sus necesidades personales, fue durante éste periodo del siglo pasado, que había desterrado por entero de mi memoria a los músicos gitanos y al afilador.

Sucedió en Colombia, en uno de esos viajes que no son de placer, en uno de esos viajes en los que te sumerges entre la gente, en sus comunidades lejos de un complejo turístico, donde volví a recordar todo aquello, donde me sorprendí una mañana escuchando el chiflo colombiano del vendedor de frutas, el del jugo, el vendedor de zapatillas, de muebles, de plátano macho, de papaya, de lulo, aguacate… El comerciante va de casa en casa, de puerta en puerta, en las vías, entre los coches, en la carretera, en los semáforos donde coexisten con los artistas, que como la cabra de antaño hacen sus cabriolas (mucho más sofisticadas) para amenizar por un par de pesos la espera del semáforo. Esto sucede en un país donde entre otros factores la corruptela, la falta de trabajo y la idiosincrasia del colombiano hace que impere este tipo de actividad surgida de una fuerte desigualdad social, donde a la edad de 30 años si no tienes nada tangible, eres ya viejo para encontrar un trabajo, y esto hace que el temperamento colombiano salga a la calle y se la rebusquen para vivir al día.

Hoy, ya en España, no sólo he recordado la música de aquella trompeta o el chiflo del afilador, ni la fuerte impresión que tuve al descubrir los contrastes de la vida colombiana, hoy he vuelto a revivir todo aquello, y no porque desde hace algún tiempo en muchas calles céntricas impere el artista, o porque me sorprendan en un semáforo en una de esas arterias de Madrid con gran afluencia de tráfico, pero no con el típico paquete de clínex a un euro, sino con las piruetas de alguna persona animando mi espera y la de otros ciudadanos de esta urbe. No ha sido exactamente por eso, todo esto ha resurgido en mi memoria, desde que ahora los domingos las trompetas y el chiflo se han trasmutado, en un megáfono a lomos de una furgoneta, que escupe con insistencia ­—¡El chatarrero! ¡El chatarrero! ¡El chatarrero! —, para después enumerar todo lo que puede recoger de tu casa que has almacenado por esa cultura del “usar y tirar”. Y cuando ya había empezado a acostumbrarme a la nada suave voz del megáfono, los sábados y domingos a una hora temprana, hoy esta misma mañana tras el chatarrero, acaban de pasar los que te arreglan todo, que no sé cómo denominarlos, pero que te reparan desde los canalones hasta cualquier chapuza de tu casa….

Hoy, un lunes como otro cualquiera, de camino a por el pan, a una de esas pequeñas panaderías que aún todavía logran subsistir, otra vez me he sorprendido; a mis oídos llegó aquella melodía de antaño, las mismas notas del chiflo, por un instante viajé en el tiempo esperando ver a ese señor a lomos de su bicicleta gritando —¡El afilador! ¡El afilador! —.

Al final de la calle lo que encontré fue una estampa muy diferente; El afilador se ha modernizado, ahora va en camioneta, cambió la flauta de pan y el grito de guerra a pleno pulmón por la grabación en un megáfono, tampoco había mujeres en rededor charlando entre ellas amenizando la espera… El encanto de aquel entonces había desaparecido. En su lugar, sólo era alguien más tratando de rescatar algo de su economía recuperando oficios antiguos.

Claro que… España es diferente (léase la ironía), no hay corrupción, no existe un aumento de la pobreza, ni se abre una brecha en la desigualdad social, ni a partir de los 45 (por poner una media de edad), si no tienes nada tangible, eres ya viejo para encontrar un trabajo. ¡Qué va! Esto no existe en este país hoy día en pleno siglo XXI.

Lo que aún no sé es quién ganará la batalla a quién; si la obsolescencia programada o el afilador. La única certeza que tengo es que, por ahora, los únicos que nos ganan la batalla son: las corporaciones, los políticos y sus leyes y este sistema actual de dominio obsoleto que no va a ninguna parte, y en muchas ocasiones nuestra propia desidia fruto del conformismo.

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Donde nací no importa, sólo me considero un ser más de este mundo. Creo en la pasión de hacer las cosas, en la vida y en recordar que cada día puede ser el último, con la consciencia de que a veces también nos podemos olvidar de todo esto. Puedo decirte que escribo desde que tengo memoria, incluso mucho antes de saber leer o del arte de empuñar un lápiz, sobre historias improvisadas, de lo que fluye, de imaginaciones reales que seguro existieron en algún tiempo, en algún lugar sin saber exactamente donde y cuando. Aprendiz de la vida, de las relaciones, de la naturaleza que nos rodea… Siempre sentí que soy la primera lectora de mis palabras, y comprendí que una vez que las plasmas dejan de ser tuyas, y esto ya es liberador.

2 Comentarios

  1. Me gustó este texto, así es, retrata muy bien lo que sucede aquí y allá….pero hay algo que no comparto, aquello de “Sucedió en Colombia, en uno de esos viajes que no son de placer, en uno de esos viajes en los que te sumerges entre la gente, en sus comunidades lejos de un complejo turístico…”, pero ¿cómo que no es placer sumergirte entre la gente del país que visitas?, entre su cultura, entre su cotidianidad, lejos de complejos turísticos…si ese es el “verdadero viaje”, el que te permite conocer y entender qué siente, qué piesa, cómo viven sus habitantes, más en un país tan vital como Colombia…desigual, sin duda, pero con gente trabajadora, echada para adelante, que no se resigna ante nada y que a cada paso da lecciones de valentía, esfuerzo, “berraquera” y ganas de salir adelante…esas son las lecciones que dejan los viajes reales, esos en lo que es un placer y una ganancia estar por fuera del complejo turístico.

  2. Bueno a lo que me refería con que no era de placer, es más bien que no iba de vacaciones sí no por temas laborales.. Estoy contigo en el hecho de que es maravilloso sumergirse en un país, fuera de los complejos turísticos… Y fue una experiencia genial, pero un placer diferente al descanso vacacional… Que es a lo que quise referirme.. Gracias por tu comentario y leerlo… Un saludo

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