Y a usted, ¿qué le gusta? Quizá el mar, la lectura, pasear por la ciudad, jugar con su perro, salir con los amigos, bailar, huir al campo a respirar aire puro, el chocolate, dormir hasta tarde, hacer trampas a las cartas o el olor a pan recién hecho. La lista será larga y seguramente compatible en muchos puntos con la de otras muchas personas. Como lo será la retahíla de aquellos otros entes o acciones que no nos producen tanto placer: el rechinar de un tenedor al rozar el plato o entrar a la piscina y descubrir que el agua está helada. Sin duda mi favorito de esta última tanda es aquel de “no me gusta la música clásica”. “Es aburrida, para gente mayor, no la entiendo”. Cuando lo escucho, recuerdo aquello que me decía mi madre de niña al encontrarme plantada ante mi plato de comida y negándome a ingerirlo porque no me gustaba: “pero hija, ¿lo has probado?”. Me pregunto cuántos de aquellos que dicen no gustarle la música clásica, de veras la han probado, han escuchado un cd hasta el final sin quitarlo cinco minutos después por el prejuicio del aburrimiento o han asistido como público, al menos, a un concierto completo en vivo.

Si hablamos de gusto musical, entendido como la existencia de un placer estético ante un determinado género, encontraremos multitud de investigaciones de la psicología de la música al respecto. Por un lado aquellas que hacen alusión al contexto social analizando cómo la preferencia musical está influenciada por la familiaridad del estilo con el entorno propio, manifestándose como elemento de construcción y revelación de la identidad (Latham, 2001) o como hecho cultural que ayuda a percibir el mundo y a expresarse en él (Hormigos y Cabello, 2004). Por otro, aquellos que centran su mirada en el hábito y lo conocido, señalando que normalmente se prefiere la música que ya se ha escuchado previamente, que emplea el idioma del oyente o que es reflejo de su propia cultura (McDermott, 2012).

Muy interesantes resultan aquellas investigaciones que atienden al valor del gusto musical en un plano relacional, como vehículo para la diversión y elemento de nexo con otras personas y como medio evocador de recuerdos o sensaciones vividas en este sentido (Megías y Rodríguez, 2003). Representan un número importante los estudios relativos a la importancia del factor educacional en el gusto musical mostrando que, aquellos que desde pequeños tuvieron acceso a la escucha de un determinado estilo o a la práctica de un determinado instrumento en un contexto cotidiano, podrán más fácilmente decantarse hacia ese estilo (Bourdieu, 2002) en contraste con aquellos que han crecido en familias donde la relación con la música es más lejana. Arguedas (2004), por su parte, señala la importancia de la música en la educación primaria como motor de desarrollo de la sensibilidad estética y el gusto artístico.

Ver y escuchar un concierto de música clásica en directo proporciona sensaciones y conocimientos más que interesantes: música en vivo, sin amplificación, sin retoques, la creación compartida de un conjunto de intérpretes que experimentan la práctica común y única de dar vida, en ese concreto espacio-tiempo, a la creación artística de un compositor que quiso comunicarse con el público, mediante instrumentos que suponen auténticas piezas de artesanía y con una coreografía de movimientos naturalmente surgida de los sonidos. No solo encontrarán en el ambiente, como el prejuicio ampliamente extendido expresa, un motivo para relajarse, que también en ocasiones, sino que además descubrirán ritmo, intensidad, drama, nostalgia, belleza o extrañamiento.

No es ningún secreto que las personas se guían a menudo por etiquetas construidas socialmente para desenvolverse en su día a día. Es una herramienta que facilita asumir el acelerado ritmo habitual, proporciona algún que otro parapeto para mantener a salvo la autoestima y asegura plaza y continuidad en los diferentes grupos humanos que nos rodean. El estereotipo es muchas veces fácil y práctico, pero dificulta un proceso de reflexión sobre uno mismo y sobre el mundo que, personalmente, considero la salsa de la vida. Para todos aquellos que alguna vez han realizado la afirmación que abría este artículo dejándose guiar por el estereotipo que tanto daño hace a este género musical, aquí va una reflexión, la de que los gustos son una creación producto del contexto social, familiar, educativo, con la que podemos contribuir conscientemente, la que desvela entre líneas que a ellos, como a todos, también puede llegar a gustarle la música clásica solo que, a día de hoy, aún no lo saben.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorPlanazo de otoño: sofá + manta + libro
Artículo siguienteColiflor con chorizo y pato a la naranja
Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dieciocho − 16 =