Cuando salió a la calle supo que por fin no le quedaba nada. Acababa de empeñar su reloj, el Festina que le había regalado su padre cuando acabó la carrera. El que había venido enseñándole las horas durante tres décadas. Su imagen del tiempo.

No le habían dado por él tanto dinero como esperaba, pero tenía de sobra para lo que quería comprar. Lo pidió con la seguridad del experto, la marca y la añada. El dependiente se lo mostró casi entre reverencias, cogiéndolo con una tela, sin tocarlo directamente como se hacía en la antigüedad con los objetos sagrados. Ambos conocían el origen de aquel líquido precioso, un vino para entendidos, exquisito. Y carísimo. Nunca hasta entonces se lo había podido permitir. Pero aquel día no importaba, aún sobró dinero para un queso añejo de oveja por el que tenía predilección y para una propina que el tendero tardaría tiempo en olvidar.

Esa misma mañana se había despedido en la oficina. Apenas le había afectado. Dejaba atrás treinta y cuatro años de puntualidad y dedicación, de eficiencia y rigor en el contar dinero ajeno. No hubo efusiones. El trato con los compañeros siempre fue respetuoso y distante.

Comenzó a trabajar solo dos meses antes de casarse. Durante aquella primavera de dicha. Tan breve. La pobre, su esposa falleció jovencísima dos años después. Cuando su amor lo invadía todo, todavía. Creyó que nada podría resultar tan doloroso, que no lo podría soportar. Se equivocaba. Hacía dos semanas su hijo había fallecido, triste herencia, a la misma edad que su madre, de la misma enfermedad.

Entró en su piso, aquel que compraron juntos antes de la boda. Vacío, sin un solo mueble, se parecía aún más al que recordaba cuando lo vieron por primera vez. Se sirvió una copa de vino tras oler el corcho que acababa de sacar y de probar un pedacito de queso. Magnífico. Aquello era como beber un milagro. Una armonía que desde la boca le invadía el espíritu.

En una vida tan gris como la suya, probablemente en esto residía su única característica destacable. Su nariz prodigiosa. La había heredado por lo visto de su abuelo paterno. Como el gusto por el buen vino, la capacidad para captar matices, diferenciar procedencias, años. Disfrutarlo, en definitiva.

Sirvió una segunda copa. La primera, la de la sed. La segunda, la del placer. Otro pedacito de queso. Conocía los sitios de los que venían, de Valladolid el vino, de Palencia el de oveja. De lugares aparentemente humildes, de paisajes austeros, aparentemente pobres. Pobres, como la señora Hortensia, la anciana a la que su banco estaba a punto de desahuciar por haber puesto como fianza su casa para la hipoteca de un hijo insolvente. Sonrió. Imaginó la cara de sorpresa cuando se enterara de que le habían regalado un piso en el que terminar dignamente su vejez.

La primera, la de la sed. La segunda, la del placer. La tercera, la alegría. Ahora bebía sorbos más largos. Comía trozos más generosos. Sonreía más abiertamente. Pensaba en cómo se quedaría el día uno Gladis, la mujer ecuatoriana que el primer día de cada mes hacía un ingreso para enviar el poco dinero que conseguía, limpiando como una burra, al hijo que dejó en su país a cargo de los abuelos. Su expresión cuando comprobara el ingreso que alguien había hecho en su cuenta. Con ese dinero podría regresar para educar al muchacho y disfrutar de su familia.

La primera, la de la sed. La segunda, la del placer. La tercera, la alegría. Y la cuarta, es tontería. Su cabeza siempre había funcionado como un metrónomo. Puro rigor y equilibrio. Ahora su sonrisa era constante. Dejó en el suelo la copa que no volvió a llenar, junto a la botella mediada y el queso apenas comenzado. Desnudo, se apoyó en la barandilla del balcón.

Sabía exactamente cuántos segundos le quedaban.

Y no hubo más.

Entró volando en la muerte.

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