La idea de una tercera España es un paradigma ya apuntado por Salvador de Madariaga en los años cincuenta, como reacción al frentismo de las dos Españas en nuestra Guerra Civil. Aunque esta generación de intelectuales terminaron en el limbo del exilio y absorbidos por la derecha de Gil-Robles, el término quedo acuñado para esa España del rechazo a totalitarios extremos.

Parece como si en estos días haya surgido con fuerza este nuevo espacio de pensamiento. entre los dos nacionalismos enfrentados, el del separatismo y el indisoluble de la España, una, grande y libre. Este nuevo espacio, la mal llamada equidistancia, te desprotege de la tribu, te deja indefenso frente a los ataques de unos y otros. Como no respondes a los argumentarios identitarios de los bandos, eres el tercio excluso, probablemente ni eso, eres la minoría blanca, como se vio el otro día en la concentración de ese movimiento que se ha venido en llamar #ParlaremHablemos. Una tercera España a la que no se le rompe el corazón con una bandera, más al contrario se le hiela el sentimiento de tanto patrioterismo de cuartel y de barricada.

Lo peor de este tiempo ha sido, además de constatar la incompetencia de los políticos, responsables de llevarnos a esta situación, escuchar de nuestros vecinos lo peor de sus viscerales gritos frente al adversario. Estamos entre fanáticos a un lado y otro, en una batalla donde la primera gran derrotada es la verdad. En un mundo mediático tenemos la mayor de las desinformaciones por parte de las televisiones públicas. TVE y TV3 se han dedicado al adoctrinamiento, a la musiquilla militar del Nodo, a la descalificación del otro y a las palabras gruesas que nunca se debían haber pronunciado. Las palabras incendiarias de los partidos “constitucionalistas” y de los llamados “independentistas” dejan en la cuneta los buenos deseos de personas relevantes de la escena actual como nuestras alcaldesas Manuela Carmena o Ada Colau: “podemita dinamita”, “coleta metralleta”…

Pero lo peor de esta tercera España es nuestro sentimiento de pesimismo, de reconocimiento de un país donde no cabe el respeto a la democracia, ni a la identidad de los pueblos, al reconocimiento del diferente y a buscar soluciones pacíficas a los mismos conflictos que no hemos resuelto durante siglos. Es el pesimismo de no verse en el espejo del “a por ellos” ni en el de “español el que no bote”. Es el pesimismo de los que no entendemos ni la España de la pandereta, ni la de estar todos los días con el megáfono en la calle. Desgraciadamente del famoso verso de Machado “la España que bosteza” sigue escondida o dormida esperando el beso del príncipe o la princesa que lo resucite de tantos años de mala leche española.

España ha enterrado a muchos de estos “terceristas” sin pena ni gloria, en el exilio normalmente, o algunos olvidados por los regímenes del momento: Max Aub, Rosa Chacel, Josep Pla, Clara Campoamor, Julian Besteiro,… En estos días leo a un personaje como Manuel Chaves Nogales, como un ejemplo de esa España que no se reconoce en el tribalismo del dogmatismo bandista: “en las grandes ocasiones siempre digo algo inconveniente”.

 

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