Una revisión de la obra de Pablo Auladell, Premio Nacional del Cómic 2016

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El pasado día 27 de Octubre, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte otorgó el Premio Nacional del Cómic a Pablo Auladell. Este galardón, que culmina así su décima edición, distingue a la mejor obra de esta disciplina publicada en España durante el año 2015.

Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Alicante, ciudad en la que nació en 1972, Pablo Auladell es conocido también por su faceta de ilustrador. Es docente de la Escuela de Ilustración italiana Ars in Fabula, y en 2005 obtuvo el Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil a las mejor labor de ilustración de libros infantiles y juveniles por su trabajo en Peiter, Peter y Peer y otros cuentos de Hans Christian Andersen (Anaya, 2004). Entre sus publicaciones como ilustrador se cuentan La feria abandonada (Barbara Fiore, 2013), La leyenda del Santo Bebedor (Zorro Rojo, 2014) y La puerta de los pájaros (Impedimenta, 2014). Sus últimos trabajo en esté área han sido los clásicos de Mark Twain Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckelberry Finn (Sexto Piso, 2016).

Su trayectoria en el mundo de los tebeos comienza a finales de los años noventa, en plena debacle de la industria nacional, cuando la autoedición era prácticamente la única alternativa posible para poder publicar historietas. Así, pasa estos primeros años realizando historias cortas en diferentes fanzines. En 1998, el Instituto de la Juventud convoca el primer certamen nacional de cómic, lo que supone un hito en la carrera de muchos autores españoles como Andrés G. Leiva, Santiago Valenzuela, Francisco Marchante, Alberto Vázquez, Marcos Prior o José Robledo. Auladell participa en dicho certamen, que acabará ganando en el año 2000. De esta forma, recibe una oferta para publicar una obra por parte del recientemente fallecido Paco Camarasa, personaje fundamental dentro del nuevo impulso que estaba recibiendo la historieta en nuestro país con el cambio de milenio.

Es así como verá la luz El camino del titiritero (De Ponent, 2001). Leída ahora, resulta evidente que nos encontramos ante el trabajo de un autor novel: su estilo gráfico está todavía sin desarrollar, situándose a medio camino entre Dave Mc Kean y Ricard Castells. Su argumento, en cierta medida de carácter autobiográfico, narra la encrucijada en la que se encuentra un joven cantautor de provincias que deambula por Madrid, que ha comenzado a flaquear en sus convicciones y está atormentado por sus principios. La obra resulta nominada al premio al Autor Revelación del Saló del Cómic de Barcelona en 2002.

Después, se dedicará a realizar historias cortas para diferentes publicaciones, incluyendo algunas obras de carácter colectivo. Entre estas últimas hay que recordar su participación en la adaptación de la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas realizada por Karim von Taylhardat (Sinsentido, 2002), donde Auladell dibuja el tercer episodio, y especialmente, Clavileño, el Alígero, episodio que forma parte de la recreación de un conjunto de capítulos del Quijote, que se tituló Lanza en astillero (Sinsentido, 2005), donde, desde mi punto de vista, ya se ha producido un salto cualitativo en el buen hacer del autor.

Así llegaría su segunda obra larga, La torre blanca (De Ponent, 2005), que obtendría un buen recibimiento por parte de la crítica. En ella ya prácticamente no se perciben influencias de Mc Kean y el estilo definitivo del autor se comienza a perfilar, sobre todo en las páginas a color.

Personalmente, es una obra por la que siento una gran debilidad: nos dibuja de una manera muy certera ese periodo terrible por el que pasamos los adolescentes timoratos, apabullados por el encanto y el misterio de las chicas, a la vez que nos sentimos fuertemente violentados por el comportamiento de nuestros amigos y el resto de muchachos de nuestro entorno. La torre blanca, en ese sentido, es un relato de justicia poética, al presentarnos una revancha amarga propiciada por el implacable paso del tiempo, que comienza a realizar su devastadora labor de manera casi imperceptible.

Ya por entonces recuerdo haber pensado en que si un autor de tebeos había conseguido una obra tan sutil, éste tendría que acabar necesariamente obteniendo el reconocimiento público en el futuro. A pesar de estar nominada al premio del Saló del Cómic de Barcelona de 2005 en las categorías de Mejor Obra y Mejor Dibujo, Pablo debe contentarse con obtener, esta vez sí, el premio al Autor Revelación. Revisada y ampliada en una nueva edición en 2010, La torre blanca todavía sigue teniendo recorrido: con motivo de su publicación en Italia, este año ha estado nominada a la Mejor Obra en el Festival Internacional de Lucca.

Auladell colaborará en su siguiente trabajo con uno de sus referentes en el mundo del tebeo, Felipe Hernández Cava. Soy mi sueño (De Ponent, 2008) es una obra compleja, difícil de leer y difícil de entender, abierta a diferentes interpretaciones. Narra el encuentro entre el comandante de la Luftwaffe Erich Hafner, hijo de un piloto militar y una artista judía, y la anciana Solaya, una chamana tártara que le cuida después de un accidente. Esta historia toma como punto de partida un episodio de idénticas características que sufrió el artista del movimiento fluxus Joseph Beuys en Crimea durante la Segunda Guerra Mundial. Hernández Cava exige mucho al lector, como suele ser su costumbre, llegando a rayar en lo críptico en determinadas ocasiones. Por estas páginas desfilan Karl May, el Poderoso Gustav (el mayor cañón construido por el hombre), querubines de Rafael, Stalin, el Barón Rojo y la Legión Cóndor, citas literarias, artísticas y filosóficas (Isaac Babel, el arte degenerado, Schopenhauer).

En esta obra encontramos diferentes elementos que confieren a su lectura un carácter ciertamente experimental: la acción no es lineal, las alucinaciones provocadas por las drogas que Solaya suministra a Erich para su curación -en todos los sentidos- se insertan súbitamente en mitad de la acción, así como las conversaciones telepáticas que se producen entre ambos personajes. El esquema general de Soy mi sueño esté minuciosamente elaborado, provocando en el lector una extraña sensación, casi onírica. El álbum presenta una rígida estructura en dos niveles, impuesta por el guionista: no sólo está fijada la composición de viñetas que tiene cada página, sino que la estructura de las páginas se repite en cada capítulo.

A crear esa atmósfera contribuye de forma sobresaliente el sutil trabajo de Auladell, que con sus elaboradas texturas complementa perfectamente el preciso guión de Hernández Cava. Su dibujo muestra ya aquí rasgos mas personales, al menos identificables con los del Pablo ilustrador. A estas alturas, ya ha obtenido un gran dominio de las técnicas narrativas del medio: lejos de despistarse con las exigencias narrativas de la obra, influye de manera determinante en su legibilidad.

Al igual que Beuys explicaba sus obras a una liebre muerta que representaba a la sociedad que trataba de sanar, Hernández Cava se había fijado como guionista la meta de desarrollar el género del cómic para adultos, que comenzaba a salir en aquellos años de una profunda crisis. Su sueño, su misión, parece que comienza a dar sus frutos, aunque el enfermo siga todavía necesitado de permanentes cuidados.

Y si no, que se lo pregunten al propio Pablo Auladell. Como él mismo relata, desde que comenzara a trabajar en El Paraíso perdido, allá por 2010, hasta su conclusión definitiva el año pasado, el proyecto estuvo varias veces a punto de de irse al traste. Antes de recibir el Premio Nacional, la adaptación ya se había traducido a cuatro idiomas.

Los mas de diez mil versos de Milton cumplirán trescientos cincuenta años el año que viene, pero sólo unos pocos de ellos han pasado a formar parte de las mas de trescientas páginas del cómic. Sólo se transcriben los más emblemáticos, sirva como ejemplo aquel en el que Satán describe su carácter trágico y que presta título al primer episodio: “Better to reign in Hell than serve in Heaven” (“Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”). No nos enfrentamos, pues, a los pentámetros yámbicos de Milton, sino a la lectura que hace de ellos Pablo Auladell.

A medida que avanza la obra, esta va ganando en fuerza e intensidad. Sin menospreciar la complejidad del proyecto, es palpable como su autor se va introduciendo en su tarea de una forma cada vez más intensa, hasta tal punto que el mismo Auladell reconoce, parafraseando al ilustrador polaco Józef Wilkon, que sólo al terminar de dibujar el libro se sintió con la capacidad de comenzar a dibujarlo.

El jurado del Premio Nacional del Cómic indicó en su comunicado que había seleccionado esta obra por “el gran valor artístico y la fuerza visual inspirada por la intemporal visión de Milton, su tratamiento del color, el uso original de la iconografía y la narrativa que consigue al mismo tiempo ser arquetípica y plenamente actual”. Así es: el dibujante aleja sus personajes de las representaciones clásicas, como las que realizaran de ella William Blake o Henry Fuseli, adoptando códigos de marcado carácter renacentista, con una personalísima puesta al día, como se pueda apreciar en su escenificación del pecado original o en la representación de los arcángeles Rafael y Gabriel. El mismísimo Cielo parece extraído de alguna imagen de ciudad ideal de esa época. Satán se transforma en el Dante de Botticelli cuando se coloca el gorro laureado, transformándose así en el narrador de su propia tragedia.

En cuanto al uso del color, debo hacerme eco de los elogios generalizados. La vitalidad que introduce en la narración es admirable, y en determinadas páginas, su sabia utilización y sus tonos tenues generan infinidad de páginas de una belleza indudable.

Supongo que con el tiempo, alguna lumbrera acabará concluyendo indebidamente que esta obra debe mucho al Sandman de Neil Gaiman (especialmente con el arco argumental Season of Mists) y, de paso, también al Lucifer de Mike Carey. Quítense esa idea de la cabeza, ya que carece de todo fundamento: en el primer caso estamos hablando de una adaptación directa de la teodicea de Milton, mientras que el guionista inglés incorpora elementos de leyendas clásicas de diferentes fuentes literarias (entre las que se encuentra El Paraíso perdido), mitologías y cuentos populares para construir su mundo de fantasía, ofreciendo una visión de Lucifer, Satán y el Infierno completamente diferente de la que muestra la tradición cristiana.

La última historieta que ha publicado Auladell es corta, pero muy bonita: se titula Dos mañanas, y se puede encontrar en el segundo número de la revista La resistencia (Dibbuks).

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Juan Agustí nació en Madrid en 1962. Licenciado en Matemáticas por la Universidad Autónoma, ha orientado su carrera profesional al mundo de las Telecomunicaciones. Documentalista y catalogador de la historieta, ligado al proyecto Tebeosfera desde el año 2009. A partir de 2014 es redactor de la revista Tebeosfera.
Dirige los blogs La mirada estrábica y Arte a las ocho.

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