Cataluña, convertida en un motor de la industrialización y del capitalismo, ve en la protección del medio ambiente una traba para su desarrollismo, para el crecimiento sin límites de sus clases bien estantes, lo que, a todas luces, aleja su proyecto republicano de los valores propios de toda república contemporánea.

Los advenedizos del independentismo, los miembros de un partido de nombre camaleónico, el PDeCat, hoy camuflados en la lista de Puigdemont, Junts per Catalunya, se niegan a restituir la Consejería de Medio Ambiente, que fue liquidada en 2010 por el expresidente Artur Mas. El delfín de Jordi Pujol superó a su maestro y descuartizó dicha consejería repartiendo sus competencias entre las carteras de Urbanismo y Agricultura. Resulta que Medio Ambiente, azuzada por los ecologistas, se había convertido en una china en el zapato para los especuladores urbanísticos, el negocio de la nieve y el turismo de playa; la agroindustria, sus cerdos y transgénicos; los mercaderes de residuos, áridos e infraestructuras, entre otra gente de bien, de familias de alcurnia, puntales del país. No podía ser que unas pocas alondras impidieran la construcción de un aeropuerto en Lleida, que una estación de esquí viera anulada su ampliación porque una osa decidiera hibernar en el valle deseado o que unos pájaros esteparios en peligro de extinción limitaran las hectáreas de regadío del flamante canal Segarra-Garrigues. Alguien tenía que parar tanta sensibilidad hippy, que iba en contra del progreso de unas empresas vitales, para algunos. Artur Mas, pues, remató la faena que su mano derecha, Felip Puig, y después los “verdes” del Tripartito habían empezado con la mezcla de la Consejería de Medio Ambiente con las carteras de Urbanismo y de Vivienda.

Hoy en día, una plataforma de grupos ecologistas y otras entidades afines han pedido formalmente al presidente Joaquim Torra, de Junts per Catalunya, que atienda también las peticiones que recibe desde la izquierda, de Esquerra Republicana, y restituya la extinta Consejería, ya que ese fallo resulta inaudito en pleno siglo XXI, cuando en la Unión Europea tenemos un Comisario de Medio Ambiente y en el nuevo Gobierno de España, un avanzado Ministerio para la Transición Ecológica. No es de recibo que, en plena lucha contra el cambio climático y otros muchos desmanes, un gobierno prescinda del organismo encargado, de forma prioritaria y exclusiva, de la protección medioambiental.

El patriotismo verdadero no se demuestra con banderas ni brindis al sol, sino mediante el respeto hacia la naturaleza, la fuente de toda vida y la base necesaria para cualquier nación. ¿Es que algún país, republicano o monárquico, puede medrar asfixiado por una contaminación extrema, sin materias primas y con un patrimonio natural devastado? Quizás sea el medio ambiente uno de los pocos puntos en común entre todos los humanos y, aun así, hay quien lo considera prescindible. El problema que tenemos en Cataluña es que nuestros gobernantes son de ese parecer, lo que resulta insostenible para todos.

 

David Colell Orrit

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1 Comentario

  1. El artículo parecía interesante hasta que he visto esta frase : “El patriotismo verdadero no se demuestra con banderas ni brindis al sol, sino mediante el respeto hacia la naturaleza”. De lo más absurdo que he leído en mucho tiempo.

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