Siete de la mañana de cualquier día de hace unas semanas. Recién aprobada su tesis doctoral y con dos idiomas, Lucía, se fue a buscar el autobús urbano para ir a un supermercado en el que había logrado una entrevista de trabajo. A su llegada a la tienda se reunió con el encargado de la empresa, éste le presentó su contrato de una manera idílica; – te formarás e irás alcanzando un salario mayor a medida que cojas experiencia dentro de nuestra familia – le decía el encargado. La verdad es que la chica salió entusiasmada con su nuevo puesto de trabajo, lo había conseguido, mientras que otros muchos ciudadanos no eran capaces de alcanzar dicha meta. 

Cuando regresó a su casa y leyó con interés su contrato, descubrió como la supraestructura que le habían montado era completamente falsa. Su contrato de formación era más bien un formato de explotación que se regulaba en un papel firmado. Tendría que trabajar de lunes a viernes con una jornada de ocho horas y casi doce el sábado, un empleo por el que recibiría un salario de 500€ al mes, es decir, 2.30€ la hora. 

La mujer no tuvo dudas, topó con la realidad y a la mañana siguiente se dirigió al mismo lugar para romper aquel papel mediante el cual la contrataba, no estaba dispuesta a que, con su formación, la explotaran por quinientos euros. – La pena de todo esto, es que ustedes abusan de la necesidad de la gente para pagar salarios basura – dijo Lucía antes de retirarse. 

Este día aprendió una lección de peso, el engaño que nos venden cuando hablan de recuperación del mundo laboral. Descubrió la falsedad que encubre la realidad de la explotación, los salarios precarios y la falta de derechos laborales para proteger a los trabajadores. 

Son muchas las personas que por necesidad han aceptado un empleo indigno, que roza la vergüenza y al que, encima, han tenido que agradecer no perder su casa o volver a vivir al amparo de sus padres. Sí, han abusado de la  necesidad de la gente para mantener la estabilidad de un mercado inhumano y alejado de las desigualdades sociales, centrado solamente en sus intereses y sin importarles demasiado cómo pudieran vivir los que peor lo han pasado durante estos años. No olviden esta historia y, cuando vean en las noticias una mejora del empleo, recuerden que es a costa de un mercado laboral precario, injusto y desigual. 

Esta es una razón de peso más para presentar una moción de censura al gobierno del PP. Hay que cambiar al gobierno que ha capacitado la peor situación del mundo laboral desde mediados del siglo XX. Pero esta moción no puede ser un espectáculo en el que Pablo Iglesias se pasee por el Congreso de los Diputados buscando el protagonismo de los micrófonos, sin más intención que dañar la imagen del Partido Socialista en vísperas de su Congreso Federal. Necesitamos la unión de las fuerzas progresistas, el diálogo entre ellas y la construcción de un cambio de rumbo que de paso, entre otras muchas leyes, a una nueva situación para los trabajadores de España. La fuerza del trabajo debe volver a recuperar la dignidad y, por ello, la moción tiene que asegurarse su triunfo; hay mucho que cambiar y no es momento de juegos parlamentarios. 

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