Renacimiento

Hace bastantes años, algunas pinturas rupestres se sirvieron de las protuberancias en la roca para dar relieve al trazado de los dibujos. Pero, más que nada, lo que hacían era darles una impresión de volumen. Salvo contadas excepciones, la perspectiva, no aparece hasta el Renacimiento (o puede ser una de las causas de este). En este Renacimiento, que nos acabaría llevando al humanismo, la perspectiva conlleva una relevancia del punto de vista, del que mira, admitiendo su subjetividad. Del que piensa. Del individuo. Para un servidor, por ejemplo, es relevante la relación que pueda haber entre La Trinidad y La Expulsión De Adán y Eva, ambas pinturas de Masaccio. Si La Trinidad es uno de los primeros ejemplos de perspectiva visual, el retrato de Adán y Eva muestra la perspectiva conceptual del artista como individuo: un Adán y Eva retratados entre desesperados y acongojados ante la conciencia de las consecuencias que van a tener sus actos. Sé que exagero, pero me hace sentir que son los primeros Adán y Eva retratados libres, sólo que lo único que advierten es, todavía, el aplastante peso de la responsabilidad que toda libertad conlleva. El arte, podríamos decir, pasa de la verdad objetiva de lo plano a la otra verdad: la subjetiva del artista como individuo observador. De una representación plana que lo dice todo, a la constatación que podría haber tantos todos o representaciones como miradas individuales desde cada lugar: dependiendo de quién se coloque, o incluso, de dónde se coloque uno mismo, lo relevante del paisaje es una cosa u otra. Incluso podríamos decir que una representación (va, politicemos ya un poco y veamos aquí una Constitución, del ’78, por ejemplo) ya es suficiente, frente a las diferentes versiones de representación como constituyentes de meras interpretaciones de la realidad a presentar. Simplificando: pasar de un mundo, plano y fácil, a un complejo entramado de mundos. Entonces, la visión que en ese momento pasa a ser antigua, de lo plano (y aquí ya podríamos entrar a Casado y Rivera) es, a lo sumo, bidimensional: una dimensión verdadera (la que tiene razón como realidad), frente a otra falsa (la que es errónea, fuera de la realidad). Exagerando un poco, yo soy el que ve la verdad tal como es; es decir, la realidad.

Ya sumergidos en la política actual, la Constitución sería el marco establecido. Un marco que encuadra un paisaje plano, gótico, donde lo que queda afuera, queda fuera de la realidad (recuerden, ahora, Arrimadas gritando que los independentistas viven fuera de la realidad; en Matrix, le gustaba decir, olvidando que la película es un canto al amor como única salida al desastre de la humanidad, y no el odio y el conflicto). Pero ese inmovilismo de divisar solamente un plano, estático y anclado en el tiempo, corre el riesgo que la sociedad sí sea cambiante en las afueras, y que finalmente no acabe reconociéndose en ese paisaje que nos ofrece la Constitución.

Esa inviolabilidad de la Constitución (ya personificada en la inviolabilidad del Rey) a la que se aferran Casado, Rivera y, también, Sánchez, parece que sean unos pies de plomo, pero no como metáfora de la prudencia, sino como una pesada ancla mientras la marea de una sociedad cambiante va subiendo. Me podrán decir que la mayoría de esta sociedad no quiere cambio alguno. Les podría responder dos cosas diferentes: que, a veces, el voto tarda más tiempo en cambiar que el mismo individuo que vota (y, si la derecha lo intuye, apelará más al miedo que al conservadurismo) o que, ciertamente, la mayoritaria sociedad española no desea ningún cambio profundo (entonces, me apuntaré otro guioncito para ser independentista).

Pero, regresando a la perspectiva, decía que se pasaba de un mundo plano y fácil (y debería haber dicho cómodo), a un complejo entramado de mundos. Y, aquí, nos podríamos plantear, ante tantos mundos, no solamente en cuál de ellos preferimos vivir, sino, también, cuál de ellos se acerca más a la realidad en la que vivimos.

Cuando uno mira todo lo sucedido en Cataluña y España en los últimos meses o años (en el heroico caso que la avidez de continuos sucesos se lo permita), creo que, en primer lugar, uno debería observar con detenimiento dónde tiene los pies. Porque da la sensación que ese pequeño lugar que delimita donde se asienta uno en el mundo, es el que teje el discurso de las personas… y el que desteje los discursos que escuchamos de los otros. El punto (pequeño, ridículo, casi infame) donde se ancla nuestra propia perspectiva, es el que acaba determinando el enfoque que le damos a las cosas, la velocidad con la que vemos pasar los sucesos, el campo de visión que abarcamos, incluso la interpretación de la distancia (recuerden, los que tengan una edad analógica, el concepto fotográfico de la profundidad de campo, que alteraba la interpretación de la distancia entre los objetos retratados). Parece que, al menos, el mundo de la política (e incluyo políticos con su retórica y ciudadanos que la escuchan) ha perdido un poco de vista tal obviedad. Cualquier discurso nace ya anclado en un punto establecido sin posibilidad de admitir ningún paisaje posible diferente al que uno ve.

Respecto al tema de Cataluña, esto vale tanto para independentistas como para unionistas, para nacionalistas catalanes como para los nacionalistas españoles (usualmente denominados no-nacionalistas o, también, patriotas).

Mediación

Antes de seguir, dejemos por un momento de lado la política en general y centrémonos en el individuo. Porque, como individuo, antes de mirar el paisaje (o mientras tanto), opino que uno debería mirar dónde tiene los pies anclados, desde dónde uno sujeta el mundo. Y este simple ejercicio hace aparecer una nueva perspectiva: la distancia de uno con uno mismo. Creo que es en esta distancia donde aflora la duda, la relatividad de visiones tan afianzadas, la posibilidad de un espacio donde quepa, también, la mirada del otro. Y un cierto escepticismo ante las verdades de uno mismo.

La imposibilidad de establecer esa distancia con uno mismo (y sus posiciones políticas) para dar cabida al otro, es lo que requiere una mediación. Hay políticos catalanes que están reclamando una mediación internacional (aunque, más bien, deberían decir externacional, sería más fácil por menos agresivo). Naturalmente, un servidor no sabe si lo hacen con convencimiento o para marear la perdiz; si quieren cargarse de razones para poder decir miren, Pepito no quiere que nadie medie, no quiere una solución, o porque están convencidos de tener la razón (es decir, que su perspectiva es la correcta y objetiva) y que, desde fuera, pues claro, por una cuestión de lógica, se la reconocerán. Pero en aras de solucionar el conflicto o, como un servidor opina, este proceso que nos lleva a un conflicto aún por llegar, reclamar una mediación es una absurdidad por una razón: se media para buscar un punto medio entre dos opciones… y se requiere tal mediación cuando, entre los que ostentan estas dos opciones, hay, relativamente, una correlación de fuerza.

Una correlación de fuerza (o de poder)

¿Alguien, entre ustedes, cree que hay algo susceptible de parecerlo entre la fuerza del Estado (política, mediática, policial, militar, jurídica) y Cataluña? Cuando acaben de reír, veamos si me secundan el siguiente argumento:

1) Tras los hechos del 1-O, del 155, de la intervención de la justicia en la política, los líderes independentistas realizan que, en el fondo, su única opción de contrarrestar la fuerza del Estado es la movilización o insurrección popular.

2) Aunque no lo digan, saben que el resultado del 1-O no está legitimado (el porqué, ahora, es secundario), y las elecciones del 21D los dejan aproximadamente en el 48% de votos. Y por muy independentistas que sean, saben que, ante el mundo (que los incluye), eso no justifica un alzamiento popular.

3) Creo que el juez Llarena se sirve del punto 1 (la única opción de los independentistas es la insurrección popular) para apreciar una futura violencia (porque el estado no lo permitirá), pero que, a conveniencia (política), omite los actos que corroboran el punto 2 (que son, en el fondo, la ausencia de unos actos que reclamen esa insurrección).

Yo no sé si lo anterior es cierto, claro, solamente es una opinión de alguien que intenta mirar más allá de sus pies y con el convencimiento que llega menos lejos de lo que cree. Que seguro solamente ve una parte del paisaje. Pero, ni que sea por entretenerse, supongamos que pudiera ser así.

Paisaje

En este supuesto, si así fuera, se me plantea que estamos ante una gran oportunidad y, paralelamente, ante un gran peligro.

La oportunidad es que el pragmatismo de Podemos (sí, sí, ¡he dicho pragmatismo!) al respecto de un referéndum en Cataluña, pueda inmiscuirse en el platonismo constitucional

de Pedro Sánchez y las élites de Madrid (no entendida como ciudad, sino como la corte de decisiones políticas y financieras, corte del poder y de la fuerza). Pues cierto platonismo capitalino cree que el poder, más allá de su uso, es algo abstracto, como una idea eterna siempre a mano (algo así como una Constitución), pero la historia nos demuestra que eso no es así. A veces (léase, por ejemplo, la caída del Muro de Berlín) un simple pulso sorprende a todos al demostrar una nueva correlación de fuerzas que nadie creía presente. E incluso sorprendente para esa nebulosa de grandes expertos. Creo, así, que la posición de Podemos es, más allá de sus convicciones democráticas o intereses políticos, pragmática, porque tiene en cuenta la posibilidad de ese gran peligro que señalaba en el párrafo anterior y que les doy mi visión a continuación.

Las urnas no las carga el diablo, sino individuos que votan. Por muchos sondeos, encuestas y vaticinios de expertos, suele haber un vaivén entre lo pronosticado y el resultado. Puede que sea mínimo, pero ¿alguien se atreve a asegurar que el independentismo no superará el 50% en unas próximas elecciones autonómicas? Tras meses y meses de la señora Arrimadas vociferando ustedes son minoría (y con un lenguaje sumamente agresivo y despectivo que solo hace que sembrar odio y desprecio entre unos y otros), ¿ustedes creen que todo seguirá igual si el independentismo adquiere la mayoría social? Tal vez valga la pena detenerse un momento y dejar que pasen de largo tantos sucesos diarios. Detenerse a observar dónde uno falca sus pies, pero, también, en el caso que el anterior supuesto se dé, dónde estarán los pies de cada uno. Porque, no se engañen, el paisaje no será el mismo. Hasta, tal vez, resulte que no exista el paisaje tal como lo entendemos, sino interpretaciones de este con cada visión. Al paisaje, al de verdad, poco le importamos: para él, tan solo somos sucesos con pies que van pasando rápidamente. En nuestras manos, como individuos, está el permitir, o no, que los sucesos nos devoren, o convertirnos incluso en las plantas de sus pies, ya sean pies españoles o pies catalanes.

Pero, mientras tanto, los Casado y Rivera, con la connivencia de ciertos medios que confunden el informar con el servir al Estado, continuarán insistiendo que el mundo es una única realidad plana y objetiva, la suya, la verídica. Y claro, encerrada en el marco inamovible de la Constitución.

Permítanme concluir con una cita al Wanderlust (página 113) de Rebecca Solnit: Si el cuerpo es la experiencia de lo real, leer con los propios pies es real de un modo en que leer con los ojos no lo es. Y a veces el mapa “es” el territorio.

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3 Comentarios

  1. “Pero, mientras tanto, los Casado y Rivera … continuarán insistiendo que el mundo es una única realidad plana y objetiva, la suya, la verídica. Y claro, encerrada en el marco inamovible de la Constitución.” ¡Qué intolerantes que no piensan lo que yo quiero le ha faltado decir!. Ya se ve lo objetiva que es su visión de la realidad, oiga.

  2. “continuarán insistiendo que el mundo es una única realidad plana y objetiva, la suya, la verídica. Y claro, encerrada en el marco inamovible de la Constitución.” Es justo lo que muchos pensamos de su segregacionismo supremacista identitario. Ala, a venderle el cuento a su rebaño oiga.

  3. “continuarán insistiendo que el mundo es una única realidad plana y objetiva, la suya, la verídica. Y claro, encerrada en el marco inamovible de la Constitución.” Es justo lo que muchos pensamos de su segregacionismo supremacista identitario. Ala, a venderle el cuento a su rebaño oiga.

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