Habrán escuchado mil veces expresiones del tipo “tiene una oreja enfrente de la otra” o “en vez de orejas tiene dos torrijas” para referirse a aquellas personas que se considera no han sido dotadas con la gracia de un buen oído musical. Les tranquilizará saber que, más que por efecto divino, esta cualidad, a partir de las determinadas condiciones que cada uno posee, se educa, modifica y construye poco a poco, de forma paralela a nuestro desarrollo vital. Recuerdo cuando de niños asistíamos en los veranos a cursos pedagógicos musicales y jugábamos a averiguar la nota exacta que se escondía tras determinados sonidos cotidianos, soplando por la boca de una botella de coca-cola de cristal o haciendo tintinear una copa, sin darnos cuenta de que, esta gimnasia del oído, entre otros muchos factores sociales y culturales, ha ayudado enormemente a que hoy disfrutemos de unas mejores aptitudes musicales auditivas como adultos.

En su libro Recordar, el psicólogo Frederic Charles Bartlett trabaja con material narrativo, comparando  las reproducciones de dos grupos de estudiantes con diferentes procedencias culturales, ingleses e hindúes, de la historia de “El hijo que intentó ser más listo que su padre”. En pocas palabras: un niño le dice a su padre que se va a esconder en un lugar en el que nunca lo encontrará. El niño se esconde en un cacahuete que es devorado por un ave de corral, que es devorada a su vez por un gato montés y así sucesivamente. Tras numerosas vicisitudes, su padre consigue cazar al último animal de la serie y gana la apuesta. Bartlett observa que los estudiantes tienden a saturar su recuerdo de los episodios más ambiguos del relato con detalles derivados de su propia tradición cultural. Por ejemplo, los estudiantes ingleses convierten muy pronto el cacahuete en el que el niño se esconde en una bellota, un elemento más frecuente en su entorno. Pues bien, sabemos que, cuando un mensaje marcado por un grupo llega a otro grupo de tinte distinto, el grupo receptor activa una serie de pequeñas y sucesivas transformaciones inconscientes que hacen del mensaje inicial un producto distinto, fruto de las costumbres, normas y modos de hacer que funcionan en el mismo. Pero, ¿qué veríamos si aplicásemos este experimento a la música y, con una lupa, analizásemos todas estas transformaciones?

Pensemos en el caso de los músicos clásicos formados en el conservatorio que, en la totalidad de los casos, han sido socializados en torno al manejo de la notación musical clásica como herramienta principal para su desarrollo. Pensemos también en que este tipo de notación no permite reflejar intervalos inferiores al medio tono. Tampoco pueden conseguirse estas afinaciones en bastantes instrumentos de la tradición clásica por su propia constitución física, así lo muestran por ejemplo las teclas de un piano, y en el supuesto de que el instrumento permita conseguirlas, como pueda ser el caso del violín, los alumnos de conservatorio son preparados para eliminarlas completamente por considerarse “desafinaciones”. Como puede desprenderse de estas palabras, el oído del músico clásico o su sensación sonora se acostumbra a las alturas redondeadas hacia el medio tono en gran parte como efecto del uso continuo de la notación clásica. No quiero decir con esto que los clásicos no distingan intervalos inferiores al medio tono, pues sus oídos están preparados, como los de cualquier otra persona, para percibir todo tipo de frecuencias que se encuentren dentro de unos umbrales considerados normales para el ser humano, sino que su sistema perceptivo es más afín a una serie de sonidos o de conexiones entre los mismos, como producto de un hecho cultural o puramente identitario.

Si aplicáramos el experimento que Bartlett hizo con la historia de “El hijo que intentó ser más listo que su padre” a un contexto musical y pidiésemos a músicos clásicos con estudios de conservatorio realizar la tarea de intentar retener una determinada melodía de Beethoven que están escuchando, recurrirían en su mayoría a la elaboración de un pentagrama, atenderían al compás y colocarían las notas en él con sus distintas alturas y duraciones, como tantas veces hicieron en las clases de lenguaje musical durante su proceso formativo. Ante el mismo ejercicio pero aplicado a una melodía procedente de una tradición musical muy diferente, como podría ser una soleá del flamenco, plagada de melismas o sílabas largas muy ornamentadas con afinaciones inferiores al medio todo, el músico de conservatorio actuaría de una forma muy similar, anotando la letra y recurriendo inmediatamente a sus trucos y herramientas culturales para escribir en el pentagrama una melodía que, en gran parte, no puede ser representada haciendo uso de su notación. De igual manera, un músico flamenco, procedente de una cultura fuertemente marcada por la tradición oral, actuaría radicalmente distinto, reconociendo claramente en la melodía flamenca las características rítmicas y estéticas del palo de la soleá necesarias para realizar una transmisión oral que no requiere ni siquiera del uso del papel y procediendo, ante la música de Beethoven, a la repetición del fragmento una y otra vez hasta su memorización.

Al analizar los modos de proceder de ambos especialistas musicales, el de la tradición clásica y el de la flamenca, podrán comprobar cómo atienden a aquellas técnicas y detalles en los que cada cual ha sido socializado, lo que deja entrever que la escucha musical se encuentra atada a multitud de factores relacionados con las formas de pensar y de proceder de cada cultura, pudiéndose concluir que el oído musical es, por tanto, una construcción social. Cantar, escuchar música, tocar un instrumento, jugar con los sonidos, acercarse a diferentes estilos y compositores, poner acompañamiento a melodías, son acciones que, unidas a la multitud de agentes mediadores culturales que nos rodean, representan un papel fundamental que determina nuestra manera de oír, entender y procesar la música, convirtiendo a nuestro oído en una propiedad flexible y modificable a lo largo de nuestra vida. Así pues, no desesperen y, recurriendo a un socorrido juego de palabras, hagan oídos sordos a todas aquellas apreciaciones que del exterior le inviten a dar por perdido su oído musical, para cargar el día a día de estímulos que le ayuden a desarrollarlo.    

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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