Por Santiago Martínez Argüelles

¿Es malo negociar? ¿Es malo hacerlo sobre comercio e inversiones internacionales? ¿Es malo negociar de igual a igual con un país que se llama Estados Unidos? Estoy seguro que cualquiera respondería negativamente a estas cuestiones. Y es razonable que la respuesta sea no. En principio es lógico que se considere que es bueno hablar para alcanzar acuerdos, aún cuando en España parece que últimamente nuestros representantes electos no lo practiquen mucho. Es de sentido común pensar que ahora el comercio internacional ha dejado de ser un terreno reservado a las grandes corporaciones para convertirse en una oportunidad para las más pequeñas y en los sectores más diversos. Es una demanda social que todas las empresas, incluidas Google o Facebook, deben estar sometidas al conjunto de normativas de los países en los que operan, incluidas las fiscales. Y es un hecho que si Europa no se mueve y articula alianzas económicas inteligentes, a medio plazo la posición todavía preeminente del eje del Atlántico (Europa-América) será desplazada por el eje del Pacífico (América-Asia).

Esas cuestiones sólo se arreglan con acuerdos de ámbito internacional. No hay otra solución. Lo ideal sería hacerlo en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero cuando esto no es posible, lo normal es la negociación bilateral entre países. Alcanzar acuerdos exige conversaciones, negociaciones, cesiones, es posible que los acuerdos finales no alcancen todos nuestros objetivos, pero permitirán avanzar.

Resulta incomprensible la beligerancia con la que se ataca desde determinados ámbitos a las negociaciones para alcanzar un acuerdo de libre comercio y protección de la inversión entre Europa y Estados Unidos. Estos grupos no rechazan un acuerdo que no les gusta sino que exigen la suspensión de un proceso de negociaciones. Rotundamente, no existe acuerdo aun. Nada está cerrado Por eso es más difícil entender el empecinamiento en abortar unas negociaciones cuyo desenlace no conocemos.

Los argumentos utilizados en muchas ocasiones nada tienen que ver con la realidad. Se pide que Europa deje de hablar con otra gran potencia comercial mundial, Estados Unidos, para intentar alcanzar un acuerdo como el que ya se alcanzó con otros países como Colombia o Perú, entre otros. Parece que lo que es válido para unos, deja de serlo cuando se trata de Estados Unidos. ¿Por qué? No se entiende.

Han pasado unos días y, tras revisar los interesantes documentos sobre la XIII ronda de negociaciones, que se conocen gracias a Greenpeace, creo que más que motivos para detener las conversaciones hay motivos para apoyar el diálogo y a los negociadores europeos. Las apresuradas interpretaciones y reacciones de los primeros días han estado cargadas de imprecisiones y malentendidos.

La primera verdad a medias es sobre el propio valor de la filtración. Es cierto que es la primera vez que se conocen íntegramente los documentos oficiales, pero no es menos cierto que la posición europea era pública y accesible desde hace año y medio (disponible en http://ec.europa.eu/trade/policy/in-focus/ttip/index_es.htm).

Hay un pecado original en la decisión de la Comisión Barroso de no reconocer que los niveles de exigencia con la transparencia han cambiado y abordar las conversaciones con Estados Unidos con la misma estrategia antigua, es decir, mantener la confidencialidad hasta que se alcanzaba un texto de consenso que sólo a partir de ese momento se hace público y se somete a debate y discusión en el Parlamento Europeo y en los Parlamentos nacionales como paso previo a la ratificación por éstos. Aunque el Parlamento Europeo y la Comisión Juncker decidieron cambiar la estrategia y dar máxima transparencia a las conversaciones, el estigma del secretismo y la ocultación siguen persiguiendo a los asuntos relacionados con el TTIP.

Conviene recordar que el documento que se filtró es el de una negociación en proceso, es decir, está plagado de desacuerdos y redacciones alternativas propuestas por una parte o la otra. No es un texto definitivo sobre un acuerdo cerrado: es un documento consolidado que incorpora posiciones de unos y de otros, que pueden ser similares o discrepantes, sobre cada párrafo, casi sobre cada palabra. Eso nos permite identificar las posiciones de los intervinientes.

Si algo es palmario es que la posición del equipo negociador europeo es clara. No hay ninguna claudicación por su parte. Al contrario, se percibe mucha firmeza para preservar las señas de identidad europeas en los temas críticos como pueden ser agricultura, medidas sanitarias y fitosanitarias, cultura, contratación pública, o resolución de conflictos.

Se ha oído que el acuerdo es una prebenda para grandes empresas. La realidad es que las grandes empresas europeas ya están en USA y las grandes empresas americanas ya están en Europa. Para estar en el otro sitio han comprado empresas o constituido filiales. Son las pequeñas y medianas empresas las que necesitan que se supriman barreras arancelarias y no arancelarias, que se simplifique la burocracia. Son las PYMES las que no tienen un ejército de asesores jurídicos para relacionarse con otra administración de otro país.

Es cierto que esas PYMES pueden sobrevivir como hasta ahora, pero si un acuerdo entre Europa y Estados Unidos les hace más fácil entrar en ese mercado podrán crecer y crear más empleo. Se trata de empresas como una pequeña cooperativa agroalimentaria o una empresa familiar de radiadores que no ocultan su interés en que estas negociaciones desemboquen en acuerdo y lo dicen públicamente en http://ec.europa.eu/spain/images/ttip/esr_15-004_final_web.pdf . Renunciar preventivamente a negociar para que el posible acuerdo pueda generar oportunidades para todos sería una decisión muy grave.

El crecimiento del comercio y de las inversiones internacionales exige nuevas normas a través de acuerdos y tratados que den cobertura a realidades que hace diez años eran inimaginables. Que las negociaciones sean bilaterales se inscribe en un complejo contexto económico internacional en el que los principales actores tratan de fortalecer su posición mientras la ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio sigue sin cerrarse quince años después.

China ha lanzado su iniciativa de una nueva Ruta de la Seda y ha cerrado importantes acuerdos con países latinoamericanos. Estados Unidos ha suscrito tratados tanto con sus vecinos del continente americano como con socios comerciales a ambos lados del Pacífico. Si la Unión Europea quiere tener alguna oportunidad en el futuro para su forma de vida no puede estar parada mientras los demás se mueven y por eso ha cerrado acuerdos con Singapur, Corea del Sur, Colombia o Perú, y otro con Canadá está en proceso de ratificación. Un acuerdo con Estados Unidos se inscribe en ese marco.

La oposición a las negociaciones pretende ser sinónimo de defensa de la forma de vida europea frente al sometimiento a la americana que supuestamente supondrá el TTIP. No nos confundamos. La realidad es muy diferente. La amenaza real para Europa es su estancamiento económico y demográfico, el TTIP puede ayudar para intentar mantener el eje económico mundial en el Atlántico frente al eje del Pacífico, porque el verdadero riesgo es que las exigencias técnicas, las normas comerciales, medioambientales y de competencia internacional se fijen desde el binomio Asia-América y dejen a Europa fuera de juego.

En todo caso, negar una oportunidad a las negociaciones sería una irresponsabilidad. Esperemos a que los equipos hagan su trabajo. Los representantes de Europa tienen unos límites muy claros fijados por los 28 en el Consejo Europeo (disponible en http://data.consilium.europa.eu/doc/document/ST-11103-2013-DCL-1/es/pdf) y las posiciones europeas son públicas. Cualquier acuerdo supondrá concesiones mutuas, pero solo cuando dispongamos de una propuesta de texto final podremos valorar sus disposiciones, evaluar sus ventajas y sus costes e identificar beneficiarios y perjudicados. Y la palabra final sobre la aceptación o no del acuerdo la realizará el Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales, que son los representantes legítimos de la ciudadanía europea. La negociación, en este caso del TTIP, también merece una oportunidad.

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