novela

Me sucedió hace alrededor de un año: un crack. Escribí una frase en el antilibro que me hace compañía por las noches, casi siempre por las noches, y al que llamo Sosiego en recuerdo de esa cueva de almas con la que tanto me identifico que se llamó de muchas maneras aunque ha sobrevivido sobre todo su nombre original: Fernando Pessoa.

Escribí en el antilibro que me gustaría borrarlo todo y empezar desde cero.

Empezar de cero. He cambiado de letra, me he dejado moldear desde dentro por quien soy ahora, y hasta tuve curiosidad por si seguiría siendo escritor o me dedicaría a otra cosa: siempre se me han dado muy bien el cine y la fotografía. Parece que escritor sigo siendo, aunque con frecuencia me veo obligado a dictar, por razones que no voy a explicar aquí. Pero sí dejé de leer. En los últimos meses sólo he leído un libro entero, y le he dedicado varios artículos: Para morir iguales, de Rafael Reig.

Pero durante la presentación de la más reciente obra de Ernesto Pérez Zuñiga, Escarcha, me sucedió que realmente volví a desear comprar o conseguir un libro. Sin duda en ello influyó la pasión del autor al hablar de su novela, la verdad que había en sus palabras. Le dediqué un artículo nada más regresar a casa:

Ernesto Pérez Zuñiga abrazando a uno de sus personajes

Días después llamé a Ernesto para que pidiera a la editorial que me mandase un ejemplar. No llegó y le volví a llamar. No llegó y le puse un guasap a su agente, Palmira Márquez, pidiendo que intercediera…, y por fin llegó Escarcha: envuelta en plástico transparente. Aún no la he abierto, aún no sé si la leeré entera, si seré capaz, o la dejaré a la mitad. Para mí era natural leerme un libro al día, de niño era capaz de leerme varios: tres, cuatro… y cuando llegaba mi cumpleaños y mi abuela Maxi me regalaba hasta seis libros de una tacada tenía que hacer un esfuerzo para no leérmelos todos en dos días. La facilidad siguió siempre: durante más de un año fui el escritor que más veces fue invitado en el programa Las Noches Blancas de Fernando Sánchez-Dragó, porque si había que leerse dos libros para el día siguiente, o hasta tres, yo me los leía y subrayaba… y lo hacía con pasión y amor.

Pero aunque intenté frenar el granizo los libros, me había convertido en un profesional, caían sobre mí y empecé a odiarlos, no porque fueran malos sino porque su lectura me impedía buscar y desear otros libros. Este verano una poeta intentó forzarme a que le comprara un libro autopublicado, y como me cae bien le dije que sí; por fortuna el libro no llegó, se perdió probablemente en el correo: y me sentí enormemente agradecido al servicio de correos por haberlo perdido; ahora la esquivo, le hago ghosting, con la esperanza de que no me lo vuelva a mandar. Es cierto que, como cualquier profesional, me basta dedicarle cinco minutos a un libro para poder escribir sobre él, pero lo que escribo ya no es una verdad. Y a mí, no he vendido mi alma como creador jamás, me gusta la verdad; hasta cuando imagino y hasta cuando miento, casi nunca, lo hago desde mi verdad.

Escarcha, el libro de Pérez Zuñiga, sigue protegido por el impecable plástico transparente: no he querido abrirlo hasta que este artículo no estuviese terminado.

Ya está. Ahora, esta noche o mañana, romperé el plástico y me sumergiré en su lectura. Inch´allá.

 

(mecanografía: M.D. Frutos)

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