En cine un MacGuffin es algo que no tiene ninguna relevancia dentro de la historia; una secuencia intercambiable: aunque se quite la película no varía.

Eso es el asunto de los titiriteros, un MacGuffin. Lo sucedido con las marionetas no tiene ninguna importancia, excepto quizá para los protagonistas que en el futuro serán conocidos como los marionetistas que consiguieron ser encarcelados mientras hacían bailar y hablar y llevar pancartas a sus muñequitos.

Lo impresionante es como el público entra al trapo. Todo el mundo hablando de ello, sobre todo las gentes del cine y del teatro, que siempre montan un ruido fantástico. En uno de mis grupos de Guasap, el Grupo del Bronx, no se ha hablado prácticamente de otra cosa durante varios días.

Y al no hablarse de otra cosa nadie se fijaba en la tía Rita, más inmune que la infanta a las picaduras de los mosquitos judiciales (ella tiene mucha información en el refajo), ni tampoco se fijaba nadie durante ese ratito en que España sigue en manos del PP, y tampoco del modo en el que los especuladores están machacando los mercados financieros (información de OJO DE EURO) para así alimentar el miedo en todos los países satélites de Europa y que nadie se atreva a decir que no va a obedecer sus órdnes a Bruselas, que eso sí que es un títere movido por los gráciles deditos de la Merkel.

Resumiendo, la película va de que a los ciudadanos de a pie no nos van a quitar la pata de encima ni de coña, que el dinero (cada vez es mayor el número de millonarios y son más millonarios) está encantado de como va la cosa. Y lo de los titiriteros es sólo metaliteratura, un MacGuffin para distraernos y que protestemos y escupamos sobre el juez de turno. Animalitos míos.

Me encanta España. Me encantan los españoles. Me encanta el teatro de títeres. Sobre todo después de que me he bebido el segundo burbon de la noche.

Tigre tigre.

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