Una Historia de las ideas en España es una rareza bibliográfica

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Felipe-José de Vicente Algueró ha hecho un esfuerzo de síntesis para poder compilar en un volumen de paginación adecuado la Historia de las Ideas de España. Lo ha hecho compartiendo Ideas e Historia en un viaje cronológico que llega hasta nuestros días. Como libro pedagógico y para lectores no versados es un magnífico volumen. Ediciones Encuentro suele apostar por libros de calidad y lo ha demostrado otra vez con este volumen. Es patente que el autor del texto es historiador y cuida los detalles históricos, lo que proporciona al libro un doble valor pedagógico: pensamiento e historia.

Capítulo a capítulo el autor va desgranando el pensamiento liberal de Cádiz y su posterior evolución en moderados, doctrinarios y republicanos. El tradicionalismo que llega hasta nuestros propios días. El concepto de nación que se ha tenido a lo largo del tiempo. Los antisistema como el anarquismo y el socialismo. El catolicismo social, el regeneracionismo o el franquismo. En todos y cada uno de esos capítulos se van expresando las Ideas que han conformado el corpus ideológico español. Termina el texto con dos breves ensayos propios sobre El resurgir de los populismos y Del Estado de bienestar al Estado Minotauro.

Durante todo el texto el autor demuestra conocer perfectamente el liberalismo del siglo XIX y, en especial, todo el desarrollo del catolicismo patrio. En estas partes muestra su propio posicionamiento doctrinal o de escuela y, por ello, son los más brillantes sin duda. También destaca el capítulo dedicado al anarquismo y el gran impacto que tuvo en la vida política y del pensamiento en España hasta el comienzo de la Guerra Civil. Esas dos tendencias existentes entre bakunistas (más violentos) y proudhonistas (más trascendentales). El krausismo y su impacto en las élites del siglo XX del liberalismo español está bien recogido, aunque se echa en falta un poco más de detalle sobre la Ideas y el concepto pedagógico de esta corriente liberal, el cual tanta influencia tiene hasta nuestros días.

Respecto al nacionalismo existen claroscuros en su presentación. Presenta la dos corrientes de conceptualización del nacionalismo en España, la liberal como plebiscito de todos los días, y la conservadora como espíritu del pueblo y anterior incluso a la existencia de los individuos (algo que recogerá posteriormente Ortega y Gasset), pero sus implicaciones en el desarrollo de pensamiento en España quedan difusas. Por ejemplo ¿en el catalanismo qué concepción prevalece realmente? Nos muestra a Prat de la Riba y su España como Imperio de naciones o a Cambó y su concepción modernista, pero el poso real desaparece especialmente después del franquismo.

Respecto al republicanismo se queda en Pi y Margall, Emilio Castelar y Concepción Arenal como exponentes máximos, pero toda la evolución posterior se pierde entremezclada con el liberalismo radical, el socialismo o la degeneración de la monarquía borbónica. Sin embargo, como pensamiento ha tenido mucha influencia en España respecto a la ciudadanía, el Estado o el laicismo, incluso en la Falange. Este aspecto queda difuminado.

El capítulo sobre el franquismo expresa bien los tres fundamentos sobre los que se asentó. El falangismo, que fue perdiendo fuerza explicativa casi desde el minuto uno, el tradicionalismo, con su democracia orgánica, y el catolicismo. Intenta salvar, por el propio origen del autor, al catolicismo presentando los buenos oficios realizados por gentes de la democracia cristina que trabajaban para el dictador. Inevitablemente, la figura de Ruíz Giménez destaca. También se pone en positivo la presencia de los tecnócratas del Opus Dei y su influencia en el desarrollo económico. Y si bien es cierto que esos dos pilares, más como acción que como pensamiento, obraron en lograr algunos avances, no deja de ser menos cierto que la Iglesia Católica actuaba de censora, permitía palizas por cuestiones ideológicas y sostuvo al régimen hasta el final de sus días.

El capítulo sobre la transición y sus años posteriores es el más flojo de todos pues ni hay una incidencia real del pensamiento y nuevas ideas, que hubo muchísimas, ni se puede condensar históricamente tantos años en un bosquejo de historia. Es de suponer que tocaba incluirlo, pero casi mejor daría para un libro nuevo que mostrase cómo las diferentes corrientes ideológicas confluyen en estos años. Aunque hay que destacar como un acierto la crítica que hace al presidente Rodríguez Zapatero y su republicanismo inexistente y su ubicación de Ciudadanos como centro derecha clásica española.

Igualmente destaca la insistencia del autor en mostrarnos un liberalismo conservador, apenas existente como ideología, que parece justificar su propia posición y preferencia. No hay nada de malo en mostrarse como conservador, pero esa insistencia para diferenciarlo con el tradicionalismo le lleva a cometer ciertos errores conceptuales. En primer lugar, el liberalismo clásico (pág. 25) no ha respetado a las minorías. Hasta la llegada de la obra de John Stuart Mill, On Liberty, el liberalismo ha sido elitista y sumamente individualista. De hecho, en la obra del autor británico se insiste en el respeto a la persona que piensa distinto, no a la colectividad minoritaria. Es más, el liberalismo adoptó la democracia, como la entendemos hoy en día, casi en el siglo XX cuando observó que sus intereses no se veían afectados por ser demócratas.

Otro error conceptual que conviene destacar es la insistencia en situar a Edmund Burke como liberal conservador. Existe consenso en la Ciencia Política que Burke es o bien un reaccionario o bien un tradicionalista. Que aceptase el parlamentarismo, muy restringido, es propio de la tradición británica desde la Revolución Gloriosa. Burke era el vivo ejemplo del político Tory de esos años. Para el autor británico es la costumbre, la tradición y la pertenencia a una comunidad los elementos que dan a la naturaleza humana calidad moral. La razón no es parte de esa naturaleza. De hecho el pensamiento de Burke se enfrenta a las revoluciones estadounidense y francesa. Es una reacción frente a ellas. Como reacción fue en su momento José Donoso Cortés, que compartía enseñanzas con el británico.

Respecto a los dos ensayos finales realiza una buena perspectiva del significado actual del populismo (¿de izquierdas?) como fenómeno plebiscitario y de formación de una masa heterogénea pero homogénea en el pensamiento de personas, que no de ciudadanos. Acusa a Podemos de estar intentando llevar a cabo un proceso de ingeniería social para la construcción de una sociedad artificialmente. Podría ser, pero ¿no fue eso lo que hizo el liberalismo en su momento? Toda ideología tiene en sí misma algún tipo de ingeniería social. El bien ponderado, en el texto, Karl Popper hace ingeniería social al hablar de su sociedad abierta.

De Felipe hace una crítica durísima de la bioideología que “considera a los ciudadanos como seres simplemente materiales a quienes se debe satisfacer sus necesidades biológicas” (pág. 304). Tiene razón que este tipo de buenismo posee un lado perverso que amenaza con generar un totalitarismo ideológico. Basar los derechos en el simple placer físico y mental, que nada tiene que ver con la mentalidad del Utilitarismo (posición liberal poco presente en el texto, por cierto, pero muy influyente en España), sin tener en cuenta la integralidad del ser humano es contraproducente. En especial si se desea un debate y crear comunidad/pueblo. Pero contraponerlo a la doctrina social de la Iglesia significa irse al otro extremo. El machismo asesino es un hecho objetivo y la lucha contra él no supone crear un “súbdito de una moral establecida”.

El Estado Minotauro de Bertrand Jouvenel es el nuevo peligro que el conservadurismo ataca. Es cierto que no todas las satisfacciones físicas deben convertirse en derechos subjetivos, pero de ahí a negar derechos a las personas que no piensan igual hay un salto ideológico grande. No se puede criticar la bioideología y desear imponer el doctrinario católico. Como tampoco puede ser al revés. Por eso el Estado debe ser laico y no aconfesional. Tanto lo bio como religioso debe quedar fuera de la estructura estatal. No del espacio público de debate. Ahí si deben persistir los debates morales y éticos. La confrontación frente a la imposición.

En resumidas cuentas, se trata de un buen libro con un gran valor pedagógico en sus 12 primeros capítulos. Un buen resumen de la Ideas que han marcado España y una obra que era necesaria en la literatura política española. No se encontrarán grandes desarrollos ideológicos, pero eso puede ser una virtud de valor pedagógico. Quien se enfrente a sus páginas desde el desconocimiento, encontrará una buena base para aprender y formarse. Si además se es conservador o católico, los últimos capítulos serán de su agrado.

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