El concepto de concierto de música clásica de dos horas de duración se ha convertido en una convención asumida y consumida por músicos, público e intermediarios. Multitud de intérpretes aceptan con pasividad el formato y trabajan dentro de él de manera cotidiana. El Carnegie Hall, en Estados Unidos, fue para muchos y durante bastante tiempo un lugar ideal donde presenciar actuaciones de tan alto nivel de competencia como de rutina y por ello quedó, en la historia de aquellas paredes y en la mente de los neoyorquinos que lo presenciaron, la interpretación que de la cuarta de Bruckner hizo en 1989 el gran director de orquesta Sergiu Celibidache. Solo a él y a su inigualable control de la música en el transcurso del tiempo, lo que se conoce como fenomenología musical, podría habérsele ocurrido programar junto a la Filarmónica de Múnich un concierto con la Sinfonía nombrada como única obra a interpretar, por ser una partitura de duración aproximada a una hora escasa.

Según Edward Said en su ensayo “Ocasiones extremas”, aquel 22 de abril, la música de Bruckner sonó diferente, fue mucho más pausada, más rica, más detallada y pensada. De personalidad excéntrica y ampliamente conocido por la elección de unos tempos extraordinariamente lentos, Celibidache exigió siempre más ensayos de los habituales en las orquestas y se negó rotundamente a grabar en estudio por una manifiesta convicción de que la reproducción mecánica no guarda ni un pequeño parecido con el hecho de interpretar sumada a la firme creencia de que la música está en el “aquí” y el “ahora”, en el auditorio y en ese momento, siendo posible solo una vez. Las sinfonías de Bruckner recurren a una gran extensión en el tiempo y a una repetición excesiva pero, según Said, la interpretación de Celibidache ofreció la sensación de una calma infinita y de un paso del tiempo enormemente extendido aunque, a la par, tremendamente coherente en su discurso. A tal manera de hacer música, sumó Celibidache pausas inmensas entre movimientos, largos saludos y unas entradas y salidas de escena más que lentas, que convirtieron una sinfonía de una hora en un espectáculo de casi dos horas en lo que, a mi entender, supone una concepción unificada del hecho musical en sí y del acontecimiento interpretativo que aporta una reflexión y visión del concepto “tiempo” de gran interés.

Personalmente, me gusta analizar el asunto de los formatos estándar en los conciertos a través del incesante debate que ya pusieron sobre la mesa, en la segunda mitad del siglo XX, los filósofos Guy Debord y Marshall McLuhan. El primero desarrolló formas efectivas para salir de la cultura de masas, como la “deriva”, una especie de locomoción sin objetivo que permite pasear abierto a cualquier tipo de contacto con lo que cada cual va encontrando, descubriendo lo que se ama y se odia por uno mismo, cuestionando el funcionamiento o la imposición social sobre la idea de felicidad y viviendo fuera de los roles que la sociedad marca. O el “desvío” como método que posibilita dar un vuelco a imágenes, entornos y ambientes para modificar su significado y así poder recuperarlos, para acabar con el espectáculo que se ha apoderado de nuestras vidas, entendiendo como parte del mismo hasta los gestos más pequeños o cotidianos que ya han sido representados (abrir una puerta, preparar un té, una expresión facial), y que ha convertido nuestros gestos en estereotipos y nuestras vidas en tópicos. Por su parte, McLuhan, en muchos sentidos la antítesis de Debord, pasó a la historia como uno de los grandes estudiosos de los medios, de la televisión, de internet y de la sociedad de la información en conjunto, aportando el término de “aldea global” para describir la conexión humana que reina a nivel general gracias a los medios de comunicación de masas, siendo famosa su sentencia “el medio es el mensaje”.

Desde luego, la disputa plantea cuestiones muy relevantes a nivel grupal e individual. Inevitablemente, cuando te dedicas profesionalmente a hacer música, el debate lleva a la complicada reflexión personal de hasta qué punto uno se encuentra inmerso en una especie de “show de Truman musical” donde otros gobiernan, controlan y dirigen el enfoque de tus proyectos artísticos y cuánto del anhelo de voluntad y decisiones propias tiene cabida dentro de ese guión social ya establecido. Quizá la mera reflexión sobre estas ideas suponga ese espacio de libertad de pensamiento que lleva a la felicidad, la misma que experimentó Truman al cruzar la puerta y escapar de la película sobre su vida. 

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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