El 9 de Noviembre pasará a la historia como el día en el que los EEUU apostaron por los muros del nacionalismo patrio y del miedo, como un tiempo en donde la primera potencia del mundo se subió al carro de la esquizofrenia global que hoy nos empuja hacia el abismo del conflicto de la mano de los nuevos liderazgos populistas que pululan por  un planeta globalizado en donde la incapacidad de los partidos tradicionales y del propio sistema  para dar respuestas útiles ante las incógnitas de la cuarta revolución industrial, la crisis económica o la climática no vienen nada más  que a servir de caldo de cultivo a la eclosión de nuevos liderazgos populistas que con el discurso del miedo y la mano tendida a la esperanza  a través de la seguridad en encontrar las respuestas ante un mundo tan complejo logran conectar con las clases obreras y medias, verdaderos impulsores de Trump en EEUU, Le Pen en Francia o Putin en Rusia. Y esto, que puede parecer algo sorprendente a juicio de analistas políticos y periodistas no es más que la repetición de la historia cíclica como bien señala el marxismo, esa historia que en un entorno similar de cambio global y crisis llevo al gobierno de la Alemania de Weimar a Adolf Hitler con el apoyo mayoritario de un pueblo el alemán que encontraba en el nacionalsocialismo respuesta ante sus incertidumbres.

que la muerte de los inmigrantes en las costas europeas sea algo que se obvia de la memoria de la vieja Europa

Así el silogismo de la intolerancia y del conflicto se conecta siempre en una misma receta que une el cambio con la crisis y al mismo tiempo esta con la incertidumbre la inestabilidad del proceso y la incapacidad de dar respuesta desde las instituciones al nuevo encaje, un escenario este en donde siempre en la historia el ser humano busca la seguridad como instinto primario al que agarrarse y que hoy ha tomado la forma de Donald Trump.

En definitiva, hoy el mundo ante un profundo cambio y transformación de sus sistema económico, productivo, social y político opta por las murallas por el miedo al otro y por la recuperación de los valores patrios. Es ese mundo de murallas el que hace que el Brexit triunfe en Inglaterra, que Le Pen pueda ser la próxima presidenta de Francia o que la muerte de los inmigrantes en las costas europeas sea algo que se obvia de la memoria de la vieja Europa.  Vivimos así el triunfo de la insolidaridad y  de los nacionalismos, el de la intolerancia y el conflicto frente a la palabra y el consenso. Un tiempo oscuro en donde cada vez es más urgente que la socialdemocracia construya de manera unida un planteamiento de convivencia global que sirva para detener a la hidra del odio que nos lleva de manera inexorable a enfrentar los retos de este siglo XXI desde el conflicto y no desde el consenso. Tiempos malos en definitiva para la lírica.

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