Gracias Yeya por poner paz a mi desvelo.

¿Qué quieres pequeña? No puedes dormir y me pides que te cuente un cuento en esta asfixiante noche del verano. Claro, mi bichejo. Pero, ¿ya sabes cual es el precio? ¿Sí? Entonces trato hecho.

Ven, siéntate sobre mí, apoya tu cabecita en mi pecho y mira por la ventana el cielo estrellado. Ahora escucha los latidos de mi corazón mientras dejamos que la vieja y sabia mecedora nos transporte con su vaivén al mundo mágico de los cuentos, donde cualquier cosa que imagines se hará realidad; donde no existen los imposibles.

Cierra tus párpados y sueña con un día en el que amanece de noche y anoche de día. Un día donde las horas se niegan a obedecer las órdenes de los relojes sintiéndose dueñas del tiempo. Un día donde la lluvia es de colores y las calles brillan vestidas de luz. Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de una vida cualquiera. Un mundo donde una joven niña se enamora del amor. Donde la fuerza de un sentimiento, el sabor de un beso y la suavidad de una caricia, son los culpables de que su puro corazón vibre con tanta fuerza que crea ser capaz de cualquier cosa, de transformar sus ojos en calidoscopios que al pestañear modifican las imágenes a su antojo. La niña sonríe, no para de sonreír, no quiere dejar de sonreír, la niña es sonrisa.

¿Te ha gustado? Sí. Me alegro mi ángel. No olvides eres dueña de tu mundo. Crea, imagina, escribe, vive, y nunca dejes de ser tú.

Ahora te toca a ti, un trato es un trato. Los ojos acuosos de la anciana se iluminaron al sentir la dulzura de su beso y la grandeza que había tras esa sonrisa sin fin.

Hoy la niña ya no es tan niña,y la la anciana no es anciana, pero cuando el calor de la noche veraniega apremia, lo único que le hace reconciliar el sueño es hacerse pequeñita y evoca a su abuela para que vuelva a mecerla entre sus brazos.

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