Fue mientras escribía su célebre ensayo “Las Carpetas del Tiempo” cuando Javier Panizo se convirtió en

un hombre sin edad

un niño sin edad

un viejo sin edad,

buscando sin desmayar jamás momentos que archivar en carpetas temporales lo más separadas posible por la cronología: ochenta años a mediodía

-los achaques, el dolor de huesos, el panorama de un futuro incierto-,

y por la tarde cuando ya el sol declina Panizo se pasea y pavonea alrededor de la piscina y jardines de la urbanización donde pasa el verano completo, su cuerpo bañado por la luz dorada, con un traje de baño negro y minúsculo asomando bajo otro de pierna ancha, andando como si bailase, deteniéndose para subir un brazo, apoyar el mentón en una mano, quedarse mirando fijamente una esquina del seto de arizónica durante varios minutos, volviéndose teatralmente con la mirada oculta tras la visera roja y larguísima de su gorra…

… el bañador de pata ancha color verde ahora muy bajo, resbalando provocadora y asimétricamente, dejando al descubierto casi por completo el slip negro y minúsculo; muy ajustado.

Panizo tiene catorce o quince años; el octogenario que era y se sentía por la mañana ha quedado olvidado.

En este momento, las siete de la tarde de un caluroso día de agosto, Panizo tiene catorce o quince años, y sabe que las chicas y también las mujeres lo están mirando. Se siente diferente, el principio de un mundo nuevo, amo de todo futuro posible, fantástico.

Los auriculares incrustados en sus orejas, la B.S.O. de la película que se está montando, le impiden escuchar el comentario de las dos niñas de su edad imaginaria, ambas con bikinis feos, grandes y blancos.

-No sé de qué va ese yayo, tía.

Aunque si lo hubiese oído, escuchado el comentario, el bachiller Panizo se habría limitado a pensar que era un incomprendido, que esas tías no eran dignas de comunicarse con alguien tan mágico como él. Es decir, el mismo pensamiento, desdibujadamente exacto, que habría tenido si se hubiese pavoneado en una piscina, delante de mujeres niñas y mayores cuando tenía -no sólo mentalmente- catorce o tal vez quince años.

Sí, ahora las mira burlón. Seguro de sí mismo. Feas. Y baja la mirada, de repente incómodo. Qué difícil es ser menor de edad, aún no haber cumplido tan siquiera los míticos dieciséis años.

(En el ensayo titulado “LAS CARPETAS DEL TIEMPO” Javier Panizo sostiene la teoría de que los seres humanos carecemos de conciencia interna de nuestra edad, que sólo el espejo o la mirada de los otros nos fija en un tiempo concreto. El niño y el anciano se mezclan, en sus fragilidades, alegrías y miedos. Y siempre hay un adolescente acechando, deseando lucirse, demostrar que es el novio del mundo, o necesitando esconderse porque es el último de los parias y los pobrecitos. “Ningún niño cuando derrota a un supervillano en su cuarto de juegos es sólo un niño; también es un hombre adulto, en los treinta o en los cuarenta, demostrando su fuerza y poderío” asegura, entre otras muchas cosas peregrinas, en su audaz e ingenuo libro el profesor Panizo, Javier Panizo)

 

Mecanografía: Ángel Arteaga Balaguer.

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